El obispo de Sant Feliu de Llobregat invita a poner en práctica la doctrina social de la Iglesia frente a la crisis

agustincortesRecogiendo el trabajo de reflexión y aportaciones de los diferentes consejos diocesanos, el obispo de Sant Feliu de Llobregat Mons. Agustín Cortés, ha escrito una carta pastoral, que reproducimos al final de esta noticia, referida a la crisis económica que estamos viviendo.
“Desde hace meses seguimos con profunda preocupación la marcha de la economía y de sus efectos en la vida de la sociedad, de las familias y las personas”. Con este encabezamiento el obispo Agustín Cortés ha querido dirigir una palabra de reflexión a la iglesia diocesana, los fieles y todo el mundo que quiera escuchar sobre las causas y los efectos de la crisis económica que estamos viviendo.
El documento pone atención en las causas reales de la crisis, que sitúa fundamentalmente en el orden financiero y en el acceso a los bienes más allá de las necesidades y posibilidades reales de los individuos. También dice una palabra desde la responsabilidad personal y colectiva sobre las determinaciones que han desencadenado esta crisis y busca la luz en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, que recoge las enseñanzas en esta materia a lo largo de los años.
A continuación recuerda algunos de los principios fundamentales de esta doctrina que hacen referencia a la responsabilidad sobre los mecanismos económicos, financieros y sociales injustos, al afán de obtener beneficios abusivos, al progresivo distanciamiento de la economía financiera y la de producción de bienes al servicio de las personas, la globalización que aleja y hace interesadamente arbitrarios los criterios de la economía, y –el fondo– el progresivo vacío moral que domina muchos ámbitos de nuestra vida.
En la carta también invita a ejercer las “virtudes económicas” del realismo frente a la ambición alocada, la transparencia y honradez de las operaciones comerciales y financieras, el endeudamiento en aquello realmente necesario y el rechazo a la especulación abusiva y el consumismo compulsivo.

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ANTE LA CRISIS ECONÓMICA
Carta Pastoral

cola-del-paro1Desde hace unos meses seguimos con profunda preocupación el tema de la economía y sus efectos en la vida de la sociedad, de las familias y de las personas. Ha sido una preocupación, que cada vez ha ido reafirmándonos en la necesidad de decir una palabra en nombre de nuestra Iglesia diocesana, para los fieles y para todo el que quiera escuchar.

En estos momentos no hace falta hacer una descripción extensa de los efectos de la crisis económica. Los tenemos muy cerca, en sus manifestaciones más dolorosas: el continuo aumento de los despidos y del paro, el cierre de empresas, las familias que tienen dificultades para cubrir las necesidades más vitales, la precariedad laboral… Ante esta situación nuestra conciencia cristiana no puede permanecer indiferente, ya que constituye un profundo sufrimiento humano, y pide una interpretación y un compromiso moral desde la fe. Habiendo escuchado voces autorizadas de cristianos inmersos en el mundo laboral y económico, aprovechando diferentes informes sobre el caso, y con la voluntad de hacer un discernimiento a la luz del Evangelio, creemos poder ofreceros las siguientes consideraciones.

1. Podemos encontrar causas de la crisis, tanto en el campo propiamente económico y técnico, como en el ámbito de la conducta humana responsable, sea política, sea individual o personal. La Iglesia no tiene otra palabra más que el mensaje moral evangélico aplicado en las cuestiones sociales, es decir, lo que conocemos por “Doctrina Social de la Iglesia”. Por eso, si habla sobre la crisis, no será porque tenga una solución técnica, sino porque la crisis es también un hecho moral, pues ha sido provocada por conductas humanas libres y, por tanto, moralmente responsables.

2. Cada día conocemos nuevos análisis de la crisis. Nos hablan de unos primeros síntomas, que ya se manifestaban, al menos en nuestro país, hace unos cinco o seis años en el ámbito de la economía real, con la caída de la productividad, la subida de los precios, y el desplazamiento de la mayor parte de la inversión al campo de la pura especulación, especialmente al campo inmobiliario. Esta especulación ha encontrado dos aliados eficaces, por una parte en la ambición y el optimismo sin freno de productores y consumidores y, por otra, en el sector financiero, que, tratando de ganar clientes y buenos resultados, ha facilitado préstamos aparentemente muy beneficiosos. El sector financiero, olvidando su propia finalidad, ocupa así el centro de la economía o, como ha dicho alguien “se ha centrado en sí mismo”: la gente pierde el miedo al endeudamiento y se introduce en un proceso continuo de gastos de todo tipo, en función, no de las verdaderas necesidades y del dinero que ya tienen, sino del que se puede recibir fácilmente mediante los préstamos bancarios. A la vez, los mismos bancos funcionan de manera parecida, viviendo de los préstamos interbancarios de ámbito locales y, sobre todo, internacional. De esta manera la “confianza” de unos y otros, con mutua interdependencia en todos los ámbitos, se transforma en la clave de la subsistencia económica. Una confianza tanto más débil, cuanto que, en el ámbito internacional, el control sobre este tipo de operaciones es prácticamente nulo.

3. Ha llegado el momento en el que esta confianza ha fallado. Se ha puesto de manifiesto que hay un falseamiento básico, por lo que se refiere a la ganancia y la riqueza real: bajo una aceleración espectacular del progreso económico, encontramos una pobreza real, pues verdaderamente no se ha acelerado la riqueza, sino el riesgo. Y, lo que es peor, la riqueza ficticia ha seducido también a los más pobres y ha fabricado nuevos. De hecho, la distancia entre pobres y ricos no deja de aumentar y los que tienen a su alcance la capacidad de manejar el dinero se han ido enriqueciendo mediante el engaño y la explotación de particulares o pequeños inversores. Lo tenían fácil, porque éstos también ceden irreflexivamente a las promesas de las ganancias inmediatas y rápidas y al consumo compulsivo. Ahora, además, la caída de la demanda ha causado despidos o quiebra de empresas, que en definitiva acaban en pobrezas reales y tragedias humanas.

4. El hecho de que el fenómeno tenga su origen también en causas de ámbito internacional, hace que el problema se deba de considerar en el marco de la globalización. El rol de los mercados financieros es cada vez más decisivo y central, con dimensiones planetarias, fruto de la liberalización de intercambios, de la circulación de capitales y de la aplicación de las nuevas tecnologías (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 361). Este incremento de la movilidad ha aumentado el riesgo de la crisis financiera: “El desarrollo de las finanzas, cuyas transacciones han superado considerablemente en volumen, a las reales, corre el riesgo de seguir una lógica cada vez más autorreferencial, sin conexión con la base real de la economía” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 368). Es exactamente lo que ha pasado. Una globalización que hoy nos presenta su lado más negativo: una vez más, son los países pobres los que más sufren las consecuencias, entre otros motivos, por la configuración fuertemente asimétrica del sistema financiero internacional (sólo los países ricos son protagonistas de sus procesos) y porque no disponen de recursos sociales para reducir la pobreza y el hambre.

5. Una visión cristiana de la situación exige aplicar algunos principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.
a) Puede ser que la crisis sea debida directamente a lo que Juan Pablo II llamaba “mecanismos económicos, financieros y sociales injustos”, o incluso “estructuras de pecado” (Sollicitudo rei socialis, 16. 36-37, 39). Pero también debemos reconocer que estos mecanismos y estructuras son obra nuestra y, por otra parte, que no hay ningún sistema, que pueda garantizar la plena justicia, si no es contando con la conducta moral justa y responsable. Por eso todos, cada uno en su ámbito, nos debemos sentir implicado en la crisis.
b) En este sentido, hace falta reconocer que una causa profunda de la crisis ha sido la búsqueda en la actividad económica y financiera de un beneficio injusto y radicalmente abusivo, que merece la denuncia moral, a la vista de sus consecuencias sociales: “Los tratantes, cuyas prácticas usurarias y mercantiles provocan el hambre y la muerte de sus hermanos los hombres, cometen indirectamente un homicidio. Éste les es imputable” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2269)
c) La crisis es esencialmente financiera. Pero de los recursos financieros debemos afirmar lo que decimos del capital como factor de producción: en primer lugar, que siempre debe tener una dimensión social y se deben buscar y disponer de ellos, mirando el bien común; además, que su finalidad no es otra que servir a la producción de bienes reales; y que, en definitiva, en el proceso de producción, se deben subordinar, como instrumento que son, al trabajo o “factor humano”, que es la causa primera de la producción (Juan Pablo II, Laborem exercens, 12).
d) La crisis es también, en su origen y sus consecuencias, de alcance global. Debemos aprovechar la misma globalización para “globalizar la solidaridad” hacia las áreas más desfavorecidas (Juan Palo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la paz 1998, 3). Y eso no se podrá hacer sin la concurrencia de los organismos internacionales, políticos, jurídicos y económicos, que no deben dejar el mercado financiero sólo en manos de las decisiones, arbitrarias e interesadas exclusivamente en sus propios beneficios, de los agentes económicos (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 365-366). “Cuanto mayores niveles de complejidad organizativa y funcional alcanza el sistema económico-financiero mundial, tanto más prioritaria se presenta la tarea de regular (democráticamente) dichos procesos, orientándolos a la consecución del bien común de la familia humana” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 371).
e) Pero está más al alcance de la gran mayoría de nosotros cumplir el deber moral en el ámbito de nuestras economías. Debemos practicar “virtudes económicas”, como el realismo frente a la ambición desenfrenada, la transparencia y la honradez en nuestras operaciones comerciales o financieras, el endeudamiento en aquello realmente necesario y en función de las posibilidades reales, huir y, en todo caso, denunciar la especulación abusiva, evitar el consumismo compulsivo…
f) En definitiva, una mirada de conjunto y con detenimiento nos descubre la raíz de la crisis económica en el grave y preocupante vacío moral, que domina en todos los ámbitos de nuestra vida. Es el mismo vacío moral el que permite que alguien pueda especular sin escrúpulos, o defraudar fiscalmente, o matar la vida humana concebida y no nacida, o perjudicar la naturaleza, pensando sólo en el propio beneficio. Aunque las leyes, el mercado o la ciencia y la técnica económica lo permitan, no todo es legítimamente moral. La propia conveniencia o beneficio particular no es la última norma moral, sino aquello que objetivamente es bueno y justo.

Es por eso que, tanto las causas como el remedio de la crisis económica afectan a ámbitos profundamente humanos donde la ética juega un papel imprescindible, como la educación, la convivencia social, la cultura o la política. Los creyentes hemos aprendido de la Palabra de Dios que la inversión en justicia, honradez, verdad, trabajo, creatividad humana, respeto a los derechos, fidelidad… es la inversión más rentable.

Y aún hoy, respirando el ambiente de Navidad, debemos recordar otra virtud absolutamente necesaria, que no pide otro endeudamiento que el de uno mismo: la solidaridad con los más pobres. A pesar de las dificultades económicas que todos sufrimos, más que nunca debemos ser solidarios con los que aún tienen menos recursos. Debemos agradecer lo que hoy se está haciendo desde Caritas y otros organismos que actúan al lado de los más necesitados. Queremos reproducir aquello que nos recomienda Jesús en el Evangelio: “Os aseguro que todo lo que hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 20). La Iglesia debe mostrar su rostro más compasivo cerca de los padres de familia que han perdido el trabajo, que tienen dificultad en poner un plato a la mesa para sus hijos, que ven el futuro próximo con grave dificultad…

Que el Dios hecho hombre, pobre nacido en la pobreza, os bendiga con la abundancia de su justicia y de su misericordia.

Sant Feliu de Llobregat, 6 de diciembre de 2008.

+ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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