El Papa exhorta a los jóvenes a no dejarse atraer por la idolatría del dinero y no ceder al interés egoísta, sino al servicio del bien común y de la verdad

ppbxvijoveness040309“Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo”. Se ha hecho público ayer el Mensaje de Benedicto XVI a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial del Juventud 2009 que se celebrará el próximo domingo de Ramos, en el ámbito diocesano.
Mientras el Papa prosigue junto a la Curia Romana los tradicionales ejercicios espirituales en el Vaticano, hoy en el tercer día, se ha hecho público el Mensaje de Benedicto XVI a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial del Juventud 2009. El Santo Padre recuerda que el próximo domingo de Ramos se celebrará, en el ámbito diocesano, este ya tradicional encuentro con los jóvenes, que en julio pasado presidió en el inolvidable escenario de Sydney y encaminándonos ya hacia el encuentro internacional programado para 2011 en Madrid. Teniendo en cuenta esta cita mundial de jóvenes, el Papa quiere hacer junto a ellos un camino formativo, reflexionando en 2009 sobre la afirmación de san Pablo: “Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo”.
Benedicto XVI escribe que en Sydney, la atención se centró en lo que el Espíritu Santo dice hoy a los creyentes y que exhortó a los jóvenes a dejarse plasmar por Él para ser mensajeros del amor divino, capaces de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad. Todos advertimos la necesidad de esperanza, pero no de cualquier esperanza, sino de una esperanza firme y creíble. ¿Dónde encontrar y cómo mantener viva en el corazón la llama de la esperanza?
La experiencia demuestra, explica el Santo Padre, que las cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente. Esta esperanza «sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar». Por eso, una de las consecuencias principales del olvido de Dios es la desorientación que caracteriza nuestras sociedades, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la desesperación.
La crisis de esperanza, señala el Papa, afecta más fácilmente a las nuevas generaciones que, en contextos socio-culturales faltos de certezas, de valores y puntos de referencia sólidos, tienen que afrontar dificultades que parecen superiores a sus fuerzas. Jóvenes heridos por la vida, condicionados por una inmadurez personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío familiar, de opciones educativas permisivas y libertarias, y de experiencias negativas y traumáticas.
¿Cómo anunciar la esperanza a estos jóvenes? Se pregunta el Pontífice. El primer compromiso que nos atañe a todos es el de una nueva evangelización, que ayude a las nuevas generaciones a descubrir el rostro auténtico de Dios, que es Amor. Durante este año jubilar dedicado al Apóstol de las gentes, con ocasión del segundo milenio de su nacimiento, aprendamos de él a ser testigos creíbles de la esperanza cristiana.
San Pablo, fue testigo de la esperanza, afirma el Papa. Mientras iba a Damasco, una luz misteriosa lo deslumbró. Cayendo a tierra, preguntó: «¿Quién eres, Señor?». «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». Después de aquel encuentro, la vida de Pablo cambió radicalmente. De perseguidor se transformó en testigo y misionero; fundó comunidades cristianas en Asia Menor y en Grecia, recorriendo miles de kilómetros y afrontando todo tipo de vicisitudes, hasta el martirio en Roma. Todo por amor a Cristo.
Para Pablo, la esperanza no es sólo un ideal o un sentimiento, sino una persona viva: Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es la verdadera esperanza: Cristo que vive con nosotros y en nosotros y que nos llama a participar de su misma vida eterna. La esperanza del cristiano consiste, por tanto, subraya Benedicto XVI, en aspirar «al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo».
Jesús, del mismo modo que un día encontró al joven Pablo, quiere encontrarse con cada uno de vosotros, queridos jóvenes, les explica el Papa. Dad espacio en vuestra vida a la oración. Participad en la liturgia en vuestras parroquias y alimentaos abundantemente de la Palabra de Dios y de la participación activa en los sacramentos. Si os alimentáis de Cristo, queridos jóvenes, y vivís inmersos en Él como el apóstol Pablo, no podréis por menos que hablar de Él, y haréis lo posible para que vuestros amigos y coetáneos lo conozcan y lo amen. Si Jesús se ha convertido en vuestra esperanza, comunicadlo con vuestro gozo y vuestro compromiso espiritual, apostólico y social.
El Papa les exhorta a que tomen “opciones que manifiesten vuestra fe; haced ver que habéis entendido las insidias de la idolatría del dinero, de los bienes materiales, de la carrera y el éxito, y no os dejéis atraer por estas falsas ilusiones. No cedáis a la lógica del interés egoísta; por el contrario, cultivad el amor al prójimo y haced el esfuerzo de poneros vosotros mismos, con vuestras capacidades humanas y profesionales al servicio del bien común y de la verdad, siempre dispuestos a dar respuesta «a todo el que os pida razón de vuestra esperanza».
San Pablo es para vosotros, acaba diciendo el Papa, un modelo de este itinerario de vida apostólica. Él alimentó su vida de fe y esperanza constantes. Sobre estas mismas huellas del pueblo de la esperanza nosotros continuamos avanzando hacia la realización del Reino, y en nuestro camino espiritual nos acompaña la Virgen María, Madre de la Esperanza.

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