Luz para mis pasos (II)


Mons. Celso Morga              Queridos fieles:           “Dios que habita una luz inaccesible (1Tm 6,16) ha querido comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por Él para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas” (Catecismo de la Iglesia católica, 52). San Pablo, en su carta a los Efesios, expone con una claridad y belleza insuperables la profundidad insondable del misterio de Cristo, como mediador y plenitud de toda la Revelación: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, por el amor…”( Ef 1, 3 y ss.).

Este designio salvador que Dios ha querido revelarnos, en su sabiduría y amor, ha ido desvelándose gradualmente, desde sus inicios hasta su plenitud en Cristo Jesús, “mediante acciones y palabras” (DV,2), íntimamente ligadas entre si y que mutuamente se esclarecen.

Podemos rastrear esa “pedagogía divina” a lo largo de toda la historia de la salvación. San Ireneo de Lyon, en un texto muy sugerente citado por el Catecismo de la Iglesia Católica nos habla de esa pedagogía divina como de un “habituarse” mutuo entre Dios y el hombre: “el Hijo Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre” (Ad Haer. 3,20; CIC 53).

Nuestra prioridad en este año es sencillamente esta: intentar abrir de nuevo plenamente a los hombres y mujeres de nuestra archidiócesis el acceso a Dios que nos habla, que se revela y nos comunica todo su amor infinito para que tengamos vida y la tengamos en abundancia hasta andar sobrados, como dice san Juan hablándonos de Jesús como Buen Pastor y puerta del redil (Jn, 10). El Concilio Vaticano II quiso poner a la Iglesia toda en la escucha devota y en la proclamación valiente (“parresia”) de la Palabra de Dios. El Sínodo sobre la Palabra de Dios del año 2010, que se plasmó en la Exhortación apostólica Verbum Domini, quiso verificar la puesta en práctica de las indicaciones conciliares y hacer frente a los nuevos desafíos que la actualidad continuamente nos plantea como creyentes en Jesucristo. Se nos pide ahora en nuestra archidiócesis, siguiendo también las indicaciones de nuestro Sínodo diocesano, retomar de nuevo este desafío: ser cada día más conscientes de que la Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios; que nace y vive de ella.

Ciertamente hay que reconocer que, también en nuestra archidiócesis, como en toda la Iglesia, ha aumentado la sensibilidad de nuestros fieles en relación a la Revelación cristiana, es decir, a la Sagrada Escritura y a la Tradición viva de la Iglesia. Agradecemos a Dios, a más de cincuenta años de su conclusión, el gran don del Concilio Vaticano II y, en concreto, de la Constitución dogmática Dei Verbum. Esta Constitución representa un hito en el camino eclesial por los grandes beneficios aportados por ella en el ámbito exegético, teológico, espiritual, pastoral y ecuménico.

¿De dónde nos vendrá el sustento y el vigor para seguir evangelizando, a pesar de los pesares, sino del poder y la fuerza de la Palabra de Dios? La Palabra de Dios, trasmitida por los Apóstoles e interpretada auténticamente por el Magisterio vivo de la Iglesia, constituye nuestro sustento diario y la fuente de nuestro vigor, nos da firmeza en la fe, alimenta nuestras almas, es la fuente siempre límpida y perenne de vida espiritual (cf DV 21). Por ello hemos de poner todos los medios a nuestro alcance para que todos los fieles de nuestra archidiócesis tengan fácil acceso a la Sagrada Escritura, para que adquieran «la ciencia sublime de Jesucristo» (Flp 3,8). En la Palabra de Dios, afirma el papa Francisco, «se hace patente el dinamismo de “salida”, que nos exige la evangelización en nuestros días. En el “id”, que debe resonar hoy en nuestros oídos y en nuestros corazones, de una forma fuerte y exigente, están presentes los desafíos y las situaciones humanas y sociales complicadas en las que hoy se mueve el anuncio del Evangelio» (EG,20). Por tanto, el Santo Padre nos pide discernir como comunidad eclesial diocesana cual es el camino concreto que el Señor nos está pidiendo para salir de la comodidad personal y pastoral y atrevernos a llegar a todas las periferias humanas y sociales complicadas que necesitan con urgencia la luz del Evangelio.

El Congreso previsto para este año sobre “Pastoral misionera” debe ser una oportunidad que el Señor nos ofrece para llevar a la práctica esta petición concreta y urgente de la Iglesia de nuestro tiempo.

+ Celso Morga

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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