Alguien llama a tu casa. Jornada de las Migraciones


Mons. Francesc Pardo i Artigas          Este domingo celebramos la Jornada Mundial de las Migraciones. Todos somos conscientes del grave problema de las migraciones y de cómo éstas cambian, en ciertos aspectos, la fisonomía de nuestros países.

Las imágenes que a menudo nos llegan de los campos de refugiados, de quienes mueren intentando la travesía de nuestro mar para llegar a Europa, de quienes viajan en pateras y han de ser rescatados… nos conmueven. Sin embargo, no podemos olvidar la cantidad de personas que han llegado hasta nosotros y que siguen llamando a nuestras puertas en búsqueda de reconocimiento, trabajo, medios de vida dignos…

Ciertamente que las migraciones derivan de causas muy diversas. Hay quienes han de abandonar sus casas a causa de la guerra, de persecuciones, debido a la violencia, por situaciones políticas que hacen imposible la vida o que la ponen en peligro. Son éstos a los se debería acoger en calidad de refugiados con un estatuto especial reconocido internacionalmente.

Muchas de estas personas hoy malviven en campos de refugiados. Hay que tener en consideración también quienes han de emigrar por el escaso desarrollo de su país que les impide tener acceso a los recursos que les permitan llevar una vida digna. Todos buscan la posibilidad de mejoras para ellos y sus familias.

También es cierto que emigran jóvenes buscando trabajos de acuerdo con sus estudios y posibilidades dadas las facilidades que les ofrecen otros países, así como los profesionales que por intereses empresariales han de  desplazarse.

Igualmente, debemos fijarnos en  los inmigrantes que tenemos entre nosotros y que han tenido que dejar sus países de origen por múltiples razones.

Para nosotros la migración no es un mero concepto: se trata de seres humanos con sus respectivas peculiaridades, culturas y necesidades, vecinos y vecinas a quienes hay que amar.

Por ello, como pide el papa Francisco, hemos de acoger, proteger, promover e integrar.

Acoger

Políticamente, significa ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar legalmente y con seguridad en los países de destino. Cabe pensar en corredores humanitarios para los más vulnerables. Pero también son necesarias instituciones y personas de acogida para escuchar, hacerse cargo de cada situación, orientar, ofrecer propuestas. Y en el aspecto más individual, ello requiere una actitud de proximidad, no considerarlos extraños, sino hermanos.

Proteger

Reconocer y garantizar los derechos y la dignidad de todos aquellos que han buscado seguridad, posibilidades de una vida más digna, disponer de recursos para satisfacer sus necesidades y las de sus familias. Ciertamente que esta protección requiere medidas legales, pero también nos pide, a título más personal, una actitud de respeto y reconocer que los inmigrantes tienen derechos como nosotros, y así evitar la discriminación.

Promover

Hay que procurar el desarrollo humano integral de los inmigrantes para que puedan tener posibilidades de realizarse como personas. En este punto hay que valorar y potenciar todos los esfuerzos en la promoción de la inserción sociolaboral. Tiene mucha importancia garantizar a los más jóvenes el acceso a todos los niveles educativos. Igualmente ofrecer el aprendizaje del idioma del país de acogida para que puedan comprender y comunicarse.

Integrar

Todo cuanto se hace para que los inmigrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge es un enriquecimiento mutuo. No se trata de suprimir u olvidar su propia identidad, sino que con la riqueza de su identidad se integren en la sociedad y participen de la vida social y eclesial, si es el caso. Se trata de apostar por la cultura del encuentro.

Recordemos las palabras de Jesús: “Era forastero y me acogisteis”.

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

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