Diada Nacional de Cataluña


Mons. Francesc Pardo i Artigas          El próximo martes celebramos la Diada Nacional. En Cataluña vivimos una situación compleja que comporta sufrimiento y, al mismo tiempo, esperanza.

El mandamiento de amar a los otros como exigencia evangélica incluye también el amor al propio país y a su gente, compartiendo sus alegrías, sufrimientos y esperanzas.

Los cristianos, como recomienda san Pablo, hemos de interesarnos por todo aquello que es respetable, justo, amable… por todo lo que es virtuoso y digno de elogio. Como ciudadanos, nos preocupamos siempre por el presente y el futuro de Cataluña, pero aún más en jornadas señaladas, como lo es la Diada Nacional.

Vivimos sentimientos de dolor y preocupación por los que están privados de libertad en prisión con unas acusaciones que gran parte de la ciudadanía rechaza; también por los que se han visto forzados, de una manera u otra, al exilio. No podemos olvidar el sufrimiento y la angustia de ellos mismos y de sus familiares.

Como cristianos, hemos de sentirnos siempre cercarnos a las personas que sufren, por ello en esta jornada hemos de sentirnos próximos a todos ellas, al margen de opciones políticas, por exigencias de nuestra fe y de las obras de misericordia.

Al mismo tiempo, también ha de preocuparnos la tensión que se vive, en determinadas situaciones, entre grupos de diversas opciones políticas en relación a España. Dicha tensión provoca enfrentamientos que dificultan la convivencia.

Hemos de ser conscientes de que nadie es propietario del país, y que el país no acoge una única cultura ni admite una única forma de amarlo. Es prioritario esforzarse en buscar el bien común por encima de la propia forma de pensar en el presente o el futuro, y por encima de cualquier estrategia. Concretamente, nos corresponde ser respetuosos, justos, amables con las personas y grupos que tienen opciones distintas en cuanto al presente y el futuro de Cataluña. Por ello es siempre necesario el discernimiento y un comportamiento pacificador y cívico.

El amor al propio país y la búsqueda de su mejora en todas las dimensiones no ha de convertirse en una actitud egoísta y cerrada. Al contrario, ha de ser una actitud que promueva la convicción de que también somos ciudadanos del mundo, con la voluntad de buscar la mejor forma de convivencia con los diversos pueblos de España y de más allá.

Tratemos bien a todas las personas: las más cercanas y las más alejadas de nosotros en razón de sus posiciones, talantes… tanto en las relaciones del ámbito familiar y vecinal como político. No hemos de responder a las descalificaciones con descalificaciones, sino valorar la pluralidad manteniendo el respeto mutuo. Es fundamental preservar la convivencia atendiendo la diferencia como necesario patrimonio colectivo. No rompamos lazos. Al contrario: en positivo, construyamos puentes de “comunión”, exigencia especial para nosotros, cristianos.

El amor a Cataluña se manifiesta por medio de diversas acciones, pero también por medio de la plegaria. Cada cual ha de actuar según sus propias convicciones y participar en aquellos actos que considere más adecuados, con la condición de que sean pacíficos y respeten los derechos de las personas.

Y también debemos orar por Cataluña. La plegaria no significa magnificar ninguna opción, sino confiar a Dios los hechos y situaciones que se viven y estar atentos a su Palabra. La plegaria es, por encima de todo, una actitud en el momento de afrontar alegrías, penas y preocupaciones. Y, desde esta experiencia, nos ayudará a vivir cada momento de nuestra vida, a iluminarla y confortarla.

 

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

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