Cristo es fuerza y sabiduría


Mons. Julián Ruiz Martorell            Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.  San Pablo escribe en la Primera Carta a los Corintios: “los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,22-24).

Junto a nosotros encontramos a personas con actitud de búsqueda, abiertos a la trascendencia, pero que no terminan de dar el paso que les lleve a un encuentro fecundo con el Señor. Muchos visitantes de nuestras iglesias, con capacidad de asombro ante la belleza, y muchos peregrinos que transitan por las rutas espirituales más conocidas buscando paz, orientación, serenidad y sentido, adoptan alguna de estas actitudes que simplificamos en un puñado de rasgos.

1) Por una parte, están quienes sienten admiración por la persona de Jesús y conocen pasajes concretos de los evangelios, o de las cartas paulinas, o de los profetas, o saborean la armonía de los salmos o algún otro pasaje de la Sagrada Escritura. Y, en un momento determinado, solicitan signos. En ocasiones buscan certezas personales, puntos de anclaje para sus inseguridades. También desean evidencias científicas, rigores académicos, pruebas incontestables, demostraciones elocuentes. O milagros inmediatos, eficaces, cercanos. O recetas asombrosas, satisfactorias. O, sencillamente, que las teselas del mosaico de sus vidas o de la historia, encajen sin sobresaltos.

2) Por otra parte, hay personas que confunden la fe cristiana con un conocimiento arcano, esotérico, propio de personas selectas. Se conforman con una serie de razonamientos que presuntamente reconfortan e iluminan. Y terminan identificando la Palabra de Dios con unas fórmulas aprendidas de memoria, pero sin incidencia en la vida. Acumulan saberes, pero no saborean lo que recogen ni han aprendido a asimilar ni a compartir.

El testimonio cristiano se basa en el anuncio de un crucificado. Algunas personas son capaces de detenerse con asombro ante un crucifijo, pero solamente reconocen su valor histórico, artístico, ornamental, decorativo. Pueden pronunciar palabras eruditas, pueden escribir artículos especializados sobre los materiales, la confección, la datación histórica, pero en el crucifijo no ven al Crucificado. Les escandaliza o lo consideran una necedad. No llegan a entender la Pasión como pasión de amor.

San Pablo nos exhorta a mirar con detenimiento, a abrir nuestros ojos y nuestras entrañas. En Jesucristo crucificado tenemos la máxima expresión de la fuerza de Dios -que es la fuerza del amor-, y la suprema elocuencia de la sabiduría de Dios, el sabor y el saber que vienen de lo alto.

El Apóstol escribe a los cristianos de Roma: “Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, primero del judío, y también del griego” (Rom 1,16). El Evangelio, que es Jesucristo en persona anunciado, proclamado, celebrado y testimoniado, posee un potencial de vida. El anuncio del Evangelio tiene una dinámica impulsiva porque es fuente, es motor, es manantial. Y la fuerza de Dios salva a todo el que cree.

Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Fuerza para los débiles, para los entristecidos, para quienes transitan por senderos perdidos, para quienes buscan orientación, para quienes están cansados y desanimados. Sabiduría para quienes siguen caminando, para quienes no se conforman con recetas breves y frágiles que nada resuelven. Sabiduría que da espesor y sustancia al vivir de cada día, más allá de la superficialidad que nos caracteriza.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+  Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

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