El Resucitado es el crucificado


Mons. José Manuel Lorca             Escuchamos en la primera lectura de este domingo un relato de curación de los primeros discípulos de Jesús, poco después de la Resurrección. Ya estamos viendo cómo las palabras que les dijo el Señor, sobre la posibilidad de que ellos hagan obras prodigiosas, se están cumpliendo y con creces. Dice el texto que la gente se quedaba admirada y que San Pedro tomó la palabra para explicarles con qué autoridad hacían esto, con el poder del “nombre de Jesús”. Aprovecha San Pedro para abrirles los ojos acerca de quién era el que mataron en la cruz y que resucitó. Pedro les decía que el Resucitado era el crucificado y para que aprendieran de esta experiencia que sólo en el nombre de Jesús se pueden realizar prodigios, exhortar con autoridad al arrepentimiento y a la conversión para que les sean perdonados todos sus pecados. Es Jesucristo Resucitado el que actúa.

En aquellos momentos era importante que la gente se definiera, porque la predicación de Jesús y su misma Pasión fueron determinantes para que tuvieran criterio y dieran el paso adelante. Sin embargo, muchos seguían manteniendo un rechazo frontal, precisamente “los justos”, entre esos buenos había gente que era la legítima autoridad, los representantes de Dios. Estos “buenos” que condenaron a Jesús, han hecho de su manera de entender la religión valores absolutos y “cuando los hombres forjamos absolutos, acabamos crucificando al Absoluto”. Lo triste fue que Jesús en esos momentos dramáticos se quedó solo y abandonado. Pero Él nos dio ejemplo de fidelidad al Padre y de que en su desierto interior, mantuvo la confianza absoluta en Dios Padre. Esta es la lección práctica para nosotros, que desde el abandono aparente de Dios siempre se notan los brazos del Padre. Es el momento para pensar que en nuestra vida también tenemos muchos silencios de Dios, tinieblas en la oración, incomprensiones de la gente o situaciones en las que no nos vemos animados… Pues ahí está Jesús, nuestro modelo, el Señor fiel, que sabe permanecer. El Señor acepta ser derrotado por la ceguera humana, el Padre deja morir a su Hijo y no envía legiones de ángeles para reparar… Es como si Dios se dejase expulsar del mundo, de nuestras vidas. Dios, otra vez, se ha hecho presente en forma de debilidad. Jesús acepta que su entrega dolorosa sea condición para el hombre nuevo, para la nueva humanidad. Por haber sufrido puede ayudar.

De estos relatos pascuales de las apariciones de Jesús a sus discípulos, la actitud más sobresaliente es la alegría. Ya veis qué es lo que recogieron los primeros cristianos como herencia pascual. Se trata de una alegría que afecta a toda la persona. Nos toca en el centro mismo del ser y se irradia a la totalidad, por esto nos sobrecoge y nos deja sin palabras (Lc 24, 28-32; Jn 21, 1-4). Aquello fue tan fuerte que pudo ser transmitido. Nosotros vivimos la fe de aquella fuerte experiencia. Descubrieron quién era el Señor con el que convivieron y lo redescubrieron presente. Esa alegría fue tan grande que tendía, por su propia dinámica, a ser comunicada. Es una buena noticia destinada para todos, no se podía dejar de anunciar lo que se había visto y oído. En las comunidades pascuales no se tenía el síndrome del atardecer, sino el del amanecer, por eso salían contentos de haber merecido el ultraje, por nuestro Señor Jesucristo.

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