El Papa matuvo un encuentro especial con el mundo del sufrimiento en África: desde enfermos del Sida hasta los inválidos

papaafrica4Especial recuerdo del Papa para los discapacitados, las víctimas de enfermedades como el SIDA, la malaria y la tuberculosis y por cuantos están marcados por las señales de la violencia y de las guerras, según informa Radio Vaticano.
Benedicto XVI visitó el jueves el Centro Cardenal Paul Emile Léger, una estructura sanitaria destinada a la rehabilitación de discapacitados fundada en 1972 por el purpurado canadiense. Desde este centro, el Papa ha tenido un recuerdo especial para todos aquellos “que en sus casas, en los hospitales, en los ambientes especializados o en los dispensarios, son portadores de una discapacidad, sea motriz o mental, y a aquellos que en la propia carne soportan las señales de la violencia y de las guerras.
El Santo Padre ha dirigido también un recuerdo particular a todos los enfermos, y especialmente aquí, en África, para las víctimas de enfermedades como el SIDA, la malaria y la tuberculosis. “Sé bien cómo entre vosotros la Iglesia católica está fuertemente comprometida en una lucha eficaz contra estos terribles flagelos, y la estimulo a proseguir con determinación esta obra urgente”.
El Papa manifestó haber deseado vivamente transcurrir estos momentos con estos hermanos y hermanas que soportan el peso de la enfermedad y del sufrimiento. Sabed que no estáis solos en vuestro sufrimiento, porque el mismo Cristo es solidario con aquellos que sufren, les dijo el Papa. Él revela a los enfermos el lugar que ocupan en el corazón de Dios y en la sociedad. El evangelista Marcos nos ofrece como ejemplo la curación de la suegra de Pedro: “Jesús se acerca a ella, la toma por la mano y la hace alzarse” (Mc 1,30-31). En este pasaje del Evangelio, vemos a Jesús vivir una jornada entre los enfermos para aliviarlos. El nos revela también, con gestos concretos, su ternura y su benévola atención hacia todos aquellos que tienen el corazón despedazo y el cuerpo herido.
Ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, el hombre está tentado de gritar bajo el efecto del dolor, como Job, cuyo nombre significa ‘sufriente’ (cfr Gregorio Magno, Moralia in Job, I, 1, 15). El mismo Jesús ha gritado poco antes de morir (cfr Mc 15,37; Eb 5,7). Cuando nuestra condición se degrada, la angustia aumenta; algunos son tentados de dudar de la presencia de Dios en su existencia. Job, al contrario, es conciente de la presencia de Dios en su vida; su grito no se hace rebelión, sino que, del profundo de su desventura, él hace emerger su confianza (cfr Gb 19;42,2-6). Sus amigos, como cada uno de nosotros ante los sufrimientos de un ser querido, se esfuerzan de consolarlo, pero usan palabras huecas.
En presencia de sufrimientos atroces, nos sentimos desprotegidos y no encontramos las palabras justas. Ante un hermano o una hermana inmerso en el misterio de la Cruz, el silencio respetuoso y compasivo, nuestra presencia sostenida por la oración, un gesto de ternura y de consuelo, una mirada, una sonrisa, pueden hacer mas que tantos discursos. Esta experiencia ha sido vivida por un pequeño grupo de hombres y mujeres entre los cuales la Virgen María y el apóstol Juan, que siguieron a Jesús al culminar de su sufrimiento en su pasión y muerte en la Cruz. Entre ellos, nos recuerda el Evangelio, estaba un africano, Simón el Cireneo. Él fue encargado de ayudar a Jesús a cargar Su Cruz en el camino hacia el Gólgota.
Este hombre, si bien involuntariamente, ha venido en ayuda del Hombre de los dolores, abandonado por todos y entregado a una violencia inaudita. La historia recuerda pues que un africano, un hijo de vuestro continente, ha participado, con su mismo sufrimiento, de la pena infinita de Aquel que ha redimido a todos los hombres incluidos sus perseguidores. Simón el Cireneo no podía saber que él tenía a su Salvador ante sus ojos. Él ha sido “levado” para ayudarlo (cfr Mc 15,21); él fue obligado, forzado a hacerlo. Es difícil aceptar de llevar la cruz de otro. Es sólo después de la resurrección que él ha podido comprender aquello que había hecho. Así es también para cada uno de nosotros, hermanos y hermanas: en el corazón de la desesperación, de la revuelta, Cristo nos propone Su presencia amable también si fatigamos en el comprender que él está junto a nosotros. Sólo la victoria final del Señor nos desvelará el sentido definitivo de nuestras pruebas.
¿No se puede decir que quizás cada africano es en alguna manera miembro de la familia de Simón el Cireneo? Cada africano y todo aquel que sufre ayudan a Cristo a llevar su Cruz y suben con él al Gólgota para resucitar un día con Él. Viendo la infamia de que es objeto Jesús, contemplando su rostro sobre la Cruz, y reconociendo la atrocidad de su dolor, podemos vislumbrar, con la fe, el rostro luminoso del Resucitado que nos dice que el sufrimiento y la enfermedad no tendrán la última palabra en nuestras vidas humanas. Rezo, para que os sepáis reconocer en este ‘Simón el Cireneo’. Rezo, para que muchos ‘Simón el Cireneo’ vengan también a vuestra cabecera.
Después de la resurrección hasta hoy, muchos son los testimonios que se han dirigido, con fe y esperanza, al Salvador de los hombres, reconociendo la Su presencia al centro de sus pruebas. El Padre de todas las misericordias acoge siempre con benevolencia la oración de quien se dirige a Él. Él responde a nuestra invocación y a nuestra oración como Él quiere y cuando quiere, por nuestro bien y no según nuestros deseos. Depende de nosotros discernir su respuesta y acoger los dones que Él nos ofrece come una gracia. Fijemos nuestra mirada en el Crucificado, con fe y valor, porque de él provienen la vida, el consuelo, las curaciones. Sepamos mirar a Aquel que quiere nuestro bien y sabe enjugar las lágrimas de nuestros ojos; sepamos abandonarnos en sus brazos como un niño en los brazos su madre.
Los santos nos han dado bello ejemplo con su vida enteramente confiada a Dios, nuestro Padre. Santa Teresa de Ávila, que puso su monasterio bajo el patrocinio de san José fue curada de un mal el día mismo de su fiesta. Ella repetía que jamás rezó inútilmente y lo aconsejaba a todos aquellos que pensaban de no saber orar: “No comprendo, escribía, cómo se pueda pensar en la Reina de los Ángeles y en todo aquello que ha debido afrontar durante la infancia del Niño Jesús, sin agradecer a san José por la dedicación así perfecta con la cual él vino en ayuda de ambos. Aquel que no encuentra nadie que le enseñe a orar, que coja este admirable santo como maestro, y no tendrá más que temer de perderse bajo su guía” (Vita, 6). De intercesor por la salud del cuerpo, la santa veía en san José un intercesor por la salud del alma, un maestro de oración, de oración.
Concluyendo, el Pontífice manifestó pensar particularmente en aquellos que trabajan en el mundo de la sanidad. A los científicos y médicos, recordó, corresponde poner en acción todo aquello que es legítimo para aliviar el dolor; corresponde a vosotros en primer lugar proteger la vida humana, ser defensores de la vida desde su concepción hasta su fin natural. Benedicto XVI ha confiado a todos a la intercesión de la Virgen Maria, nuestra Madre. Que Dios nos conceda –dijo- ser los unos para con los otros portadores de la misericordia, de la ternura y del amor de nuestro Dios.

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