La Virgen de los Dolores


Mons. Gerado Melgar              Poniendo nuestra mirada atrás en nuestra niñez y en nuestros años más jó­venes, seguro que todos recordamos con gran ca­riño la fiesta del pueblo en honor a la Virgen o la romería al santuario mariano que, en un ambiente de hermandad auténtica, celebrábamos para honrar a la madre, la Virgen María bajo distintas advocaciones.

Sí es verdad que el aprecio y la valoración de la fe ha decaído también —por desgracia— entre nuestras gentes, porque el laicis­mo revestido de las más diversas máscaras: el materialismo atroz, el hedonismo a costa de lo que sea, el falso discurso de que sin Dios se es más libre, etc.; se ha ido infiltrando en nuestras más profundas raíces cristianas. Sin embargo, la devoción a la Virgen, su presencia en nuestros pueblos, en los santuarios marianos; sigue siendo una realidad viva y una devoción perenne ante la cual somos plenamente capaces de reac­cionar y de vivir llenos de emoción y devoción.

Son muchas las fiestas que se ce­lebran con verdadera devoción en nuestras parroquias a lo largo del año. El sábado celebramos a la Vir­gen con el título o la advocación de la Virgen de los Dolores.

Todas estas advocaciones y fies­tas a las que tenemos un cariño especial, y celebramos con una de­voción extraordinaria, tienen algo en común y muy importante: nos ponen en contacto con María la madre del Señor y madre nuestra, y nos hacen una llamada a reavi­var, renovar y fortalecer nuestra fe, porque en ella encontramos siempre un verdadero modelo de creyente.

La Virgen de los Dolores nos muestra a María como la mujer fuerte, la mujer que estuvo en todo momento siguiendo a Jesús en su pasión, la mujer que Cristo nos en­trega en la cruz para que sea nuestra madre y nos aliente y arrope en las dificultades que podamos tener no­sotros en la vida.

En el Evangelio de esta fiesta es­cuchamos cómo Jesús entrega a su madre al discípulo que estaba con ella a Juan: «Ahí tienes a tu hijo», y al discípulo le llama a que la re­ciba como madre: «Ahí tienes a tu madre».

Ella es nuestra madre, la que nos da ejemplo de fe, de entereza a pesar del dolor que sentía viendo morir a su hijo Jesús, que era todo inocencia y muere como el peor de los malhe­chores en la cruz.

Ella es modelo de cristiana para todos nosotros que nos enseña que cuando el dolor acuda a nuestra vida, hemos de vivirlo con este mismo ta­lante de fe, de esperanza, sabiendo que Dios está con nosotros y nos da la fuerza necesaria para vivirlo con esperanza.

Hoy, muchas personas que en otro tiempo cre­yeron y la fe fue importante para ellos, hoy la han dejado casi morir y necesitan volver a suscitarla, a dar­le vida, a resucitarla y que tenga el peso, el vigor y la fuerza que debe te­ner para que siga siendo una fe ver­daderamente viva.

María, con su ejemplo y, como madre de todos, entregada por Cristo en la cruz a la persona de san Juan, les pide que su fe sea algo más que un recuerdo hacia ella, que sea realmente algo vivo todos los días del año y de todos los años, un estilo de vida que traten de encar­nar y vivir en la suya. Y, para ello, les pide que le miren, que vuelva su mirada a la madre, porque en ella van a encontrar el verdadero mode­lo de vida creyente

Aprendamos de ella a vivir los momentos de dolor y sufrimiento acompañados de la mano de Dios, que nos acompaña siempre, que no nos deja solos en los momentos de dolor y dificultad.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

imprimir

bookmark icon

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies