Tiempo de cuaresma


Mons. Salvador Giménez          Seguramente será una impresión personal, pero hablar de la Cuaresma de nuevo me sitúa en una posición un tanto extraña. Por una parte, no quiero caer en una vacía repetición anual con los consiguientes y obligados consejos a los lectores u oyentes. Por otra, deseo insistir en la importancia que este tiempo tiene para un crecimiento armónico de la vida cristiana.

Quizás la extrañeza me viene de una observación puramente estadística y muy personal referida al comportamiento de muchos cristianos respecto a las grandes palabras que utilizamos durante estos días:   oración, limosna y ayuno. Su práctica nos conduce a una realidad esencial para nuestra propia vida como es la conversión. La banalización de su contenido por parte de algunos sectores cristianos parece manifiesta. Así mismo,se ha extendido el abandono de su ejercicio y el recurso a preguntas retóricas,como excusa para su no cumplimiento.Todo ello me obliga, como pastor de esta diócesis, a volver sobre este tema y a animar a todos a no tener miedo, y sí mucho coraje, en rezar, en ayunar y en compartir los bienes.

Muchas familias han prescindido de hecho de estas singulares y permanentes normas de la Iglesia, por considerarlas anticuadas o faltas de contenido. Ha faltado constancia para recordar su importancia y para vivirlas con gozo y con verdad. Otras han pretendido calificar dichas prácticas de infantiles, buscando alternativas de aparente hondura evangélica. Alguien todavía recuerda la facilidad con la que hace muchos años la propia Iglesia dispensaba del cumplimiento de las normas cuaresmales. Y otros muchos argumentos, oídos o dichos por nosotros mismos, que podríamos resumir en estas preguntas: ¿de qué sirve mi ayuno?, ¿por qué dedicar un tiempo a la oración y no dedicar el esfuerzo a la ayuda al prójimo?, ¿tiene sentido abstenerse de comer carne un determinado día de la semana?, ¿se corrigen con mi limosna los desequilibrios estructurales de nuestra sociedad?

La respuesta a tal número de preguntas no es sencilla. Todos debemos aplicar nuestros conocimientos a explicar el auténtico sentido de estas sencillas normas, intentando que la autenticidad y la radicalidad de la vida cristiana sean un compromiso de todos los que escuchamos las palabras de Jesucristo, de manera que tales preguntas sean una ocasión para profundizar en el servicio a los hermanos yno para acumular más dosis de egoísmo. Preguntad, pero no huyáis de vuestras obligaciones morales. Cuestionad comportamientos incoherentes, pero alertad en las propias exigencias. No banalicéis las normas de la Iglesia, más bien procurad extraer consecuencias ejemplares de la lectura del Evangelio o de la misma tradición eclesial. Sin duda esto os ayudará a crecer espiritualmente, y encontraréis el sentido de las cosas pequeñas que nos conducen a la radical conversión al Señor.

Termino aconsejando la lectura del mensaje para la Cuaresma que ha escrito el papa Francisco. Amplía los referentes antes aludidos y nos abre el horizonte a una comprensión más cabal de las orientaciones evangélicas. Se ha basado el Papa en una frase del evangelista Mateo: “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría” (24,12). Nos invita a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia, nos alerta de los falsos profetas, que ponen su interés en falsificar las actitudes básicas del cristiano, y nos pide, para resolver nuestros males, el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno. Es una gran lección para todos nosotros. Acaba proponiendo la iniciativa “24 horas para el Señor”, con la celebración del sacramento de la Reconciliación, que tendrá lugar el viernes 9 y el sábado, 10 de marzo.

+ Salvador Giménez,

Obispo de Lleida

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