Los obispos de Bilbao comentan la instrucción “Dignitas Personae”

mons-iceta-y-mons-blazquezLa Congregación para la Doctrina de la fe nos presenta un nuevo documento titulado Dignitas personae (la dignidad de la persona), coincidiendo con el vigésimo aniversario de la promulgación de la Instrucción Donum vitae, que trataba de. respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación.
A la luz de dicho documento, esta nueva Instrucción Dignitas personae afronta algunas cuestiones nuevas que conciernen no sólo a los médicos e investigadores, sino también son objeto de discusión en las Asambleas legislativas y que interesan a sectores cada vez más vastos de la opinión pública. El documento ha sido elaborado con el apoyo de la Pontificia Academia para la Vida y un gran número de expertos procedentes de todo el mundo.
El asunto fundamental que el documento nos presenta es la necesidad de reconocer a cada ser humano la dignidad personal que le es propia desde su concepción hasta la muerte natural. Desde el momento de la concepción, al ser humano se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho a la vida. Se trata de una verdad de carácter ontológico que debería estar en los fundamentos de todo orden jurídico. Por tanto, se debe excluir cualquier criterio de discriminación de la dignidad humana basados en el desarrollo biológico, psíquico, cultural o estado de salud de la persona.

El reconocimiento de dicha dignidad personal ha sido tutelado y promovido por una gran parte de científicos y filósofos que ven en la ciencia médica un servicio a la fragilidad del hombre, con independencia del momento vital en el que se encuentra. Pero también es posible constatar la presencia de una mentalidad eugenésica en miembros de la comunidad científica y del pensamiento filosófico, que pone en riesgo el respeto debido a la dignidad humana, principalmente en los estadíos iniciales de su recorrido vital.
Es una instrucción de carácter doctrinal, quiere contribuir a la formación de las conciencias, y va dirigida a los cristianos y a todos los que buscan sincera y apasionadamente la verdad. Propone principios y juicios morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, valiéndose de la razón y de la fe, contribuyendo de este modo a elaborar una visión integral del hombre y de su vocación. A este respecto es preciso señalar que la Iglesia no interviene en el ámbito de la ciencia médica como tal, sino que más bien pretende invitar a todos a actuar con responsabilidad ética y social. El valor ético de la ciencia biomédica se mide en referencia al respeto incondicional debido a cada ser humano, en todos los momentos de su existencia, y a la tutela de la especificidad de los actos personales que transmiten la vida.
Esta Instrucción trata de ofrecer una palabra de estímulo y confianza a la perspectiva cultural que ve la ciencia como un precioso servicio al bien integral de la vida y dignidad de cada ser humano. Desde esta perspectiva, Iglesia mira con esperanza la investigación científica y el progreso de la Medicina. La mirada de la Iglesia es una mirada positiva, llena de luz y de esperanza, porque la vida vencerá, somos servidores de la vida y proclamamos el Evangelio de la vida.
El Documento consta de tres partes. La primera parte examina los aspectos antropológicos, teológicos y éticos de la vida y la procreación humana. Considera positivo el avance del conocimiento de la vida humana y de los estadios iniciales de su existencia cuando sirven para superar o corregir patologías y ayudan a restablecer el desarrollo normal de los procesos generativos. En cambio, merecen un juicio ético negativo aquellos procedimientos que suponen la supresión de seres humanos, se valen de medios que lesionan la dignidad de la persona o se adoptan para fines contrarios al bien integral del hombre.
La Instrucción también hace referencia a la doctrina común de la Iglesia que afirma que el origen de la vida encuentra su hábitat apropiado en el matrimonio y la familia, donde es generada por medio de un acto que expresa el amor recíproco entre el hombre y la mujer. Así mismo, recuerda el principio teológico de que la Encarnación del Hijo de Dios confirmó la dignidad del cuerpo y del alma que constituyen el ser humano. Esta nueva dimensión de hijos en el Hijo eleva al hombre a un horizonte de vida más alto, que ese el propio de Dios, y permite reflexionar más adecuadamente sobre la vida humana y los actos que le dan existencia. De ello se deriva de que no existe contraposición entre la afirmación de la dignidad de la vida humana y el reconocimiento de su carácter sagrado. A partir de tales dos dimensiones, humana y divina, se comprende mejor el valor inviolable del hombre: posee una vocación eterna y está llamado a compartir el amor trinitario de Dios.
La segunda parte del Documento hace referencia a la valoración moral de los nuevos problemas que durante estos veinte años se han planteado con relación a la procreación. Se examina la moralidad de las técnicas de ayuda a la fertilidad, la fecundación artificial, la fecundación in vitro, la inyección intracitoplasmática de espermatozoides, la crioconservación de embriones, la problemática del destino de los embriones crioconservados que no son implantados, la crioconservación de óvulos en orden al proceso de procreación artificial, la reducción embrionaria, el diagnóstico preimplantatorio de los embriones y, por último, la utilización de los medios interceptivos y contragestativos.
La tercera parte está dedicada a la valoración moral de nuevas propuestas terapéuticas que comportan la manipulación del embrión o del patrimonio genético humano. En esta parte se examina la moralidad de la terapia génica, tanto de células somáticas como germinales, la clonación humana, la utilización de células “madre” tanto embrionarias como de adulto, los intentos de hibridación de óvulos animales con reprogramación de núcleos de células somáticas humanas, la experimentación con embriones o con material biológico de origen ilícito.

Por último, se recuerda que, frente a la acusación de que la enseñanza moral de la Iglesia contiene demasiadas prohibiciones, es preciso afirmar que tal enseñanza se funda en el reconocimiento y promoción de los dones que Dios ha concedido al hombre, tales como son la vida, el conocimiento, la libertad y el amor. El hombre está llamado a transformar la creación, ordenando sus recursos a favor de la dignidad y el bienestar de todos y cada uno de los hombres, siendo también el custodio de su valor e intrínseca belleza.
Pero en muchas ocasiones constatamos con tristeza que el hombre sigue abusando de su poder y capacidad generando distintas formas de injusta discriminación y opresión de los más débiles e indefensos: los ataques diarios contra la vida humana; la existencia de grandes zonas de pobreza donde los hombres mueren de hambre y enfermedades excluidos de recursos que otros países tienen en sobreabundancia; el desarrollo tecnológico e industrial que pone en riesgo el ecosistema; la utilización de la investigación con fines bélicos; las numerosas guerras que siguen dividiendo pueblos y culturas.
Así mismo, se reconoce que la historia de la humanidad manifiesta un progreso real en la comprensión y reconocimiento del valor y dignidad de cada persona, fundamento de los derechos e imperativos éticos con los que se intenta construir la sociedad humana. En nombre de tal promoción de la dignidad humana se prohíben conductas y estilos de vida que la contradicen: el racismo, la esclavitud, la discriminación injusta y marginación de mujeres, niños, enfermos, discapacitados. La legitimidad de cualquier prohibición se funda en la necesidad de tutelar un auténtico bien moral. En consonancia con tal promoción y tutela de la dignidad humana, esta Instrucción trata de reafirmar la dignidad y derechos fundamentales e inalienables de todo ser humano, incluso en las primeras etapas de su existencia, y de explicitar los requisitos de protección y respeto que el reconocimiento de tal dignidad exige a todos.
El Documento constituye una inestimable herramienta para reafirmar una vez más la dignidad de toda persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural, con independencia de su estado de salud, capacidades, cualidades, del estadío vital en que se encuentra, o cualquier otro tipo de consideración. Considera enormemente positivo el avance de la ciencia biomédica, siempre que sirva realmente a la promoción y tutela de la vida humana, principalmente de la débil y desprotegida. La Instrucción también alerta de situaciones y procedimientos en las que la técnica biomédica ejerza una ilícita tiranía sobre la persona humana o violente injustamente su inherente dignidad que debe ser siempre salvaguardada y promovida.
Estamos seguros de que esta Instrucción contribuirá a un adecuado desarrollo de la ciencia biomédica, previendo y evitando cualquier posible abuso o injusticia y dirigido siempre hacia la promoción u tutela del bien de toda persona.

Mons. Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta, Obispo Auxiliar

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