“Cuaresma: camino de la alegría”


Mons. Leonardo Lemos          Hace unos días me encontré con uno de los muchos tuits del papa Francisco que me inspiró el título de esta reflexión, decía así: La vida cristiana es un camino, pero no un camino triste, sino alegre. Este pensamiento y otros muchos como este, breves, concisos, que no superan los 140 caracteres, los leen cerca de 33 millones de seguidores del Santo Padre[1]. La vida cristiana es un camino. No me cabe la menor duda que una de las metáforas que usamos los seres humanos para referirnos al ser y sentir de la vida cristiana es la del camino, y relacionada con ella, la del peregrino y la del caminante.

Los hijos e hijas de la Iglesia somos y nos sentimos peregrinos, pero ese camino no lo hacemos solos, sino juntos; el auténtico ideal del cristiano es caminar juntos en la misma dirección. A lo largo de los últimos meses hemos escuchado esta misma idea de una o de otra forma; y no sólo la hemos escuchado ¡incluso cantado!, sino que también la hemos leído muchas veces: ¡Caminar juntos!¡Caminar unidos!¡Estamos en Sínodo! Pues bien, ahora que iniciamos la Cuaresma, tiempo especial que apunta a la Pascua del Señor, la Iglesia Diocesana nos invita a que caminemos juntos hacia la Pascua, pero este caminar nuestro tiene un objetivo: ser una Iglesia samaritana y servidora de los pobres. Este deseo brota del lema que nos hemos propuesto en la Programación Pastoral Diocesana para este curso y que nos invitaba: Tened un corazón compasivo (1 Pe 3,8). Solo si luchamos por tener un corazón compasivo seremos capaces, como nos recuerda el papa Francisco en el mensaje cuaresmal para este año, de que no se hagan realidad en nuestros ambientes aquellas palabras de Jesús: Al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría (Mt. 24,12). Esta frase la pronuncia el Señor en el Monte de los Olivos, poco antes de comenzar su subida a Jerusalén para padecer y ser crucificado. ¡A causa de la maldad de la mayoría!

También hoy, Jesús nos puede recordar lo mismo a nosotros, que habitamos este mundo estructurado democráticamente; un mundo en donde tantas veces la mayoría impone sus criterios y, en ocasiones, esas formas de actuar no dejan entrever los sentimientos de un auténtico comportamiento samaritano (Lc 10, 29-37); curiosamente, no podemos olvidar que esta parábola nos la propone también Jesús en la subida a Jerusalén.

Desde esta perspectiva os invito a que nos hagamos esta pregunta: ¿Cómo podemos caminar juntos hacia la Pascua, siendo una Iglesia samaritana y servidora de los pobres?  La respuesta adecuada nos viene por medio de la Iglesia que, como Madre y Maestra, en este camino cuaresmal, nos ofrece – como nos recuerda el papa Francisco – los remedios para realizar ese proyecto cristiano: la oración, la limosna y el ayuno.         

Si durante esta Cuaresma revalorizamos más la oración personal y comunitaria nos daremos cuenta que en nuestro corazón brotarán los sentimientos de un buen samaritano. En este sentido, el Papa nos dice que dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo de Dios. La oración es ese dejarnos ver por Dios – descubrirnos tal como Él nos ve – y así, con un corazón lleno de sus mismos sentimientos, fascinados y transformados por la verdad del mismo Dios que nos ilumina de una forma nueva, podremos contemplar la realidad que nos rodea y, sobre todo a los demás que conviven con nosotros, con ojos nuevos, transfigurados: los ojos de un discípulo-misionero.

Otro de los remedios es la limosna que nos cura del egoísmo, nos libera de la avidez y de los malos deseos, tira por tierra los becerros de oro que tantas veces adoramos interiormente y, sobre todo, nos ayuda a descubrir que el otro es un hermano, y por eso nunca lo que tengo es solo mío. Pensemos en los rostros de los pobres que hoy nos rodean. El papa Francisco, en el mensaje para la Cuaresma de este año 2018, llega a afirmar que lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, “raíz de  todos los males” (1 Tim 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar el consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. En este mismo sentido, los Obispos españoles desean que abramos nuestros ojos para contemplar tantas pobrezas como hoy nos afectan y no pueden dejar insensible un corazón samaritano: la sociedad envejecida, las familias en crisis, las mujeres y los niños maltratados, la pobreza de los hombres y mujeres del mundo rural y del mar, la situación del paro que afecta a jóvenes y personas de mediana edad, los inmigrantes, los montes y los campos arrasados por el fuego, etc. Pero también nos ayudan a descubrir otras graves necesidades que nos aquejan, entre ellas nos señalan: el empobrecimiento espiritual[2]. Esta instrucción de nuestros pastores: Iglesia servidora de los pobres, será el texto inspirador de las charlas de formación para todos los agentes de pastoral de nuestra Iglesia particular, porque sólo a través del ejercicio solidario y caritativo mostraremos, de una forma elocuente, el auténtico rostro samaritano de la Iglesia.

Es bueno que en este tiempo cuaresmal, además de las pobrezas que sobresalen por su fuerte impacto social, algunas de las cuales ya las hemos mencionado, se nos recuerde que existen también aquellas, menos visibles, pero que están afectando gravemente el corazón de muchas personas y dejan su huella dolorosa en la sociedad. Pensemos en la indiferencia religiosa –a veces, incluso, el desprecio a lo más santo-, el olvido de Dios, el rechazo de la fe y de las costumbres cristianas multiseculares de nuestros pueblos. Ante esta realidad es bueno recordar aquel pensamiento del beato Pablo VI: El hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre[3].

La verdadera glorificación y deificación del hombre sólo se realiza si éste busca la gloria de Dios, y para ello, en este tiempo se nos invita a recuperar uno de los sacramentos que surgen, precisamente, de la Pascua del Resucitado. Me refiero al Sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación, de la Confesión, el Sacramento de la Misericordia, que por todos estos nombres se conoce. Debemos releer, con renovada fascinación, aquellas palabras pronunciadas por el Señor resucitado a sus Apóstoles, precisamente la tarde de Pascua: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20, 22-23). Prestemos atención a este Sacramento porque su oscurecimiento y su devaluación en los últimos años, en la vida de un buen número de fieles cristianos han llevado a un oscurecimiento de Dios, de su relación con nosotros y de la nuestra con él; cuando se quiebra esta relación surge el pecado.

Los últimos papas han sido claros a la hora de exponer esta doctrina; sin embargo, me atrevía a decir que el papa Francisco no sólo ha hablado con frecuencia del Sacramento de la Reconciliación, sino que él mismo nos ha dado ejemplo acercándose a un confesonario para vivir el misterio de la reconciliación ¡La imagen de un Papa, puesto de rodillas en un confesonario, ha sido más elocuente para la gente sencilla, que cualquier documento pontificio! De ahí que él mismo nos ha dicho: El Sacramento de la reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por eso se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre[4].

Desde aquí os invito a que durante este camino hacia la Pascua, tanto los sacerdotes como el resto de los fieles, nos esforcemos por acercarnos a este Sacramento y podamos vivir con gozo la perenne realidad de que el amor misericordioso de Dios es más fuerte que el pecado. En este sentido, en el mensaje del Papa para esta Cuaresma, vuelve a recordarnos la iniciativa de las “24 horas para el Señor”, que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística.

Por último, el Papa siguiendo la praxis que nos ofrece la tradición multisecular de la Iglesia, nos recomienda también el ayuno, una práctica ascética devaluada en el ámbito religioso pero que, paradójicamente, se vive con una amable exigencia dentro de todo ese ámbito tan complejo que se ha denominado con esa palabra extranjera, que ya forma parte habitual de nuestro vocabulario: fitness. Desde la perspectiva creyente, el ayuno del que nos habla Francisco es aquel que debilita nuestra violencia, nos desarma y constituye una importante ocasión para crecer. Además, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre y, por otra parte, el ayuno nos mantiene el espíritu despierto para estar más atentos al querer de Dios, a las necesidades de los hermanos y nos ayuda a fortalecer nuestra voluntad.

Durante esta peregrinación cuaresmal hacia la Pascua, contando con la ayuda de la oración, la limosna y el ayuno, sin olvidarnos de la lectura y contemplación de la Palabra de Dios, acudiendo con el corazón abierto al Sacramento de la Reconciliación y viviendo con mayor amor el encuentro eucarístico con el Señor Resucitado, realizaremos nuestro camino con un corazón compasivo y con las actitudes de un buen samaritano. No podemos pensar que la Cuaresma tenga sentido en sí misma y que terminada ésta ya no hay un más allá hacia donde podamos dirigirnos. Así como el camino no es la realidad definitiva para el peregrino, sino el cauce a través del cual vamos acercándonos a una meta determinada que da sentido y tono vital al camino mismo, así acontece con el tiempo cuaresmal, que encuentra su verdadero significado en cuanto que nos dirige a la Pascua.

Si así lo hacemos nos daremos cuenta que a medida que nos vamos acercando a la luz Pascual irá creciendo en nuestra existencia la alegría, ya que siempre, en el camino de la cruz brota y renace la verdadera alegría que hunde sus raíces en el misterio fecundo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, causa y fundamento de la alegría pascual y, por ende, de la auténtica alegría del cristiano.

+ Leonardo Lemos

Obispo de Ourense

 

[1] J. VICENTE BOO, Francisco. Píldoras para el alma. Sus mejores tuits, Barcelona 2017.

[2] Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción pastoral Iglesia, servidora de los pobres, (Ávila, 24 de abril de 2015) pp. 11-18.

[3] PABLO VI, Carta encíclica Populorum progressio, nº 42.

[4] FRANCISCO, Carta apostólica Misericordia el misera, (Ciudad del Vaticano 2016), nº 11.

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