El obispo de Almería a las cofradías de Semana Santa: “Nada puede ser tan eficazmente testimonial como la coherencia de fe y obras”

gonzalezmontesCon el título “La llamada de las imágenes a la conversión” Mons. Adolfo González Montes, obispo de Almería ha escrito una carta cuaresmal dirigida a los hermanos y hermanas de las cofradias de Semana Santa, en la que les invita a la coherencia entre la fe y manifestaciones religioas y la propia vida: “Nada puede ser tan eficazmente testimonial como la coherencia de fe y obras. Es esta coherencia la que puede dar consistencia a las manifestaciones de la piedad popular que quieren ser siempre testimonio vivo de cuanto alberga en corazón creyente”, señala el obispo almeriense en su carta que reproducimos a continuación:

Carta del Obispo de Almería, D. Adolfo González Montes, para las Hermandades y Cofradías de Semana Santa de la provincia.
semana-santaLa Cuaresma nos coloca ante el ascenso penitencial a la Pascua, para que su celebración, tal como canta el prefacio cuaresmal, nos llene con el gozo de habernos purificado “dedicados con una mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno”. Hermoso programa para un tiempo de crisis social y religiosa, cuando la solidaridad con el prójimo y el amor fraterno ha de ser resultado de una profunda conversión del corazón mediante el desapego a los bienes de este mundo que pasa y la búsqueda de los valores eternos.

1. El ayuno que a Dios agrada
Invito a leer con atención el mensaje del Papa Benedicto XVI para la Cuaresma, centrado este año en el valor religioso del ayuno, más allá de la simple utilidad de la higiene dietética y del utilitarismo que al ayuno se le pueda sacar siempre, pero particularmente en tiempo de crisis. El ayuno representa la contundente afirmación de que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4,4), como respondió Jesús al Tentador, recordándole la advertencia del Deuteronomio a propósito del hambre padecida por los israelitas en la travesía del desierto hacia la patria prometida. Representa además el ayuno la toma clara de conciencia de la insuficiencia de los bienes y la insatisfacción del consumo desmesurado cuando el prójimo padece hambre. Finalmente, el ayuno representa el triunfo de la fraternidad contra el egoísmo del consumista, que no llega nunca a satisfacer sus ansiedades; porque el ayuno que a Dios agrada es éste: “partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne”, porque, si esto haces, “entonces nacerá tu luz como la aurora y te brotará la carne sana” (Isaías 58,7) En definitiva, el valor religioso del ayuno consiste en ser la señal de la relatividad de todo lo humano frente a la permanencia de Dios y el valor trascendente de la vida del prójimo percibida como revelación de la fraternidad que une a todos los hombres.
Sin embargo, a veces pareciera que los cristianos estamos de espalda a esta honda verdad religiosa del ayuno. La Semana Santa se diluye en ocasiones en el esplendor que ampara los desfiles procesionales y el aire festivo que los acompaña. Se diría que falta austeridad en la compostura y sobriedad en el consumo, sin los cuales es difícil percibir el significado religioso de las celebraciones pascuales. No se trata de restar esplendor a la belleza de la ornamentación que sirve a la representación de los misterios de la fe, sino de acompañar los desfiles con el fervor religioso que genera la contrición de los pecados y se expresa en la privación voluntaria del ayuno, para que la palabra de Dios resuene en el interior de los creyentes y golpee la conciencia de los alejados atrayéndolos a la fe.

2. Volver sobre el alcance ético de las celebraciones de Semana Santa
Hemos reflexionado años atrás sobre el valor de catequesis que encierran los desfiles procesionales, en su valor como muestra de plástica religiosa, transidos de la belleza de la fe que ha captado y plasma el misterio de la muerte redentora de Cristo y del dolor de su santísima Madre. Cumple que prolonguemos la reflexión sobre el alcance ético de las celebraciones de Semana Santa, que, si son vividas con fe, ayudan a quienes nos contemplan a medir el alcance moral de nuestras acciones, siempre enraizadas, por lo demás, en un corazón ineludiblemente pecador. Doctrina y moral católica van parejas, son inseparables la una de la otra en recíproca referencia. Urge, por esto, revisar si determinados comportamientos personales y sociales se compadecen con la piedad popular, que puede atraer como espectáculo dramático, pero que no cumple con el objetivo de provocar la conversión y transformar la vida de cuantos celebran y contemplan la escenificación de la historia de la salvación en las imágenes de la Semana Santa.
Es verdad que la escenificación de la obra redentora de Cristo y los dolores de María son, antes que nada, manifestación de la fe creída y profesada; y es verdad, además, que en esta escenificación plástica de las imágenes se trata del culto a Cristo y a la Virgen María y, por eso, de la glorificación de Dios creador y redentor del hombre. Con todo, no se da verdadero culto a Dios, como dejó dicho Jesús, si no se tiene en cuenta que “Dios es espíritu y quienes le dan culto han de adorar en espíritu y en verdad” (Juan 4,24). Por eso san Pablo dirá, siguiendo a Jesús, que los cristianos han de “ofrecer sus cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios”, precisando que “tal será vuestro culto espiritual”, exhortándoles a “no acomodarse al mundo presente, antes bien a dejarse transformar mediante la renovación de vuestra mente, a fin de poder distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 1-3).
En este año jubilar paulino, a los dos mil años del nacimiento del gran Apóstol de las naciones, sigue impactando la vivencia mística que san Pablo tuvo del misterio pascual de Cristo. La configuración con Cristo es para Pablo místico amoldamiento, que acontece por el bautismo, a la muerte y resurrección de Jesús. De esta suerte, dice a sus comunidades que “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Efesios 5,24), hasta dar muerte al hombre viejo en sí mismos y haber renacido místicamente al “Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y la santidad de la verdad” (Efesios 4,24).
Nada puede ser tan eficazmente testimonial como la coherencia de fe y obras. Es esta coherencia la que puede dar consistencia a las manifestaciones de la piedad popular que quieren ser siempre testimonio vivo de cuanto alberga en corazón creyente. El verdadero creyente en Cristo funda la coherencia de una vida cristiana en la verdad revelada y profesada con fe viva, la fe que obra por la caridad, no en el mero sentimiento religioso. Éste, ciertamente, es importante porque es un signo de la fe que abre al misterio que el corazón intuye y percibe, pero por sí sólo no alcanza el verdadero objeto de la fe: el misterio de Dios revelado en Jesucristo. De aquí que el corazón verdaderamente moldeado por la piedad auténticamente cristiana no opone el sentimiento religioso a la práctica de los sacramentos de la Iglesia. Muy, por el contrario, vive la vida de piedad como preparación y prolongación de los sacramentos que comunican la gracia y la salvación.

3. Las imágenes, oportunidad de purificación y gracia

Al volver de nuevo los ojos hacia las imágenes de la redención en la Semana Santa, nada puede ayudarnos más a vivir mejor el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo que la purificación de los ojos, de la mente y del corazón para contemplar en las imágenes la revelación del amor de Dios. Las imágenes de Semana Santa interpelan nuestra conciencia cristiana y demandan de nosotros una respuesta. Nos revelan el misterio de la fe y nos preguntan por su vivencia, reclaman coherencia, una práctica ética de la vida que permita a los que nos contemplan concluir que nuestra vida es verdaderamente moral.
La Cuaresma nos abre a la contemplación de las imágenes sagradas, compromiso y tarea de los cofrades en singular medida, si bien compromiso y tarea de todos los bautizados. Mas, para que la contemplación de las imágenes surta su efecto sanador, es preciso un ayuno del materialismo consumista, ahora recortado por la crisis social, que incluye una cierta abstinencia de alimentos, pero sobre todo de pasiones malsanas y apetencias egoístas, que ignoran el dolor del Crucificado. Un dolor que le fue inflingido al Redentor por la soberbia del hombre autosuficiente y pecador. Para que su amor nos alcance necesitamos de la penitencia y la conversión, porque sólo ellas disponen a una profunda cura de humildad, que arranca de los ojos el velo cegador del pecado. Ojala que la Cuaresma que comenzamos cumpla su benéfico efecto en cada bautizado.
Deseo a los cofrades de nuestras hermandades y cofradías, y a todos los fieles cristianos en general, una santa vivencia de la Cuaresma que nos aboque a la Pascua con el gozo de la purificación lograda.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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