Homilía del cardenal Cañizares en con ocasión del 50º aniversario de Manos Unidas

canizares-torreciudad150 ANIVERSARIO DE MANOS UNIDAS

Homilía del Sr. Cardenal, don Antonio Cañizares Llovera,
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos,
Administrador Apostólico de Toledo

S. I. Catedral Primada, 8 de febrero de 2009

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: A la acción de gracias por Jesucristo, el Señor, Dios con nosotros, rostro humano de Dios que es Amor y entrega su vida por nosotros en ofrenda al Padre y cumplimiento de su voluntad que ama a los hombres hasta el extremo, unimos hoy la acción de gracias por los cincuenta años de «Manos Unidas», que es expresión del amor de Dios que aquí, en la Eucaristía, se entrega y se nos da. Manos Unidas ha surgido, hace cincuenta años, como realidad concreta y viva precisamente de ese don de Dios, que es Jesucristo, en quien tenemos la prueba más grande del amor por los hombres.
El Evangelio que hemos proclamado nos muestra a Jesús, en su verdad y realidad concreta, en una jornada de sus días: va a la Sinagoga con sus discípulos, predica la buena noticia, cura a la suegra de Pedro, y a otros muchos enfermos de diversos males, libera de la esclavitud del maligno a muchos, la gente se agolpa a su puerta, todo el mundo le busca, se retira a la soledad con Pedro y el resto de sus discípulos para encontrarse con el Padre de los cielos en el trato amoroso con Él que es la oración, es decir, para orar. De ese encuentro con Dios, el Padre, de esa unidad con Él, brota todo lo que vemos que hace Jesús: curar, devolver la libertad, sanar de los males hondos que nos aquejan, predicar la buena noticia de que Dios, Amor, y está cerca de nosotros. Ahí vemos el rostro de Dios que siente compasión de los hombres que andan perdidos como ovejas sin pastor, abrumados por toda suerte de males y de necesidades; Dios que se ocupa y preocupa del hombre, de la persona humana, de su dignidad y grandeza, que devuelve esa dignidad y grandeza, su libertad y su salud, a quienes la han perdido, que ensalza al hombre caído, lo levanta y lo conduce. Esa unión indestructible con Dios, el Padre, alimentada en la oración, en el trato íntimo con Él, se manifiesta en lo cotidiano de Jesús, que, como vemos, es pasar haciendo el bien, amando al hombre en su concreción de sus necesidades, identificándose y solidarizándose con él para otorgarle la esperanza que todo hombre anda buscando. Por eso todos los hombres le buscan y se agolpan a su paso y a su puerta: porque todos ellos tienen necesidad de Él, todos buscan la esperanza que colme lo que anhelan y necesitan en lo más vivo de su vida y de su corazón. En este día ordinario de la vida de Jesús vemos y palpamos que su solicitud, que brota junto al Padre, Dios, es afirmación absoluta y suprema de la dignidad humana siempre y particularmente cuando ésta es débil y está envuelta en el sufrimiento, como acaba de decir el Papa.
Del encuentro con Jesucristo, de la vida de fe y de confianza puesta en Dios, de la oración y de la Eucaristía donde está en toda su realidad el Amor de los amores, Dios mismo, y su compasión para con nosotros, hace cincuenta años nació Manos Unidas. Cincuenta años ya de Manos Unidas en los que la solidaridad con Jesús por el hombre, por el que pasa hambre, sigue cumpliéndose y haciéndose realidad viva entre nosotros; cincuenta años en los que viene cumpliéndose la súplica de Jesús que ora al Padre: «Que todos sean uno», porque ese es el designio y el querer del Padre. Dios ha creado todo para todos. Dios, compasivo, Dios que quiere al hombre, que nos muestra que es el hombre, criatura suya, y su dignificación, lo que está en su designio de amor, ha hecho un solo mundo, sin distinción ni privilegios, para todos. Dios quiere que hagamos de esta tierra un hogar, una casa, para todos, donde sea respetada, reconocida y promovida su dignidad y grandeza. Dios ha puesto en esta casa las riquezas para ser compartidas, ha entregado un solo pan para cuantos moramos en ella y mostremos nuestras entrañas de misericordia en favor de los que tienen acceso a esa mesa. Este deseo divino, Dios nos lo ha hecho palpable y visible en su propio Hijo: El es el Pan de la vida, partido y entregado por amor para hacer de los hombres una misma familia bajo un mismo Padre. ¡Qué lejos aún estamos los cristianos de entender esto y más aún de vivirlo como reclama nuestra fe I.
Por esto, la insolidaridad, la exclusión de tantos hermanos, el individualismo, el egoísmo narcisista, el fraude, la lucha de intereses propios, la destrucción del ambiente, la esquilmación egoísta de los recursos, el olvido y la marginación, el olvido del hombre y el no poner a cada ser humano, cada persona, en el centro de nuestras atenciones, la negación o privación de la vida, el no respeto y cuidado de ella desde su concepción hasta su muerte, la prepotencia del fuerte y de los poderes de este mundo frente a la debilidad e indefensión del frágil o del que está sin fuerzas por el sufrimiento del hambre, de la enfermedad, del maltrato y tantas otras cosas y actitudes, rompen ese proyecto de Dios, que es el proyecto común de que todo hombre sea amado por sí mismo: un solo mundo, un solo hogar, una sola familia, una ciudad para todos, un gran techo común, una sola cosa entre todos los hombres y todos los pueblos. Una sola mesa compartida por todos y un pan de multitud, ese es el proyecto común, el que Dios ha tenido al hacernos hombres, seres con una absoluta y común dignidad, el que Dios ha reconstruido y renovado al redimirnos y rescatarnos en su Hijo Único y nuestro Hermano, Jesús.
«Manos Unidas», que nace desde las exigencias de la fe cristiana y quiere vivir y trabajar desde ella, apela a toda la sociedad para que compartamos de verdad, para que vivamos la verdad de nuestro ser de hombres que es lo que vemos en Jesús, compasivo y sanante del hombre necesitado y con toda su dignidad inviolable, y que es también el compartir y no cerrarnos a nuestros hermanos que pasan hambre, que sufren la miseria, que son victimas del egoísmo insolidario, que viven la opresión de la injusticia inflingida por sus propios hermanos, nosotros.
«Manos Unidas» para estrechar lazos, manos abiertas para compartir, manos generosas para tenderlas en ayuda, manos trabajadoras para hacer fructificar la tierra que dé pan para todos. De que entendamos y vivamos esto dependerá la vida de millones y millones de hombres y mujeres de los países del hambre y el futuro de las generaciones venideras de los países desarrollados. Sin esto estamos abocados a la muerte y a la desesperanza. «Manos Unidas» para hacer presente en medio de los hombres, a partir del encuentro con Jesús, de la oración, y de la Eucaristía, a Jesucristo, rostro de Dios que es Amor que lo apuesta todo por el hombre.
Es esto también lo que hemos visto y oído estos días atrás en la visita a España del Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado de la Santa Sede, el segundo en la Iglesia, colaborador inmediato y estrechísimo del Santo Padre, su principal portavoz y ejecutor de su ministerio junto a él. Sus diferentes encuentros con Obispos, con S. M. el Rey, con nuestros gobernantes, con periodistas, su discurso en la sede de la Conferencia Episcopal sobre los Derechos humanos a los sesenta años de la Declaración Universal de estos derechos humanos fundamentales en 1948, todo ello ha sido transparencia de la persona de Jesús, de su amor y pasión por el hombre, de la solicitud de la Iglesia, presencia de Cristo, por cada hombre y por todo el hombre desde que es gestado en el seno materno, especialmente por los más débiles. Hemos de dar gracias a Dios por esta visita de un Pastor de la Iglesia, vinculado con un vínculo muy especial y único en la Iglesia al Papa. Habríamos de adentrarnos en el mencionado discurso, leerlo, conocerlo a fondo, meditarlo, estudiarlo bien, difundirlo y aplicarlo; ése es el marco de nuestro comportamiento en nuestra sociedad; un discurso válido para todos, que abre un gran horizonte de esperanza de una sociedad nueva, de una humanidad nueva, de una nueva civilización. Prolongación y glosa del discurso que tuvo Benedicto XVI en la ONU el pasado año, constituye para todos una luz grande para enderezar nuestros pasos, los de todos, en el momento presente y en los años venideros; este discurso del cardenal Bertone, que no podemos separar de sus diversos encuentros, dirigido a todos, como propuesta que no imposición a nadie ni condena de nadie, ofrece el «sí» de Dios al hombre que se nos da de manera irrevocable en Jesucristo; ahí está el fundamento último de los derechos humanos fundamentales y universales, expresión de la verdad del hombre amado por Dios, cada uno, en su creación y redención. Ahí vuestros Obispos nos hemos visto confirmado en nuestras enseñanzas, porque lo único que pretendemos, haciéndonos todo para todos, sobre todo identificándonos con los débiles e indefensos, es mostrar, ofrecer, entregar y hacer participar el amor de Dios por el hombre, el Evangelio que no podemos callar, como vemos en el texto de san Pablo a los Corintios proclamado hoy. Ha sido una gracia esta visita, en todo su conjunto, precisamente en el momento crucial y difícil que atravesamos. Por eso también la unimos a la acción de gracias de la Eucaristía y a la eficacia de este sacrificio eucarístico, memorial del de la Cruz donde Él se da todo por todos para salvarnos y hacernos partícipes del amor de Dios que no tiene medida.
El Evangelio de Jesucristo, Jesucristo buena noticia que los hombres buscan, Dios con nosotros que es amor es el camino para la renovación de nuestro mundo en esta hora de crisis tan profunda, no sólo económica, sino del hombre, de los principios en que se asienta, de las bases para un comportamiento moral y de respeto a los derechos humanos fundamentales, universales e inalienables. Necesitamos abrirnos al Evangelio, el «sí» de Dios a todo hombre. Necesitamos un cambio hondo en nuestras actitudes, una renovación moral, unas nuevas relaciones entre los hombres y los pueblos, unas formas nuevas de situarnos ante el mundo y sus recursos. Es necesario vivir de manera más sobria, sencillamente para que no mueran de hambre y de miseria tantísimos millones de seres humanos. Es imprescindible consumir menos para compartir más, no malgastar sino aprovechar, abandonar tanto egoísmo narcisista para entregarnos de verdad a los demás. Necesitamos una renovación profunda; necesitamos que nuestra experiencia de Dios y de Jesucristo se fortalezca para anunciar el Evangelio; necesitamos acoger de nuevo el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, que vivamos de él, como el justo vive de la fe. De esta manera evangelizaremos y podremos aprender el arte de vivir como hombres nuevos con los que será posible una humanidad nueva.
El mundo necesita el Evangelio. Necesita a Jesucristo. No podemos quedarnos impasibles ante esa petición, a veces no consciente siquiera, que nos llega de los que padecen la quiebra de humanidad o el vacío del sin sentido, de los que sufren el desamor, injusticia u olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos. Una petición que nos grita a nosotros, los cristianos, aunque seamos flojos: ¡Avudadnos! Vivimos tiempos recios. Fácilmente nos lamentamos de ellos. Con una naturalidad pasmosa buscamos culpables o creemos que nada puede hacerse para cambiar la situación difícil, muy difícil, que atravesamos. Lo que en estos momentos está en juego es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo. Y esto es muy importante. No da lo mismo una cosa que otra. Este es el reto para nosotros los cristianos: que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios y con esperanza en la vida eterna; que los hombres crean en Jesucristo, le sigan y alcancen con El la felicidad, la verdad que nos hace libres, el amor que nos hace hermanos. Los cristianos no nos podemos cruzar de brazos. Nos sentimos urgidos a evangelizar: ése es el ineludible servicio que debemos ofrecer como manifestación de nuestra fe en Jesús, de su caridad y compasión por el hombre hasta el extremo. No podemos callar. Pero sólo podemos hablar si creemos: «Creí, por eso hablé». Hay que volver a comenzar. Hay que volver a evangelizar. Hay que vivir y anunciar el Evangelio en su realidad más radical y original y en sus contenidos fundamentales. Anunciar el Evangelio, como si nunca lo hubieran escuchado, en nuestras casas y hogares, a nuestros vecinos, a las personas con las que tratamos y convivimos, con las que trabajamos o compartimos tareas e ilusiones. Como en los primeros tiempos: el Evangelio en aquellos primeros tiempos cambió la sociedad, ese cambio se asentaba en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano, de la persona humana, que viene de la revelación en Jesucristo, y, también, en lo que después sería el reconocimiento y declaración universal de los derechos humanos. Por eso, hoy hemos de evangelizar, que tiene que ver con esos derechos humanos y con la erradicación del hambre en el mundo, como si fuese la primera vez que se anuncia a Jesucristo en el interior de un pueblo; con toda su fuerza de novedad y escándalo y con todo su inigualable atractivo; sin complejos, ni temores, con sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso; con audacia apostólica; con inmenso amor hacia todos. Y ese anuncio, desde la experiencia gozosa de fe que nos transforma interiormente y nos hace vivir con una entera confianza y esperanza en Dios que nos ama y nos apasiona por el hombre.
Esto es lo que nos muestra, por lo demás, el gran don de Dios a la Iglesia en estos tiempos, la personas, las actitudes, las obras, las palabras del Papa Benedicto XVI, que está siendo objeto en estos días de tantas críticas y sufriendo la cruz de la unidad. Mostremos nuestra cercanía total y plena hacia él. Oremos por él.

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