“Yo amo tus mandatos porque te amo a ti Señor”


Mons. Rafael Zornoza                 Los cristianos, al hablar de los mandamientos y de la necesidad de adherirnos a ellos, hablamos de adherirnos una persona, Cristo, rostro de la misericordia de Dios que viene en nuestra búsqueda y podemos acoger en el amor. Cuando el apóstol Santiago habla de los mandamientos de Dios habla de la Palabra, como observábamos en la Segunda Lectura de este domingo (Cf. St 1,17-18. 21b-22.27). Los mandamientos de la ley de Dios son significativos para el hombre, porque hablan de su corazón: no son una norma extrínseca a sus necesidades y las del género humano.

La voluntad de Dios se expresa en la Palabra que es el mismo Dios, Cristo, el Verbo de Dios hecho carne por amor nuestro. Y dice: “aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros”. Aceptar la Palabra en el corazón hace que éste reviva, porque es una Palabra de vida. Y el Apóstol Santiago dice varias cosas que son muy profundas e importantes para nosotros. Primero, la necesidad de acoger la Palabra, porque acoger la Palabra de Dios es algo más que saberse los diez mandamientos de memoria. Es estar en sintonía con Dios. (Es lo que hacemos en la Santa Misa con las lecturas, que escuchamos e intentamos llevar al corazón, hacerlas vida; es lo que hacemos cuando meditamos el Evangelio – aquellos que por ejemplo tienen  en su mesita de noche unos Evangelios y cada noche leen un párrafo-, intentamos interiorizar, hablar con Dios, y Él responde). Es decir, entramos en la dinámica de la conversación con Dios.

Esto es muy importante porque Dios no es como el “Código de Circulación”, por utilizar un ejemplo simple. Dios no es un código, un libro, no ha venido a “vendernos” un libro para hacernos entrar en la ley. Dios es alguien que se dirige a mí y me ama, y por eso me habla, para entrar en conversación conmigo, y me comunica su sabiduría para vivir, el camino que me plenifica. Así realmente se ven de otra manera las cosas. No es como cuando uno llega a una pensión y lo primero que ve en su habitación es un cartel de normas de la casa, horas, comidas… No, sino que uno entra en una relación en la que las cosas se entienden y se expresan de otra manera.

Decíamos, primero, acoger la Palabra. Segundo, “llevadla a la práctica”, porque el que no la lleva a la práctica, se engaña a sí mismo. Es muy duro decir que alguien se engañe conscientemente, aunque puede suceder. Vamos a pensar que no es así. Pero si es cierto que una tentación permanente a lo largo de la historia de la Iglesia es que podemos aceptar la Palabra de Dios –-porque vivimos en una tradición cristiana, porque hemos aceptado la fe, porque nos sabemos los mandamientos de memoria, porque hemos recibido catequesis, porque vamos a misa— sin vivirlos ni asumirlos en la propia vida. Posiblemente lo que el mundo lleva peor de los cristianos es la incoherencia. No hay  que ser maniqueos, pues todos sabemos que estamos en proceso de conversión: ¡que más quisiéramos que aprendiendo el Evangelio lo empezáramos a vivir automáticamente! Este es el problema, que nada es automático, que se trata de una relación de amor transformadora, que debemos convertirnos, que el Señor llama a la conversión. Es evidente y somos conscientes de que somos pecadores. La Misa la comenzamos siempre pidiendo perdón de los pecados. Pero una cosa es mantenerse a la altura de esa voluntad de Dios por amor a Él, sabiendo que eso nos da vida, y otra cosa es prescindir habitualmente de su voluntad dejando que lo que impere en nosotros sean nuestros deseos carnales, pues finaliza la lectura del Apóstol con una exhortación a “no mancharse las manos con este mundo”, es decir, a no dejarse llevar por la mundanidad. Sin embargo antes dice que este es el culto que Dios quiere, la “religión pura”, y entonces cita a los profetas: “visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones”. Es decir, que vivir la voluntad de Dios, su ley, es vivir el mandato del amor que nos hace misericordiosos.

Es la justicia, el tercer aspecto que reseñamos. Esa coherencia nos dice que no solo se trata de ver qué me dice Dios en el Evangelio, sino que si Dios es amor, la experiencia en mi vida del amor debe llevarme al verdadero culto que cambia mi vida, y que nos sitúa en la verdad del amor. Aunque tengamos defectos, pecados, y tengamos que pedir perdón a Dios todos los días. Pero es distinto cuando esto se experimenta en una experiencia de relación de misericordia, de amor, de vida cristiana.

Y finalmente la exhortación llama a no dejarse llevar por la mundanidad. Decía antes que el criterio que tenía el pueblo elegido de lo que era la ley no es el que tenemos hoy. Hoy, queramos o no, aunque nos resulte lejano y no lo pensemos habitualmente, dependemos de una cultura muy marcada por Nietzsche, su ateísmo activo, y su repulsa de Dios y de todo lo que suponía una norma o una ley. Eso influyó en nuestra generación a partir sobre todo de la revolución del 68, que se marca como un hito de cambio de mentalidad social: esos eslóganes de “prohibido prohibir”. Hoy nadie se acuerda de eso seguramente. Y realmente tampoco tenemos el problema de caer en el rigorismo de hacer lo que esté mandado sin que el corazón lo sienta. Hoy lo vivimos de otra forma, muy opuesta, pero no por eso estamos libres de la mundanidad, todo lo contrario. Hoy decimos que “como no lo siento” no es verdadero y no lo hago. Eso supone vivir exclusivamente del sentimiento, lo cual es gravísimo, sobre todo cuando daña la fidelidad en las relaciones, también al matrimonio: “no, como ya no lo siento…”. Hoy nuestra repulsa a la ley se ampara en que nuestros sentimientos nos pueden pedir otra cosa. Claro, la ley no es sentimiento. La voluntad de Dios expresa el mayor de todos los sentimientos que es el amor de Dios, pero nos lleva a una coherencia de vida, porque el bien es bien y el mal es mal, y todo no es subjetivo, aunque vivamos en el imperio del deseo y de la subjetividad, donde parece que no hay brújula, ni bien ni mal. Esto no se casa con amar a Dios y hacer su voluntad, en la que se expresa el bien profundo del ser humano, y las consecuencias cuando no lo vivimos así son realmente desastrosas.

¿Vale la pena realmente ser cristiano y religioso, observar los mandamientos acoger a Cristo? ¡Pues claro que sí! Porque nos hace entender el camino de la vida, la verdad del ser humano, y alabar a Dios, es decir, abrirnos al amor de Dios que quiere ser amado, y que nos muestra cómo vivir. No es indiferente vivir de una manera o de otra, ni hacer el bien o el mal, ni para nosotros ni para la suerte del mundo, donde todo, especialmente en la sociedad global, tiene una repercusión.

¿Qué nos pide Dios? Ser fieles. Ser fieles a su amor, abrirnos a su amor, no dejarnos llevar por los engaños del mundo, vivir realmente preguntándole: ¿Señor qué quieres de mi?, ¿cuál es tu voluntad?, yo amo tus mandatos porque te amo a ti. En ese diálogo de amor con Él se descubre que el bien nos hace amar, ser felices y crecer. Pero es muy importante algo que pone significativamente de manifiesto en varias ocasiones el  Evangelio. Nos referimos a las ocasiones en la que Jesús critica a los maestros de la ley por hacer de la relación con Dios algo incumplible, lleno de tradiciones, ritos y fardos pesados e innecesarios: en una relación, y más en la relación con Dios, uno no puede dejarse llevar por la rutina, del pensar que ya me lo sé todo, que como me lo sé, yo lo hago todo. No. El amor necesita crecer, la vida cristiana aspira a una identificación con el Señor: “Es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Es lo que han hecho los santos. Es necesario, por tanto, el pecado y la conversión. “Dame, Señor, un corazón puro”, dice el Salmo.

Ese es el culto que Dios quiere, que nuestra vida crezca, llegue a su plenitud. Y la plenitud nos la da la comunión con Dios, donde su corazón se une al nuestro. Entrar en el corazón de Jesús, en su Sagrado Corazón, conocer sus sentimientos, lo que nos pide, lo que piensa, abrazar sus criterios, sus propuestas, su amor, incluso su pasión, nos hace responder verdaderamente al secreto de la vida con un camino de felicidad que empieza aquí y se culmina en la vida eterna.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

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