Reflexiones


Mons. Braulio Rodríguez                Espectador cada día del transcurrir diario de la vida humana en el momento actual, le conviene a uno leer despacio a los que hablan de los verdaderos problemas del hombre y la mujer, elevándose por encima de la incertidumbre y la desconfianza que genera el contexto social, político y económico en el que está inmersa nuestra sociedad. Las dificultades de nuestro tiempo son evidentes y ciertamente no podemos esconderlas; por ejemplo, la incertidumbre, sobre todo en los jóvenes, que domina el panorama sociopolítico de España y de Europa. Los conocemos todos, además de los que venimos arrastrando desde hace décadas: persecuciones de cristianos y de otros hombres de otras religiones en Medio Oriente, en África; la persistente situación de injusticia que sufren los países del sur del planeta: la miseria hasta hacer morir a tantos y un largo etcétera.

Todos percibimos la urgencia de un cambio en la vida pública y que no veamos sólo una crisis económica o política – ¿quién cree en tantos programas de nuestros políticos? Habría que describir nuestra situación como de dolores de parto y transición. Términos muy adecuados, que recuerdan lo que decía Jesús cuando una mujer está en esa situación vital de da a luz. Sí, creo que es mejor hablar de dolores de parto, y no limitarse a hablar de crisis económico –financiera, no detenerse en las medidas técnicas. No se trata únicamente, pues, de problemas técnicos, vinculados al mal funcionamiento del sistema, sino más bien de un malestar más profundo, que implica todo un modo de concebir lo humano. Las políticas estrechas al uso no aportan la solución adecuada. ¿Cómo no ver que, sin una acción decidida y responsable a nivel ético y antropológico, ni siguiera al mercado mejor estructurado y garantizado resolverá los problemas?

En estos momentos de grave prueba, una vez más el peso de la persona humana quiere alzar su voz. Sin duda, porque no es posible huir de los dolores de parto; si no los asumimos, corremos el riesgo de quedar sometidos a ellos. Ante nosotros están, por ejemplo, dos preocupantes síntomas de que no se valora la dimensión humana del actual momento del parto: la crisis de la representación política y la ausencia de una gramática de lo humano que sea compartida por todos o la mayor parte de nosotros.

Por crisis de representación política, muchos autores entienden que hoy la política tiende a vivir sólo de sondeos políticos, de modo que se adopta un modelo cultural para el cual los deseos de emancipación “nuevos derechos”, dicen los políticos, y el éxito en la vida se corresponden con la búsqueda de gratificaciones inmediatas. De esta manera la relación entre derechos y deberes, base de las buenas leyes, no se corresponde: a derechos individuales que se exigen nada se quiere saber de los deberes correspondientes. Decía el Papa Francisco en un discurso al Consejo de Europa en 2014: “El concepto de derecho humano, que tiene en sí mismo un valor universal, queda sustituido por la idea de derecho individualista”.

Nuestros estilos de vida, por otro lado, son muy diferentes y distintos. Y hemos de aceptarlo. Pero, al vivir fragmentados en una infinidad de informaciones, conocimiento y saberes, nos olvidamos con frecuencia de los demás, como si no existiesen, incapaces de establecer relaciones entre pasado y futuro y entre aquellos que son diferentes entre sí. Así las cosas, ¡cuánto nos cuesta interpretar de modo unitario la realidad que somos y que vivimos! ¿El bien común? Nadie hace caso de él, ni de lo que nos une. Sí de lo que nos separa.

¿Tenemos que resignarnos a esta situación? No puede ser. El problema del sentido de la vida no está resuelto y es necesario solucionarlo. Fíjense en lo que dice Jesús: “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? (Mc 8, 36). He aquí de nuevo el problema del sentido de la vida en su forma más noble, la forma del don: ¿a quién estoy donando mi vida? Una buena pregunta para jóvenes, porque ellos, si no donan la vida saliendo de sí mismo, el tiempo se las roba. De ahí tanto despiste y tanta vida vacía en tantos jóvenes sin futuro. ¿Puede decir algo nuestra fe en este horizonte? Estoy seguro.

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

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