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Mons. Atilano Rodríguez            Los miembros de la asociación de la Iglesia católica “Manos Unidas” nos invitan un año más a seguir plantando cara al hambre en el mundo para lograr que disminuya el número de hermanos esclavizados por la falta de alimentos y para reforzar el derecho de todos los seres humanos a la alimentación.

Las informaciones sobre la pobreza en el mundo, del año 2017, no son buenas. Según los datos facilitados por la FAO, en el año 2016, el número de personas hambrientas y desnutridas habría crecido hasta llegar a los 850 millones. Estos datos superan en casi 40 millones de personas las previsiones que se habían hecho durante el año 2015.

Según los expertos, entre las causas de este incremento de la pobreza, estaría el cambio climático y sus devastadoras consecuencias en los cultivos, la violencia que afecta a distintos países de la tierra con efectos destructivos sobre los más desfavorecidos, la emigración forzada de millones de personas como consecuencia de las guerras y de la falta de alimentos, y el despilfarro de comida por parte de los países más ricos. Como consecuencia de estas causas tan variadas, asistimos sin escandalizarnos a una vulneración del derecho de todo ser humano a la alimentación.

Aunque las cifras son poco esperanzadoras, no podemos caer en el fatalismo ni dejar de poner todos los medios a nuestro alcance para solucionar este gravísimo problema. Hemos de asumir que el hambre en el mundo es la consecuencia del egoísmo, del afán de poder, de la ambición y de los comportamientos injustos de personas concretas, de responsables políticos y de organizaciones sociales que, olvidando la voluntad de Dios sobre la creación, se comportan como si los bienes de la tierra fuesen sólo para ellos.

Como recordaba el papa Francisco en la sede del programa mundial de alimentos, el “consumismo nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano de alimentos, al cual ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de los meros datos económicos. Pero, nos hará bien recordar que el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre, del que tiene hambre”.

¿Qué podemos hacer ante esta realidad tan dolorosa y dramática para tantos hermanos? Pienso que, además de pedir al Señor que cambie los corazones de los que sólo piensan en sí mismos y en sus intereses, hemos de colaborar en la medida de nuestras posibilidades con los proyectos presentados por los miembros de Manos Unidas para que disminuya el número de pobres y hambrientos.

Además, deberíamos hacer un examen de conciencia para descubrir nuestras responsabilidades personales en estas desigualdades sociales, colaborando en la educación y sensibilización de nuestros semejantes para lograr que todos asumamos cambios de vida, si verdaderamente deseamos que el mundo cambie.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

 

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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