Pablo, apóstol por la gracia de Dios. Carta de Mons. López de Andújar en el Día del Seminario

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Queridos hermanos y amigos:

“Al ver Jesús a la muchedumbre sintió compasión de ella porque estaban maltrechos y
abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: la mies es
mucha y los obreros pocos. Rogad pues al Dueño de la mies que envíe obreros a su
mies (Mt 9,16).
El “Día del Seminario”, que celebraremos próximamente, hace que resuenen en nuestro
corazón con mucha fuerza estas conmovedoras palabras del Señor. La muchedumbre
sigue a Jesús, buscando en Él un pastor que sacie su hambre de humanidad y su sed de
Dios. Están “maltrechos y abatidos”. Cuando Dios desaparece de la vida del hombre o
su Divina Imagen es pervertida, el ser humano queda en el más absoluto desamparo.
Jesús entrega su vida, hasta la cruz, a esa multitud hambrienta y, como Pastor Bueno, va
guiándola por el sendero justo y le da el alimento sabroso (cf Sal. 22); pero en su
designio de amor, quiere asociar a esa entrega al hombre mismo. Y pide a los que le
buscan que eleven su mirada al Dueño de la mies, y le rueguen que mande trabajadores
a su mies.
Esa participación en la entrega de Jesús, fruto de una llamada, es lo que llamamos
vocación. Todos somos llamados por el Señor. Todos, en comunión con Jesús, somos
invitados a una vocación de servicio a los hombres. Y cada uno debe estar muy atento
para descubrir qué es lo que Dios quiere de él. Pero hay una vocación que destaca por
encima de todas. No destaca porque los llamados sean mejores que los otros. Todos
somos iguales ante Dios y la vocación de todos es la santidad. Dios quiere que
siguiendo a su Hijo Jesucristo y estando íntimamente unidos a Él, por el don del
Espíritu Santo, en su vida, en su muerte y en su resurrección alcancemos, como
hombres, en las más diversas tareas, la cima de la perfección. (cf. Mt 5,4). Sin embargo
hay una vocación que destaca, entre todas, porque sostiene a todas y todas la sostienen a
ella. Es la vocación al ministerio sacerdotal. Sin ministerio sacerdotal no hay Eucaristía
y sin Eucaristía no hay Iglesia. El sacerdote es esencial en la Iglesia, porque desde esa
vinculación especial al Misterio Eucarístico, hace presente, con su vida y su entrega a
los hombres, al mismo Cristo, anunciando la Palabra de Dios, perdonando los pecados y
guiando con amor al Pueblo de Dios.
El apóstol Pablo, seguidor entusiasta de Cristo, cuya figura y doctrina estamos
meditando en este Año Jubilar Paulino, es un ejemplo vivo de fidelidad a la llamada de
Dios. Es el ejemplo de un hombre que, aun reconociendo su fragilidad, se deja guiar y
transformar por la gracia de Dios. Él mismo lo reconoce con humildad: “Por la gracia
de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mi” (1 Cor 15,10). La
gracia hace milagros. Lleno de esta gracia y apoyado en ella, Pablo, da testimonio en
sus cartas de que, a la luz del Salvador, la vida del hombre se ilumina y todo, en ella
adquiere firmeza. Pablo, con su fortaleza apostólica y su amor a la cruz salvadora de
Cristo, es un ejemplo luminoso para los que sienten la llamada del Señor a seguirle, sin
miedo, en el ministerio sacerdotal.
Os animo, no sólo en este “Día del Seminario”, sino de forma habitual y espontánea a
sentir como algo muy vuestro y muy querido, el Seminario de Getafe. En él se están
formando vuestros futuros pastores. Os pido que sintáis sus problemas, incluso
económicos, como algo que debemos afrontar entre todos, cada uno según sus
posibilidades.
Animo a las familias cristianas a ser pequeñas Iglesias domésticas en las que se valore
la importancia del ministerio sacerdotal y se hable de los sacerdotes con amor y respeto.
Los seminaristas han salido de vuestros hogares, y de vosotros recibieron la semilla de
la fe y de la vocación. Si en algún hijo vuestro resuenan con insistencia las palabras del
Señor: “La mies es abundante y los obreros pocos” y siente, por una llamada especial
de Cristo, el deseo de seguirle como sacerdote suyo, ayudadle y animadle en sus deseos
de generosidad. Un sacerdote en la familia es siempre un don de Dios.
Animo a los sacerdotes a vivir su sacerdocio con entusiasmo. Ayudad a los jóvenes a
despertar en ellos la pregunta sobre el sentido de su vida y sobre la posibilidad de ser
llamados por Cristo al sacerdocio. En el origen de muchas vocaciones está, casi
siempre, el ejemplo de una vida sacerdotal santa.
Animo a los catequistas, que trabajáis con niños y jóvenes, a ser para ellos testigos de la
fe. La misión del catequista es poner al catecúmeno en relación con Cristo y con la
Iglesia. Ayudadles al encuentro con Cristo. La fe es un encuentro con Cristo. Y la
vocación es uno de los frutos preciosos de ese encuentro.
A todos os pido que sostengáis con vuestra oración la vida del Seminario. De una
manera especial se lo pido a nuestras queridas comunidades contemplativas: su oración
y la entrega de sus vidas al Señor son el soporte más firme de las vocaciones
sacerdotales. El Seminario no es una institución más, entre otras; es el corazón mismo
de la Diócesis que, junto al Corazón de Cristo, en el Cerro de los Ángeles y bajo el
amparo maternal de la Virgen de los Ángeles y de su esposo San José, acompaña y
cuida a los que dijeron un día “si” al Señor. Que ellos, con la ayuda de la gracia lleguen
a hacer presente en nuestra Diócesis, como sacerdotes de Cristo, el amor compasivo y
misericordioso de Dios a los hombres.
Con mi bendición y afecto:
+ Joaquín María López de Andujar
Obispo de Getafe
Getafe, 1 de Marzo de 2009

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