Cardenal Cañizares: «La Navidad nos invita a sentir la cercanía del amor de Dios»

canizares-torreciudad1El cardenal Antonio Cañizares, arzobispo de Toledo y nuevo prefecto de la Congregación del Culto Divino, ha escrito un mensaje navideño, que reporducimos a continuación y que, entre otras cosas, señala: «En Jesús, ese Niño pequeño y frágil que nace en Belén -«ciudad del pan»-, Dios se ha unido para siempre con nosotros, con cada uno de nosotros se ha implicado por libre gracia en nuestro favor, y se ha comprometido con nuestro destino. El amor de Dios a cada hombre no tiene vuelta atrás, es fiel sin condiciones, no se cambia por el gusto del momento o por la arbitrariedad de los intereses, es más fuerte que cualquier amenaza que se cierna sobre nosotros, se extiende a todos sin límites de ningún tipo.
A esto nos invitan estos días de Navidad: a sentir la cercanía del amor de Dios, a abrir de par en par nuestras puertas al Amor que llega a nosotros y lo inunda todo. Así será posible que surja en nuestro tiempo la «nueva civilización del amor». Acojamos al Amor sin límites ni condiciones; no nos cerremos a Él, y brotarán entre nosotros la paz y la alegría verdaderas. Con Él podremos hacer frente a las dificultades de la hora presente, se fortalecerá el amor al prójimo», siempre tan imprescindible, y el interés eficaz por él.

MENSAJE DE NAVIDAD 2008

Mons. Antonio Cañizares Llovera

Cardenal Arzobispo de Toledo
Primado de España
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

Queridos hermanos, queridos amigos:

Nunca me cansaré de repetir el mensaje que nos llega a todos cada año en la Navidad: «Dios ha venido a nosotros porque nos ama y espera nuestro amor. Dios es amor: no un amor sentimental, sino un amor que se ha hecho entrega total hasta el sacrificio de la cruz, comenzando por el nacimiento en la cueva de Belén» (Benedicto XVI).
Esta es la luz que ilumina todo, esto es lo que cambia el mundo. En ese hecho, centro de la historia humana, se nos ofrece la gran esperanza: ¡Ha surgido el hombre nuevo, ha nacido una humanidad nueva, amada por Dios irrevocablemente, rescatada y engrandecida por Él! ¡Dios, con todo su misterio inabarcable y con todo su poder de amor salvador, está muy cerca del hombre, a él se une! ¡Este es el «sí» de Dios al hombre, el más grande que se pueda dar al hombre! Ahí está la raíz y el fundamento del verdadero humanismo, ahí está su futuro.
En Jesús, ese Niño pequeño y frágil que nace en Belén -«ciudad del pan»-, Dios se ha unido para siempre con nosotros, con cada uno de nosotros se ha implicado por libre gracia en nuestro favor, y se ha comprometido con nuestro destino. El amor de Dios a cada hombre no tiene vuelta atrás, es fiel sin condiciones, no se cambia por el gusto del momento o por la arbitrariedad de los intereses, es más fuerte que cualquier amenaza que se cierna sobre nosotros, se extiende a todos sin límites de ningún tipo.
A esto nos invitan estos días de Navidad: a sentir la cercanía del amor de Dios, a abrir de par en par nuestras puertas al Amor que llega a nosotros y lo inunda todo. Así será posible que surja en nuestro tiempo la «nueva civilización del amor». Acojamos al Amor sin límites ni condiciones; no nos cerremos a Él, y brotarán entre nosotros la paz y la alegría verdaderas. Con Él podremos hacer frente a las dificultades de la hora presente, se fortalecerá el amor al prójimo, siempre tan imprescindible, y el interés eficaz por él.
No podemos ocultar los hondos, graves, problemas humanos y sociales que nos aquejan. La crisis económica, unida a otras crisis, seguramente de mayor calado, nos preocupan a todos. Surgen entre nosotros ámbitos de pobreza y de carencias de lo necesario, que se acumulan a los ya existentes, con todas las consecuencias anejas que no se nos ocultan. En estos días navideños se va a avivar o intensificar en no pocos la conciencia de desamparo y desesperanza porque han perdido su trabajo o porque no lo encuentran, o porque se ven forzados a cerrar sus pequeñas empresas, familiares en muchos casos, con los dramas que todo esto origina.
Más allá del aturdimiento del consumo absurdo y de la alienación de un ambiente artificial, despojado de toda hondura religiosa y humana derivada de ahí, y más allá de toda desesperanza, todos, pero sobre todo los cristianos, hemos de encontrar en el misterio verdadero de la Navidad las fuerzas necesarias para hacer de nuestra sociedad un hogar donde los hombres sintamos la cercanía del amor de Dios y comience a atisbarse el verdadero cambio que necesitamos acogiendo este Amor y edificando juntos, solidariamente, la casa común donde se viva la verdad y el realismo de este Amor.
Serán, sin duda, necesarias profundas reformas de la sociedad, nuevas formas de trabajo, cambios en las concepciones económicas vigentes, pero, sobre todo, es urgente y necesario un rearme moral -y no el relativismo y el permisivismo con el que se trata de «encantar» a las masas-; apremia el «sí» al hombre, a todo hombre que viene a este mundo, con el «sí» de Dios que es amor, amor y pasión por todo hombre, afirmación del hombre, solidaridad con el hombre, recuperación y fundamentación de la dignidad inviolable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, base imprescindible para los derechos humanos fundamentales y universales del hombre, «sí» a la vida, a la verdad que nos hace libres, a la Razón, al bien, a la familia en su verdad más genuina y auténtica que es piedra sillar en que se asienta el hombre y el futuro de la humanidad.
Para que todo esto sea posible, mis queridos amigos, es necesario abrirse a este «sí» de Dios con nuestro «sí» a Él, como vemos en la Virgen María, en la escena de la Anunciación -tan espléndidamente reflejada por la pintura de Fra Angélico-. Ahí se han abierto las puertas a la esperanza, y no se cierran sí seguimos abiertos al Amor, que es Dios. El futuro, también la solidaridad que tanto urge y apremia, pasan por la apertura a Dios y la superación de los laicismos radicales que son puertas cerradas y sin horizonte alguno para el hombre.
Invito a todos a la solidaridad real y verdadera, eficaz, que brota de lo que estos días celebramos. Apelo a la conciencia de todos para fortalecer la familia. No me detengo ahora en hablar de la familia. Hay algo que hacer en favor de ella que es inmediato y apremia. Estamos en Navidad, fiestas que congregan a las familias, fiestas alegres entorno al nacimiento de Jesús en Belén, el Salvador y la esperanza de los hombres, que trae la alegría y la paz al mundo, que trae a Dios a los hombres, con rostro humano, en el seno de una familia. Como cruel contrapunto a esta alegría, son muchas las familias que estos días sufren por el paro, por las estrecheces económicas y sus secuelas, los malos tratos en el hogar, el alcoholismo o la drogadicción, el divorcio o la separación, la enfermedad…
A pesar del desprecio frívolo por la familia de tanto «progresismo» inconsistente y suicida, ésta ha sostenido a muchos «náufragos» de la vida hasta ahora y seguirá sosteniéndolos en el futuro si no permanecemos en el empeño por debilitarla. Muchos son los que sin un puesto de trabajo o en otras situaciones de dolor y sufrimiento, o de quiebra humana y moral, han encontrado apoyo en sus familias. Todavía es la familia un reducto de fidelidad y cariño en un mundo cada vez más áspero y desabrigado. Ella es y seguirá siendo el trasunto de la manifestación de Dios, Amor hecho hombre en el seno de la familia, comunidad de amor y reflejo de Dios, amor y roca firme en que apoyarse.
La situación que viven hoy muchas familias con tantas dificultades y problemas necesitan nuestro apoyo, nuestra ayuda, nuestra cercanía. En este mensaje llamo a todos, a los cristianos y a todo hombre de buena voluntad, a ofrecer a las familias, con dificultades económicas o de otro orden, la ayuda que esté en nuestras manos, la cercanía, el apoyo, el afecto eficaz lleno de cariño y de aliento. Que las Caritas, diocesana, parroquiales, o interparroquiales, sigan volcándose prioritariamente con especial dedicación a atender a las familias. Y no olvidemos nunca que la familia debería merecer nuestra atención primordial en todo tiempo, aunque la cultura oficial o las ordenaciones de la sociedad, no lo hagan como se merece. Que nuestra diócesis se una a la celebración de la Eucaristía que reunirá a muchas familias procedentes de toda España, en Madrid, el día 28 de este mes, fiesta de la sagrada Familia.
Feliz y santa Navidad. Alegría, paz y bien en todos los hogares y a todos los hombres de buena voluntad, a los que ama el Señor.

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