Pequeñas poderosas semillas (VIII)


Mons. Agustí Cortés              El poder eficaz para transformar el mundo está asociado normalmente a la riqueza de medios (económicos, materiales, técnicos), a la capacidad jurídica (el cargo, el puesto en el gobierno, instituciones), al número de votos en democracia (o poder del pueblo) a la categoría que otorga la fama (el mundo del espectáculo y del deporte), etc.

El acontecimiento de la Navidad y la fiesta de Epifanía y el Bautismo del Señor, no lo hemos podido vivir sino asumiendo un auténtico cúmulo de paradojas y contrastes. Estas paradojas y contrastes son inadmisibles para muchos, de manera que tratan de obviarlas eligiendo uno u otro aspecto, según la propia sensibilidad: normalmente elegimos el que nos es más consolador, como cuando convertimos la Navidad en algo dulzón o cuando la entendemos que significa simplemente el nacimiento de un líder que lleva adelante la causa de cambiar el mundo implantando su Reino…

Una de las grandes paradojas, que nos vienen a la cara nada más comenzar el Evangelio es que el Salvador del mundo, el Mesías universal, comienza su misión en el trato de un tú a tú personal, en encuentro individual insignificante desde el punto de vista estadístico… Más aún, insignificante desde el punto de vista de una estrategia de poder eficaz.

Todo es coherente con los primeros pasos de la Encarnación: de la omnipotencia de Dios a la humanidad sin gloria, del palacio de Herodes al desierto de Juan Bautista, de las clases influyentes y grupos organizados a la sencilla familia de Belén y Nazaret, de un buen programa de marketing a la conversación personal y la propuesta de convivencia en la propia casa… Finalmente, de la reafirmación y el progreso de la humanidad a dar la vida por todos…

Seguimos preguntándonos por la fecundidad de la Iglesia, su eficacia transformadora. En el fondo nos comparamos con los resultados de armas tan poderosas hoy como la tecnología informática, Internet, plataformas, etc. Y con todos los resultados cada vez más espectaculares de la técnica. Así nos admiramos de los miles de millones de toneladas de grano que se produce en el mundo con un mínimo esfuerzo, gracias a la técnica aplicada a la agricultura. Está muy lejos aquel momento en que el ser humano descubrió el efecto multiplicador de una sola semilla, que, convertida en un árbol, produce muchos frutos. Y el momento en que éstos, a su vez, se convirtieron en semillas de más árboles.

Pues bien, Jesús, según el Plan de Dios, siguió este último camino. Tenía en mente el gran campo de la humanidad, pero antes tuvo delante el pequeño campo del corazón de sus primeros discípulos. Si se nos permite la expresión, la “Encarnación y la Epifanía” se tenían que producir, antes que nada, en las personas de sus discípulos mediante el diálogo de acompañamiento, cercanía, convivencia, contagio, empatía, proximidad.

De hecho en aquellas primeras semillas, Pedro, Andrés, Felipe, Natanael, se daba el ansia, la expectación, el deseo vehemente, propio de la humanidad despierta, de encontrar el Salvador, como hemos meditado en Adviento. Y sobre ellos amaneció la Navidad y la Epifanía, con el anuncio, el dedo, el testimonio de Juan Bautista. Y como semillas incipientes y pequeñas comenzaron a crecer, se adentraron en el camino del seguimiento de Jesucristo, hasta madurar a través de momentos de luz y de sombra, hasta llegar a ser luces brillantes en la oscuridad del mundo, en quienes había prendido el Espíritu.

La fecundidad de nuestra Iglesia está en sus orígenes. Volver a ellos es nuestra constante tarea.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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