“A Dios le gustan las alianzas”, carta pastoral del arzobispo de Tarragona

jaumapujolepA DIOS LE GUSTAN LAS ALIANZAS
15 de marzo de 2009
A Dios le gustan las alianzas. Hizo la Antigua Alianza con el pueblo judío, y con Cristo nos ofreció el sacramento de la Nueva Alianza por la que llama a todas las personas, que son imagen de Dios, a gozar de la vida eterna que comienza ya en esta vida. Le gustan tanto las alianzas que, del mismo modo que Cristo asistió a las Bodas de Caná, se invita Él mismo a los enlaces matrimoniales y bendice, en la persona del sacerdote, las alianzas que se entregan los novios en prueba de un amor para siempre, en la salud y en la enfermedad, en la juventud y en la vejez y en cualquier circunstancia de la vida.
Juan Pablo II dijo que Dios quiso unir el poder procreador, que reproduce de algún modo el misterio de la creación, al amor humano entre un hombre y una mujer, de tal modo que desde el comienzo, cuando Adán reconoce a Eva como “carne de mi carne”, la unión entre varón y hembra es una realidad sacramental, un icono de la vida de Dios.
Como habréis comprobado me propongo continuar con los comentarios al gran sacramento que es el matrimonio. Sobre esta institución se pueden hacer muchas consideraciones, e incluso chistes; pero “la alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador” como se lee en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Cuáles son estas leyes propias? Son las leyes del amor verdadero: unidad e indisolubilidad. La ordenación al bien de los cónyuges y la generación y educación de los hijos, que son los fines del matrimonio, requieren esa voluntad de darse mutua y definitivamente el uno al otro. Y lo que el sacramento hace es darles la gracia para que se amen con el amor con el que Cristo amó a su Iglesia.
Quizá algunos piensen que hoy es difícil mantener este compromiso. Las exigencias de la vida moderna, el trabajo fuera del hogar, el testimonio constante de infidelidad que ofrecen los medios de comunicación en las películas de ficción o en las noticias reales, ¿no son suficientemente expresivas de que esto ha cambiado?
No conviene pensar que la relación matrimonial sea fácil. Dice el mismo Compendio que “en todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura”; pero advierte también que ese desorden no procede de la naturaleza humana, sino del pecado.
Vivir una vida matrimonial gozosa, abierta a los demás y en primer lugar a los hijos, no requiere sin embargo un esfuerzo titánico, propio sólo de héroes, sino que presupone la ayuda de Dios, que es quien cura las heridas del pecado y nos enseña a perdonar sin preguntarnos quién tenía razón. Teniendo esto en cuenta habrá días soleados y nublados, pero el amor perdurará si, con frecuencia, miramos la alianza. Su peso no es el del oro, sino el del amor de Dios fundido con el amor humano.
† Jaume Pujol Balcells

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