Fiesta de Pentecostés y Apostolado Seglar


Card. Ricardo Blázquez            La palabra griega “pentecostés” significa quincuagésimo. La fiesta de Pentecostés tiene lugar el quincuagésimo día después de Pascua. Con Pentecostés concluye la cincuentena pascual, que había comenzado el domingo de la Resurrección del Señor. La Iglesia celebra en Pentecostés la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos en Jerusalén, marca el origen de la Iglesia y de la misión apostólica. Según la promesa de Jesús, recibieron la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra (cf. Act. 1, 8).

San Pedro evoca en el discurso pronunciado el día de Pentecostés el cumplimiento de la profecía de Joel según la cual derramaría el Señor su Espíritu Santo sobre “vuestros hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas” y profetizarán (cf. Act. 2, 17-18; Joel, 3, 1-2). Por la fe y el bautismo son hermanos en la comunidad cristiana los judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres insertados en Jesucristo (cf. Gál 3. 27-28; cf. Col.3, 9-11). La salvación de Dios en Jesucristo muerto y resucitado está abierta a todos los que invoquen el nombre del Señor (Act. 4, 11-12; Rom. 10, 9-17). No podemos encerrar en nuestros límites estrechos la amplitud universal del corazón de Dios.

Desde hace tiempo la fiesta de Pentecostés es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para recordar que todos en la Iglesia recibimos la dignidad cristiana como hijos de Dios y participamos en la misión evangelizadora. Nadie es imprescindible y nadie queda excluido; no hay privilegios ni discriminaciones.

La vocación cristiana es compartida por todos los que hemos sido iniciados por la fe y los sacramentos pascuales, es decir, por el bautismo, la confirmación y la eucaristía, para formar parte del nuevo pueblo de Dios. Son palabras del Concilio Vaticano II las siguientes: “El pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, su condición es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, habita el Espíritu Santo en sus corazones como en un templo. Su ley es el mandamiento nuevo del amor y tiene la misión de dilatar el Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 9).

La catequesis para preparar a los sacramentos de la iniciación cristiana es un servicio básico, que en estos meses culmina con las primeras comuniones y confirmaciones. La catequesis para la iniciación cristiana transmite la fe de la Iglesia, que no se puede reducir al aprendizaje de algunas fórmulas como “loritos”. Pero la catequesis tiene contenidos y memorizarlos inteligentemente es muy bueno. Esta catequesis inicia también a la oración, ya que fe y oración se implican mutuamente: La fe lleva a orar y la oración refuerza la fe. La catequesis para la iniciación debe ayudar a participar en la vida de la Iglesia como la familia de la fe; a su modo debe abrir a la misión evangelizadora y a la solicitud por los necesitados.

Las vocaciones al ministerio pastoral, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a vivir los consejos evangélicos en el mundo, a dedicar la vida al servicio de los pobres, a las misiones y organismos de caridad, suponen la común vocación cristiana, en que participamos por la iniciación.

Una de las vocaciones específicas es la vocación de los laicos o de los seglares, que desarrolla la constitución Lumen gentium en el capítulo IV, después de haber tratado el sentido y la misión de los obispos, presbíteros y diáconos, y antes de enseñar lo relacionado con la vida religiosa. Todas las vocaciones son preciosas, don de Dios al servicio de la Iglesia y de la humanidad. La llamada a la santidad es universal, no privativa de algunos cristianos, como ha subrayado el Papa Francisco en la Exhortación apostólica última. Pues bien, de los fieles cristianos laicos, de los que como cristianos viven el matrimonio y la familia, en la pluralidad de profesiones civiles, en la gestión de los asuntos temporales, en la educación, las actividades políticas y sociales, en la forma de vivir que tiene como luz, fermento y fuerza al espíritu Santo, dice el Concilio que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, 30).

La Conferencia Episcopal Española desea desde hace algún tiempo promover de nuevo y con un nuevo rostro la Acción Católica, que tuvo entre nosotros una historia muy rica hasta finales de los años sesenta, cuando por la conflictividad del momento histórico casi desapareció. Estamos ya en una situación pastoralmente serena para retomar con decisión y confianza lo que el Concilio enseñó acerca de la misma Acción Católica (cf. Apostolicam actuositatem, 20). Invito a las parroquias, y con particular énfasis a las que no tienen otras realidades eclesiales con amplia participación de los laicos, a que hagan lo posible para constituir “la Acción Católica que está formada por el laicado diocesano que vive en estrecha corresponsabilidad con los pastores” (Papa Francisco). Asume la Acción Católica la totalidad de la misión de la Iglesia en la Diócesis desde la parroquia. Hacemos nuestro el proyecto que la Conferencia Episcopal quiere relanzar en la hora presente de nuestra Iglesia.

No debemos olvidar que la fiesta de Pentecostés es celebrada con particular intensidad por “La Renovación Carismática”. Quiero agradecer y alentar también a quienes participan en este movimiento o en otros afines, que subrayan el toque especial del Espíritu, su acción en libertad y comunión, la espontaneidad orante, la valiente actividad misionera y el gozo espiritual. Los dones del Espíritu a la Iglesia (eso quiere decir la palabra “carisma”) los recibimos con gratitud, los acompañamos fraternalmente y reconocemos su espacio en la vida y la misión de la Iglesia.

Nos unamos todos en oración, junto con María, la madre de Jesús, para pedir insistentemente a Dios el Espíritu Santo prometido (cf.Act. 1, 14) ¡Qué con su venida nos renueve, nos pacifique, intensifique el ardor misionero y nos consuele en las pruebas y sufrimientos! ¡Ven, Espíritu Santo, ven!

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

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