El Pan de la Palabra


Mons. José María Yanguas              Estos últimos tres domingos del año litúrgico nos ofrecen las tres parábolas de Jesús que el evangelista Mateo recoge en el capítulo 25. Estamos ante el quinto y último gran discurso de Jesús, el discurso escatológico, en el que habla de las cuestiones últimas de la vida y de la historia, con el gran fresco del juicio final que va a cerrar nuestro año litúrgico. Al ritmo del año litúrgico que toca a su fin, la Palabra de Dios nos ofrece la posibilidad de detenernos y reflexionar sobre el fin nuestro y de nuestra historia. Como sucede con los discípulos, Jesús también nos dice a nosotros que no nos preocupemos por el cuándo ni por el cómo va a acontecer ese final. Jesús ha anunciado un Dios que es Padre-Madre bueno que nos cobija en sus manos y nos ama como la mejor madre del mundo sabe hacerlo, y por tanto no hay lugar para el temor ante su llegada. A lo que nos invita el Señor es a estar vigilantes y preparados ante ese final que, por otra parte, es de plenitud y de alegría: ¡estamos invitados a la boda del Esposo! El Apocalipsis nos dirá que no solo estamos invitados a las bodas del Cordero con su esposa, sino que la esposa somos nosotros, la Iglesia convocada y bien dispuesta, formada por las vírgenes sensatas que han sido previsoras y han tomado su alcuza llena de aceite.

Precisamente con esta primera parábola de las diez vírgenes, Jesús nos invita a estar preparados, a no desperdiciar la vida, a buscar y desear participar en esa boda que ha iniciado su anuncio del Reino, pero que tarda en consumarse. La llegada del Esposo para los desposorios es segura, pero no se sabe exactamente cuándo sucederá tal cosa. Las amigas de la novia, las que forman parte de su comitiva, se disponen para ello. Son diez, mujeres todas, toman su lámpara, pues todas están invitadas, se duermen las diez en medio de la espera que se alarga… En todo son iguales, excepto en una cosa. Cinco de ellas se han preparado para la boda, han pensado antes qué podía suceder, y han cogido aceite en alcuzas para poder alimentar esa lámpara con la que iluminarse para poderse orientar en medio de la noche y de la espera. Éstas son sensatas, prudentes, sabias. Encarnan lo que dice el libro de la Sabiduría: la sabiduría “fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean”.

Estas cinco vírgenes “prudentes” (“pensar en la sabiduría es prudencia consumada”) realmente deseaban participar en la boda y para ello han pensado en ellos, han buscado todo lo necesario… Este aceite o deseo de Dios lo describe excepcionalmente el salmista hoy: “mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua…”.

Por esta razón, porque el deseo de Dios es muy personal, el salmista lo describe usando con frecuencia el pronombre posesivo de primera persona: mi alma, mi carne, toda mi vida, me acuerdo de ti, mi auxilio… Este deseo es el que las cinco vírgenes sensatas no pueden compartir con las necias, que no lo han cultivado. No es cuestión de insolidaridad o egoísmo, es cuestión de que es algo intransferible, personal.

Pero este aceite que las vírgenes llevan en la alcuza es algo más. Si leemos Mt 7,21ss: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?” Yo entonces les declararé: ´Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados.” El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente». Este texto nos aclara que el aceite que llevan estas vírgenes en su alcuza es la voluntad de Dios que han buscado realizar en su vida. Y la voluntad de un Dios que es misericordia es que todos seamos misericordiosos como Él. El aceite, pues, es el amor que hemos dado en la vida, y este amor que uno da también es personal e intransferible.

Al final del año litúrgico es una suerte poder escuchar esta lectura que nos hace pararnos y reflexionar para ver cómo está nuestra alcuza de aceite. Esa alcuza que tiene que alimentar la luz de nuestra vela o lámpara, esa que recibimos el día de nuestro bautismo y que se nos invitó a recibir y a acrecentar. Y se acrecienta precisamente cuando cultivamos el deseo de Dios, cuando anhelamos el encuentro con Él y cuando, en esa espera gozosa, amamos a los que tenemos a nuestro alrededor. Entonces, cuando nos llegue el momento de presentarnos ante Él, estaremos bien dispuestos y preparados.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

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