Mons. Cañizares propone la figura del Cardenal Sancha como modelo impulsor de la doctrina social

cardenalsancha2 El prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y Administrador Apostólico de Toledo, cardenal Antonio Cañizares Llovera, presidió ayer en la catedral de Toledo la Santa Misa de apertura del Centenario del Cardenal Sancha y ha anunciado su beatificación en Toledo para el próximo otoño.
Han concelebrado con el Cardenal Cañizares los obispos de Ávila y Burgo de Osma, don Jesús García Burillo y don Gerardo Melgar Viciosa, respectivamente, así como el auxiliar de Toledo, don Carmelo Borobia Isasa, y medio centenar de sacerdotes. Asistieron, además, algunas religiosas Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha y del Instituto Catequista Dolores Sopeña, así como una representación de las Siervas de María.
Don Antonio Cañizares ha comenzado su homilía, cuyo texto ofrecemos al final de esta noticia, recordando que «Dios nos ha bendecido con esta figura excepcional, y al mismo tiempo tan sencilla y humilde, tan nuestra y tan de nuestros días, tan humana y tan evangélica, tan moldeada y recreada por la divina gracia y por la misericordia infinita del Señor, que se trasparenta en esta vida».
Después ha recordado que el cardenal Sancha «fue una figura singular, ‘algo nuevo’ en su tiempo, pero que todavía sigue siendo nuevo entre nosotros. Verdadero sí de Dios y cumplimiento de las promesas de Dios, como su Hijo, ‘amen de Dios’ y testigo fiel de Dios». Transparencia en todo de su amor y de su consolación, de su caridad que no tiene límites, y que en un gesto más de su caridad y desvivirse perdió su vida ganándoles, ayudando y visitando a enfermos en días muy fríos, de nieves y hielos, de los antiguos inviernos toledanos.
«Fue un pastor providencial –ha añadido– que supo conducir a sus diócesis y a la Iglesia en España en la difícil encrucijada entre los siglos XIX y XX. Un pastor modélico, Primado al servicio de la unidad eclesial y padre del movimiento católico contemporáneo».
Seguidamente ha continuado recordando que «en los tiempos que vivimos, desde su arraiga-miento profundísimo e inquebrantable en Dios –fue un hombre de Dios– es muy significativo su testimonio de caridad y su promoción de la dimensión caritativa y social del Evangelio entre los fieles».
En este sentido, el Cardenal Cañizares ha dicho también que «en años difíciles que en cierto modo, sólo en cierto modo, nos hacen recordar los de ahora, supo contribuir a dar ejemplo de caridad, ayudar a los más desfavorecidos y gran interés por las cuestiones sociales».
Por eso ha recordado que «su apuesta por la creación de sindicatos católicos, círculos católicos de obreros, su promoción de los Congresos nacionales de católicos para difundir y arraigar lo que hoy llamamos doctrina social de la Iglesia en la sociedad, instituciones asistenciales y la educación de los más desfavorecidos hacen de él pastor modelo y ejemplo para nuestro tiempo».
El Cardenal Cañizares ha querido constatar que «todo eso brotaba en él del encuentro con Dios y de la adoración, singularmente de la Eucaristía». Por eso ha señalado que fue el promotor del primer Congreso Eucarístico Nacional, en Valencia, y la adoración perpetua, la adoración de las cuarentas horas, la adoración al Santísimo. Y, en este sentido dicho también que «Dios ha querido que el próximo año, un año después de su beatificación y como eco de su persona y de su beatificación, se celebre aquí en Toledo un nuevo Congreso Eucarístico Nacional para la adoración del Señor».
Don Antonio Cañizares ha explicado seguidamente que «si queremos que haya un catolicismo social en estos momento necesitados del Evangelio de la caridad y de la defensa y dignidad del hombre, de la vida y de la grandeza humana en todas sus fases, si queremos un catolicismo evangelizador y misionero, si queremos que hayan comunidades cristianas vivas, testigos del Evangelio de la caridad como el Siervo de Dios Ciriaco María Sancha».
Al finalizar la Santa Misa el prefecto del Culto Divino ha solicitado también que como signo del año del centenario que ahora comienza la ciudad de Toledo erija una estatua a su memoria
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CENTENARIO MUERTE CARDENAL SANCHA

Homilía del Sr. Cardenal, don Antonio Cañizares Llovera,
en la Santa Misa de Apertura
Santa Iglesia Catedral Primada
22 de febrero de 2009

Queridos hermanos Obispos y sacerdotes, estimadas y dignas autoridades, religiosas Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha, Damas Catequistas de la Beata Dolores Sopeña, Cistercienses de Alloz, Siervas de María, seminaristas, personas consagradas en diversos carismas, muy queridos hermanos y hermanas en el Señor. Todos tenemos que ver muy estrechamente con este gran Arzobispo, que, como pastor conforme al corazón de Dios, presidió sirviendo en la caridad y dando su vida a esta diócesis de Toledo, a la de Valencia, a la de Madrid y a la de Avila, que también sirvió a la Iglesia en Cuba, en la diócesis de Santiago, y que procedía de la diócesis de Osma-Soria en tierras burgalesas. Hoy damos gracias por él. Hoy, iniciamos aquí las celebraciones del primer centenario de su partida a la casa del Padre, celebraciones que en la Providencia divina, van a ser preparación a la gran celebración de su beatificación, que tendrá lugar, Dios mediante, en esta Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, el otoño próximo en la fecha que señale la Santa Sede.
Dios nos ha bendecido con esta figura excepcional, y al mismo tiempo tan sencilla y humilde, tan nuestra y tan de nuestros días, tan humana y tan evangélica, tan moldeada y recreada por la divina gracia y por la misericordia infinita del Señor, que se trasparenta en esta vida. En él se cumple la promesa que hemos escuchado en el profeta Isaías: “Hago nuevas las cosas, fijaos, ya está brotando lo nuevo”. En él se refleja lo nuevo, la nueva vida en Cristo, la nueva creatura conforme al querer de Dios, la nueva humanidad, conforme al Hombre nuevo enteramente que aparece en el Hijo de Dios venido en carne, Jesucristo.
Dios ha querido que este domingo escuchásemos la Palabra suya que acabamos de proclamar. Nos hace poner nuestra mirada en Jesucristo, el sí de Dios, el cumplimiento de sus promesas. Promesa de misericordia y de perdón, de consolación y aliento para los afligidos, de sanación para los que andan destrozados. Jesucristo es el sí de Dios al hombre y a las esperanzas de los hombres, superadas por el propio Jesús. Cuando se acercan los discípulos de Juan y le preguntan a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” Jesús les responde: “Id y contad lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los sordos oyen; los cojos andan y los muertos resucitan; los leprosos quedan limpios y a los pobres se les anuncia la buena noticia; y dichosos los que no se escandalizan de mí”. Hoy, en el relato evangélico proclamado, se cumple esto mismo: el paralitico de nuevo comienza a andar, y previamente ha escuchado la buena noticia eficaz: “Tus pecados quedan perdonados”. En Él vemos el rostro de Dios: de amor y de misericordia, de infinita bondad para con los hombres, de la gracia del perdón que sólo Dios puede conceder. En Él vemos todo el poder de Dios, que es el de su misericordia y el de su perdón que sólo Él trae y es capaz de dar al hombre resucitándolo de la muerte, liberándole de la esclavitud de la muerte que es el pecado. Sólo de Dios procede el perdón. Si importante es la sanación de la parálisis que impide al hombre caminar, más importante es la sanación y liberación del pecado, origen de toda tristeza e infelicidad del hombre, que le impide al hombre vivir en el amor de Dios, en la verdad del amor de Dios que le hace libre, en la felicidad y la dicha de la comunión con Dios, en la plenitud de la vida de gracia y del don del amor y de la piedad y misericordia de Dios. En él se abre el futuro del hombre y la esperanza. Por eso los hombres se agolpan a su puerta y le buscan. Esto sí que es nuevo: y sólo es posible por Dios, por el don de su gracia. Esto sí que es nuevo, y nada ni nadie puede arrogarse esto si no es Dios y por Dios; esto sí que es importante y único, que asombra y admira. Cristo es el amén de Dios, el sí de Dios, la afirmación de Dios irrevocable de que Él está con nosotros y no tiene vuelta atrás.
Confirmación de este sí de Dios, de la plenitud de su misericordia entre nosotros y en favor nuestro, del don de su perdón y de gracia salvadora, es el Venerable siervo de Dios, el Cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás, presencia sacramental de Cristo sacerdote y pastor de nuestras almas que ha venido a salvar y restaurar la humanidad entera y traer la alegría de la salvación de Dios, de su amor que no tiene medida en favor de los hombres. Su mirada, su pensamiento y amor estuvieron siempre puestos en Jesús. En el cardenal Sancha vemos, como en testigo singular, la presencia de Cristo entre nosotros: la han podido palpar en los tiempos modernos la diócesis de Burgo de Osma, la de Santiago de Cuba, la de Ávila, la de Madrid, la de Valencia, y la de Toledo. Se ha podido apreciar esta presencia en la Ciudad Eterna y en todas las diócesis españolas, porque a todas las partes ha alcanzado la gracia y la misericordia de Dios y la presencia de Jesucristo hoy a través de esta gran figura. Lo mismo que hoy, en las lecturas proclamadas, hemos podido ver y palpar, escuchar a Dios entre nosotros en Jesús, así en la figura de este Siervo de Dios, podemos apreciar y palpar, ver y oír a Jesús que sacramentalmente se hace presente a través de sus siervos, elegidos por Él, para estar con Él y llevar a cabo su misma misión entre los hombres, que es dar a conocer a Dios, su amor y su perdón, y servir a los hombres, amándolos hasta el extremo y entregando su vida por ellos, entregando a Dios que es amor y se vuelca caritativa y misericordiosamente sobre ellos, para que puedan gozar del don de la salvación misericordiosa de Dios, que es perdón de los pecados y nacimiento a una nueva vida por el amor.
Fue una figura singular: “algo nuevo” en su tiempo, pero que todavía sigue siendo nuevo entre nosotros. Verdadero sí de Dios y cumplimiento de las promesas de Dios, como su Hijo, “amen de Dios y testigo fiel de Dios”. Trasparencia en todo de su amor y de su consolación, de su caridad que no tiene límites, y que en un gesto más de su caridad y desvivirse perdió su vida ganándoles, ayudando y visitando a enfermos en días muy fríos, de nieves y hielos, de los antiguos inviernos toledanos. “Pastor y primado en el amor”, que por, su caridad pastoral que le configuró en todo, fue constituido, como siervo fiel, por su Señor, como pastor de pastores para dar su vida con el Señor. Un pastor caritativo y humilde, enamorado del Señor y siervo suyo, transparencia del Buen Pastor que nos manifiesta el amor y la bondad de Dios, padre de los pobres y solícito médico de las almas, apasionado de amor por la Iglesia y por los hombres, en tiempos de graves dificultades y de crisis social, cultural y humana, que se dejó modelar por Dios y buscó en todo su voluntad: que los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, que tengan vida, que sean uno y permanezcan en el amor cumpliendo sus mandatos que son dicha, luz y gracia para los hombres.
Fue un pastor de mucha instrucción y variada cultura, estuvo animado de un grande y fuerte espíritu apostólico, su celo pastoral fue incansable, brilló en su admirable devoción y amor a la Santa Sede y en su comunión inquebrantable al Papa, y así Dios se valió de él para librar a la Iglesia en España y en Cuba de unas derivas cismáticas; su dulzura y humildad, su modestia y sencillez de trato, su facilidad de palabra y su caridad admirable por la que verdaderamente pudo decirse y hacerse todo a todos, las dotes de gobierno que lo adornaron, el ardor con el que emprendió no pocas iniciativas arduas y supo conducirlas a término, como los Congresos Nacionales de católicos, todo el Movimiento católico, hacen de él un prelado modelo, modelo de un nuevo y digno pastor para un tiempo de cambio que imponía grandes desafíos para la Iglesia. Fue un pastor providencial que supo conducir a sus diócesis y a la Iglesia en España en la difícil encrucijada entre los siglos XIX y XX. Un pastor modélico, Primado al servicio de la unidad eclesial y padre del movimiento católico contemporáneo. En los tiempos que vivimos, desde su arraigamiento profundísimo e inquebrantable en Dios -fue un hombre de Dios-, es muy significativo su testimonio de caridad y su promoción de la dimensión caritativa y social del Evangelio entre los fieles. En años difíciles que en cierto modo, sólo en cierto modo, nos hacen recordar los de ahora, supo contribuir a dar ejemplo de caridad, ayudar a los más desfavorecidos y gran interés por las cuestiones sociales. Su apuesta por la creación de sindicatos católicos, círculos católicos de obreros, su promoción de los Congresos nacionales de católicos para difundir y arraigar lo que hoy llamamos doctrina social de la Iglesia en la sociedad, instituciones asistenciales y la educación de los más desfavorecidos hacen de él pastor modelo y ejemplo para nuestro tiempo.
Sin olvidar que todo eso brotaba en él del encuentro con Dios y de la adoración, singularmente de la Eucaristía. Él lleva a cabo, por iniciativa propia, el primer Congreso Eucarístico Nacional, en Valencia, y la adoración perpetua, la adoración de las cuarentas horas, la adoración al Santísimo, en definitiva. Dios ha querido que el próximo año, un año después de su beatificación y como eco de su persona y de su beatificación, se celebre aquí en Toledo un nuevo Congreso Eucarístico Nacional para la adoración del Señor. Hemos de preparar muy bien, con su ayuda, este Congreso Eucarístico que llevará como lema: “Me acercaré al altar de Dios, que alegra mi juventud”. Este tiempo nos ha de ayudar a todos a redescubrir el sentido de la adoración eucarística. Si queremos que haya un catolicismo social en estos momento necesitados del Evangelio de la caridad y de la defensa y dignidad del hombre, de la vida y de la grandeza humana en todas sus fases, si queremos un catolicismo evangelizador y misionero, si queremos que hayan comunidades cristianas vivas, testigos del Evangelio de la caridad como el Siervo de Dios Ciriaco María Sancha y Hervás, si queremos santos que viven conforme a la vida nueva de las Bienaventuranzas y del Evangelio del amor, necesitamos impulsar la adoración eucarística. Pronto tendremos dos capillas de adoración eucarística perpetua en Torrijos y en Illescas. Se lo encomendamos al Siervo de Dios, tan hombre de la Eucaristía.
La figura del cardenal Sancha, su impulso de la adoración eucarística nos ayuda a recordar e interiorizar aquellas palabras del Papa Benedicto XVI: “La adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto ‘sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros'” (n. 66). “Por tanto, añade el Papa, recomiendo ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua” (n. 67). Por eso, en este primer centenario de la muerte del cardenal Sancha, y ante su próxima beatificación y como preparación a ella, también yo recomiendo ardientemente la adoración, y en concreto la adoración perpetua en los lugares ya previstos y en otros que pudieran sugerirse. Cuanto antes. Es mucha la urgencia en el mundo en que vivimos. Es un don de Dios, no lo retrasemos. Es lo más importante que podemos hacer, de ahí brotarán otras iniciativas que pueden parecemos más urgentes, pero que no se llevarán a cabo, si no brotan de la adoración.

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