La fe es el faro que orienta la vida


Mons. Francisco Pérez              1.- Cuando os veía que llegabais a Javier, después de una larga caminata y peregrinación, me hacía esta pregunta: ¿Cuál es la razón de venir hasta aquí caminando a pie o utilizando otros medios? Y la respuesta era muy simple: Porque en el fondo todos creemos y admiramos la fe de San Francisco de Javier. Podrán darse otra razones tal vez más matizadas, pero a la postre si algo se admira en este Castillo es la experiencia de un joven que se decide ser misionero anunciando la Palabra de Dios a muchos que aún no le conocían. ¿Os habéis dado cuenta que muchos piensan que creer es algo del pasado? Ahora, afirman, sólo hay que creer en el hombre. Pero esto es tan absurdo e inutil que los resortes de nuestro interior no se sacian por mucho que se le predique que el hombre se basta por sí mismo. Se frustra y se desvanece por mirarse a sí mismo; se realiza como persona y se humaniza si tiene como protagonista a Dios mismo.

Cuando nos encontramos frágiles en nuestra fe, el mejor resorte es creer en el que cree. De lo contrario que “se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti” (Sal 136, 6). Los santos –así lo considera la Iglesia- son aquellos que creyendo nos ayudan a creer. Por eso hemos venido peregrinando a Javier. ¿Qué otro atractivo existe si no es el de contemplar la vida y entrega generosa de San Francisco de Javier por amor a Dios y a los hermanos? La fe es el faro que orienta la vida. La vida sin fe es como una noche sin luz

No tengamos complejo en mostrar nuestra fe, con sencillez y humildad; esa fe que nos alienta y fortalece en nuestro caminar por la vida. Hoy se realizan muchas conversiones al Señor, en personas que han llevado una vida disoluta y al margen de lo moral, y es tal la gracia que se recibe que deja -en el alma- una estela de Luz y Vida que nadie puede oscurecer o apagar. ¡Qué bien lo dice San Pablo! “Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo” (Ef 2,4-5). No hay riqueza mayor que la fe. Todo pasa y a grandes velocidades. Al final la luz de la fe, es decir, el amor de Dios permanece para siempre. Invirtamos bien nuestra vida. Tal y como hayamos vivido eso recibiremos. El proceso de la fe es un cambio de mentalidad puesto que conviene pasar de lo viejo que deja la fealdad del pecado a la belleza de la gracia. “Por lo tanto, ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2, 19).

La fe ha de cultivarse desde la niñez, son momentos muy importantes de siembra. Los padres tienen una gran responsabilidad a la hora de educar en el sentido transcendente y religioso. Los padres son los mejores custodios y de ellos depende la formación cristiana de sus hijos. Nadie puede usurpar el derecho de los padres; ellos ejercerán la obligación y deber que tienen sobre sus hijos. Las demás instituciones serán una ayuda pero nunca una sustitución de los padres. Y todo lo que se siembre en los niños y jóvenes en el tiempo que les toque vivir, será una luz que nadie podrá apagar. Por Jesucristo “vino la luz al mundo… y el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios” (Jn 3, 19-21).

Hay momentos en los que nos hemos encontrado con alguien que nos dice: “¿Para qué sirve enseñar a los hijos religión si ni siquiera tiene evaluación en la Escuela? Es mejor que aprendan otras materias más útiles”. Y la respuesta es muy sencilla: “Todos buscamos razones para orientar nuestra vida. El ámbito religioso es muy importante porque nos abre la mirada hacia realidades más transcendentes y es superior a la sola mirada de lo material”. Nos hacemos muchas preguntas existenciales y el sentido religioso nos pacifica y anima para vivir cada instante con un sentido de mayor sabiduría.

2.- Los santos nos animan para que no perdamos el horizonte. De ahí que hay unos pilares fundamentales sobre los que se sustenta la vida de fe: la oración en familia, el estudio de la doctrina católica y la vida según las enseñanzas de Jesús. Los santos han sustentado su vida sobre estos tres pilares. Hoy no podemos quedarnos inactivos en la nueva evangelización. Desde la familia hemos de vivir con más fortaleza el espíritu que Jesucristo nos infundió para anunciarlo con valentía a todos. Una familia si quiere estar unida necesita alimentarse de la fe que hace superar todos los obstáculos. Una familia alegre y gozosa se fragua en el amor entre los miembros de la misma. Una familia llena de vitalidad respeta la vida y abre las puertas a todo el que quiera participar en ella. Nada hay más bello en la naturaleza y en la sociedad que el amor de unos padres con sus hijos. Por eso hemos de defender a la familia puesto que es la única que sustenta a la sociedad como las células sustentan al cuerpo.

Jesucristo nos ha encomendado que hemos de enseñar a guardar todo cuanto nos ha mandado (Cfr. Mt 28, 20). “Es muy grande el premio que proporciona la observancia de los mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y más grande, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para su eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado” (San Roberto Belarmino, De ascensione mentis in Deum 1).

Las Javieradas han tenido como lema la pregunta de Jesús: “¿Qué buscáis?” (Jn 1, 38). Y lo que buscamos en la vida, si somos sabios, es todo lo contrario de lo que nos proponen el materialismo, el hedonismo y el pansexualismo. Nuestra búsqueda tiene una respuesta gratificante e impresionante: la cercanía de Dios que nos ama tanto o más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos. Tal vez se piensa que la fe nos separa de lo real y no es verdad. Es la máxima realidad porque todo se basa en aquello que será definitivo para siempre. Os invito a esta preciosa aventura que os hará felices. De modo especial a los jóvenes que buscáis fuentes de felicidad, pero ¡cuidado!, la fuente de felicidad auténtica y que no falla es Jesucristo.

Que la Virgen María y San Francisco de Javier nos ayuden a gustar y gozar de la misma fe que ellos tuvieron.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

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