Sobre el sacramento de la confirmación


Mons. Salvador Giménez          Tengo la costumbre de recibir en el Obispado los diversos grupos de jóvenes que tienen que recibir próximamente, en sus respectivas parroquias o colegios, el sacramento de la Confirmación. El objetivo se reduce al mutuo conocimiento, obispo y confirmandos, i el poder explicarles muy resumidamente en qué consiste la celebración, respondiendo también a sus preguntas.

Es un encuentro que siempre me resulta gratificante. Tras una hora y media de animada conversación con los confirmandos, siempre acabo contento de la experiencia. Por su modo de comportarse, por la espontaneidad de las cuestiones que plantean, por la atención que manifiestan y por las muestras de gratitud que expresan. Todo ello añadido a la aceptación explícita de su propia fe que, como comprenderán, es el aspecto más importante de ese momento.

Soy consciente de que de una sola reunión no se pueden extraer demasiadas conclusiones. Para la gran mayoría, el lugar es desconocido y hablan con alguien que han visto de lejos en alguna celebración parroquial, pero con quien nunca han intercambiado opinión alguna. Por ello, seguramente se muestran contenidos y evitan palabras o gestos molestos. Asisten acompañados de sus catequistas que, después de introducirlos en el diálogo, quedan expectantes i un poco preocupados ante alguna salida de tono que puede ser habitual en las sesiones semanales de preparación. Al final del encuentro pido la impresión de los catequistas y siempre es positiva, lo cual me produce satisfacción y agradecimiento.

Es mi deseo de hoy compartir con todas las comunidades cristianas estas mismas impresiones y, sobre todo, agradecer el esfuerzo que se hace en la preparación de los jóvenes para recibir los sacramentos. Porque toda la comunidad cristiana está sujeta a la responsabilidad de la iniciación en la fe de sus miembros. Es una obra de todos, aunque dejamos en manos de unos pocos catequistas la labor de concretar la maduración y el crecimiento de la fe de los jóvenes que acuden a las sesiones de catequesis.

Además del merecido agradecimiento, hace falta insistir en aquello que todos vosotros sabéis con relación a la transmisión de la fe: la responsabilidad y la alegría de dar a conocer al Señor. Sin temores, con libertad, ofreciendo motivos, señalando caminos, acompañando voluntades. No nos podemos permitir el desánimo ni hundirnos en el lamento. Necesitamos el coraje de los primeros cristianos que, tras escuchar a los Apóstoles, se reunían en comunidad para rezar, celebrar y compartir los bienes. También para enseñar a los nuevos e incorporarlos al proyecto de Jesús.

En este tiempo de tantos desafíos los pastores, obispo y sacerdotes deben mostrar una mayor entrega y dedicación a este servicio. Los catequistas deben manifestar mayor empuje en su formación y por el afán de convicción y atracción hacia Señor. Los padres deben insistir una y otra vez en la importancia de la fe para la vida y el futuro de los hijos; pido a Dios por ellos, para que no se cansen en ofrecer una auténtica formación cristiana a su gente, que vuelvan de nuevo a valorar la fe y la oración en el hogar. La familia en general debe arropar y empujar a sus miembros más jóvenes a acudir a la llamada de la catequesis.

Suena todo a deberes aunque no tiene porqué ser una carga pesada. Ha de convertirse en una tarea llena de gratificación cristiana, por haber cumplido con la obligación adquirida con nuestro bautismo y por el concreto servicio que hemos prestado a la Iglesia.

+Salvador Giménez,

Obispo de Lleida

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