¿Qué nos pasa?


Mons. Julián Ruiz Martorell           Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.               La misión es apremiante. La tarea no nos permite poner las manos en el arado y mirar hacia atrás. No es el momento de descalificaciones ni de ajuste de cuentas. No podemos perder el tiempo en discusiones sobre nuestro pasado. La historia común nos pertenece con todas sus contradicciones y aciertos. Solamente el Señor pronunciará la palabra definitiva y todas las cosas adquirirán su justo valor.

No es reconfortante lamer las heridas y lamentar las cicatrices. Todos las tenemos. Las heridas, profundas o superficiales, forman parte de nuestra vida. El lamento, la desconfianza, la apatía, la falta de colaboración, el desinterés, la tristeza, el descontento, la insatisfacción forman parte de nuestro panorama cotidiano.

Tenemos recetas para todo. Conocemos todas las soluciones. Pero no estamos dispuestos a arrimar el hombro. Parece que el trabajo siempre le corresponde a los demás, a los “de arriba”, a “los otros”, a los “de abajo”. A cualquiera, menos a cada uno de nosotros.

No nos damos cuenta de que en la Iglesia no hay “arriba” y “abajo”, sino que caminamos codo con codo, y no a codazos, con la mirada puesta en el Señor, que es el único que está por encima de todos y ha aceptado hacerse camino y caminante para nosotros.

Estamos ante una etapa crucial en la que es decisiva e imprescindible la colaboración de todos los creyentes. Seglares, consagrados y sacerdotes compartimos una responsabilidad, y nos rodea una nube de testigos que esperan coherencia en nuestra vida y un anuncio gozoso capaz de dar razón de nuestra esperanza.

Estamos llamados a dar un testimonio que resulte creíble y convincente. ¿Quién se puede sentir atraído por el anuncio de Jesucristo si nuestras vidas contradicen lo que expresan nuestras palabras? ¿Quién considerará digno de crédito lo que anunciamos si dedicamos gran parte de nuestro tiempo a denigrarnos, a descalificarnos, a desconfiar los unos de los otros? ¿Cómo podemos mostrar a Jesús si no apreciamos más que obstáculos e inconvenientes y sembramos desconfianza?

El Espíritu Santo, que es la Persona Amor, es el único capaz de poner armonía y unidad allí donde hay discordia y recelo. Donde no está el Espíritu de Jesucristo aparecen la rutina, el discurso vacío, la piedad falsa y empalagosa, la desafección eclesial, la vanagloria, el afán de protagonismo y la crítica destructiva.

El Espíritu es Santo y santificador. Nos quiere santos de verdad. No con cara de estampita, sino santos recios, decididos, valientes, arriesgados, pobres de espíritu y limpios de corazón. San Pablo nos exhorta: “Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4,2-3).

El Espíritu Santo genera comunión entre nosotros. La comunión que el mundo espera y necesita. La comunión imprescindible para la misión. La comunión que es signo de un estilo de vida diferente. La comunión que es reflejo de la vida de Cristo actuando en nosotros. La comunión que es un regalo del Padre, una gracia que recibimos en el Hijo, un don que nos llega por el Espíritu.

La Iglesia no es un orden muerto, sino un Cuerpo vivo. No crecer es morir. Estamos llamados a crecer “hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud” (Ef 4,13).

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+  Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

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