El obispo de Plasencia escribe una carta pastoral en defensa de la vida humana

rodriguezmagro2Al hablar o escribir como obispo me planteo siempre lo siguiente: cómo proclamar la verdad sin fisuras, con total fidelidad y firmeza, y al mismo tiempo hacerlo con amor a las personas, que en muchas ocasiones son víctimas de las actitudes y acciones que nos vemos obligados a rechazar y condenar. En suma, mi reto es actuar como Jesucristo que jamás condescendió con el mal, pero siempre se mostró misericordioso con la persona.
Un valor absoluto
Hago este preámbulo para cuantos me leeréis y seguramente transmitiréis mi mensaje, por si os vale esta actitud; pero lo escribo también para los que nos acusan a los obispos católicos de no ser sensibles ante ciertas cuestiones humanas por el solo hecho de defender la vida desde su concepción. Cuando se defiende la vida humana como valor absoluto y, por tanto, se rechaza el aborto u otras formas de interrupción del proceso vital, de inmediato se nos contesta con argumentos que nos echan en cara actitudes contra las personas y sus derechos, como por ejemplo la libertad de la mujer para decidir por sí misma y otras cuestiones de carácter humanitario. Con respuestas indirectas se nos pretende quitar legitimidad y razón, como si lo que está en juego no fuera la defensa de la vida. Reconozco que no se pueden obviar ciertas cuestiones derivadas en el debate sobre el aborto; pero el error, e incluso la falta de honestidad, está en que esas cuestiones se sitúan al mismo nivel que la cuestión principal, que no es otra que el derecho a nacer.
A mi entender, se está falseando interesadamente el debate al centrarlo en derechos que chocan frontalmente con el mayor de los derechos. Y así vemos como se normalizan conductas contra la vida cada vez con mayor impunidad en nombre de derechos subordinados. Por ejemplo, la libertad de decidir, por el hecho de ser hombre o mujer, se tenga la edad que se tenga, no puede ni igualarse ni anteponerse nunca y por ninguna razón al derecho que tiene a vivir un niño o niña de catorce semanas o de las que sea, pues la vida no se valora por plazos. Y lo peor de todo es que, si se les pregunta a cuantos de un modo u otro permiten o promueven tal falsedad, se suelen hacer lenguas en favor de la vida, aunque luego con los hechos demuestren que todo es relativo en el mercadeo de intereses.
Un sí a la vida sin fisuras
Pues bien, ante esa situación lo único que pedimos como razonable y digno es que los que tienen el poder de decisión en la defensa de los derechos del ser humano se pongan de acuerdo. Y ese acuerdo ha de empezar por un sí a la vida sin fisuras. Después vendrán las soluciones a los problemas y cuestiones complementarias que giran en torno al asunto principal; pero antes hemos de dejar todos muy claro que el aborto en cualquier supuesto es siempre un mal, es siempre una negación de la vida, es siempre un atentado contra un derecho inviolable, que en ningún caso se puede aprobar ni permitir. Sólo a partir de ese reconocimiento esencial han de buscarse soluciones a los problemas que a veces llevan al aborto; unas soluciones en las que se ha de poner una gran dosis de generosidad, de creatividad, de educación, de pedagogía, y también financiación, y, sobre todo, mucha voluntad social de querer abrir nuevos caminos de respeto a la dignidad del ser humano. Pero insisto en que estas soluciones se han de arbitrar a partir del respeto al primero y fundamental de los derechos: el de nacer y vivir. Porque es verdad que la defensa de la persona humana ha de ser integral, nunca selectiva; pero ha de serlo siempre dentro de una jerarquía, en la que el número uno es dejar nacer la vida que empezó en la fecundación.
Una cuestión de dignidad
Pues bien, esta es la propuesta que a veces tanto irrita y que, no sabemos por qué, produce en algunos tanto rechazo. Para contrarrestarla se quiere extender la impresión -que desde luego es calumniosa- de que defender valores esenciales para el ser humano y su convivencia es ser enemigos del hombre y la mujer. Otros, suelen también extender la especie de que esta lucha y esta defensa es sólo cosa de obispos y de curas y que está muy reducida al ámbito católico, y entre estos a los más radicales; la presentan como un empecinamiento de la Iglesia. Y no faltan los que afirman que estas son posiciones de anticuados y enemigos del progreso.
Si decimos no al aborto, es porque defendemos la vida; porque nada nos preocupa más que el ser humano; entre otras razones porque también en eso queremos ser especialmente fieles a Dios, que es el mejor aliado del hombre en la defensa de su dignidad, ya que cada vida lleva la huella del Dios creado. Pero nuestro sí a la vida es, ante todo, una cuestión de dignidad humana. Si la defendemos es por su valor incuestionable. Por eso la vida ha de ser respetada con independencia de las creencias religiosas que se confiesen o se practiquen. Como católicos hemos de sentirnos hermanos de todo hombre que defienda este valor esencial; pero siempre sin dejar de tener la mano tendida a todos.
Rezar por la vida
Si os sirve mi testimonio, os digo que me siento orgulloso de pertenecer a la Iglesia católica por muchas razones, y una de ellas es por su defensa y promoción de este derecho primordial. Por eso, como vuestro Obispo os animo a afianzar el derecho a la vida entre vuestras convicciones morales. Y como el mejor camino para apuntalar nuestra conciencia en Dios es la oración, también os animo a rezar al Señor de la vida para que mueva los corazones de los seres humanos a respetarla.
Para concretar esto, llamo de un modo especial a los párrocos a que el día 25 de Marzo inviten, a cuantos quieran sumarse, a la Jornada de Oración por la vida y organicen los actos que se les han propuesto desde el Secretariado Diocesano de Familia. También pido que se promueva la oración individual o comunitaria por la vida con las oraciones que se les han enviado. Por mi parte convoco en la Santa Iglesia Catedral a los fieles que quieran participar a un acto eucarístico y posterior celebración de la Eucaristía, el día 25 de Marzo, a partir de las siete de la tarde.

Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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