Pilar de Esperanza


Mons. Vicente Jiménez       Queridos diocesanos:         ¡Dios te salve, Reina y Madre, Virgen del Pilar! Con fe te veneramos; con amor te honramos; con esperanza acudimos a ti; te proclamamos bienaventurada.

Nos disponemos a celebrar un año más con fe y devoción las fiestas en honor de Nuestra Señora del Pilar. En la oración colecta del día de su fiesta pedimos: “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”. En los dos años anteriores he escrito sobre el Pilar de nuestra fe y de nuestro amor. En este año os invito a contemplar a Santa María del Pilar como Madre de la santa esperanza.

María desde su venida en carne mortal a Zaragoza es pilar de nuestra esperanza. Ella eligió a Zaragoza, a las orillas del Ebro, para fijar aquí su morada y nos dejó como signo de su presencia la sagrada columna, que ilumina el camino de nuestra
esperanza hacia Cristo.

El Concilio Vaticano II, en la conclusión de la Constitución dogmática Lumen
Gentium, afirma que la Santísima Virgen “en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor, precede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo” (LG 68).

La Iglesia, al considerar la función de María en la historia de la salvación, la llama con frecuencia “esperanza nuestra”. Así la invocamos en la “Salve Regina”, oración de solera hispana: “vida, dulzura, esperanza nuestra”. El libro del Eclesiástico hace un elogio a la Sabiduría, que la liturgia aplica a la Virgen María: “Yo soy la madre
del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza” (Eclo 24, 18).

La Virgen del Pilar, Madre de la santa esperanza, en el día grande de su fiesta y siempre nos remite a su Hijo Jesús y nos dice como a los sirvientes en las bodas de Caná : “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).

Renovación de la vida cristiana

Su Hijo Jesús nos dice que seamos sus testigos en esta hora del mundo y de la Iglesia. Ser testigos de Cristo exige reavivar nuestra identidad cristiana, fortalecer la comunión eclesial y encarnar en el mundo, con la ayuda y la fuerza del Espíritu Santo, el tesoro que supone la fe, ofreciéndolo con alegría, humildad y respeto a nuestra sociedad indiferente, con el anuncio valiente y decidido de la palabra, la
celebración gozosa y frecuente de los sacramentos y el testimonio de la caridad.

Queridos diocesanos: Tenemos que reavivar nuestro ser de cristianos, haciéndonos caer en la cuenta de que la fe es un tesoro que debemos apreciar y valorar, que no podemos esconder, sino que debemos anunciar y testimoniar sin miedos vergonzantes, sino con valentía y con gozo. Recobremos y acrecentemos el fervor, “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar con lágrimas […] Y ojalá que el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes y ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Papa Francisco, Evangelii gaudium 10).

Ministros y servidores de la esperanza

Vivimos en una época de decaimiento religioso generalizado, de secularización interna dentro de la propia Iglesia, de enfriamiento de la fe y de debilidad apostólica de nuestras comunidades cristianas. En nuestro entorno se percibe un gran desequilibrio entre el número de los que se consideran creyentes cristianos y el número de los que verdaderamente practican su fe. Son bastantes los que se consideran creyentes, pero no practicantes.

En esta situación, urge reavivar en el seno de nuestras comunidades cristianas el don de la fe, fortalecer los lazos de la comunión eclesial e intensificar la misión evangelizadora con el anuncio y el testimonio.

Necesitamos cuidar la esperanza y abrir los ojos a todas las realidades positivas y a los pequeños crecimientos de la semilla del Reino de Dios, para que los problemas o
las dificultades no nos agobien ni las nubes nos lleven a negar las estrellas.

Debemos ser ministros y servidores de la esperanza. Con la plegaria eucarística reza la comunidad reunida: “Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando” (V b). “Esta Iglesia vivificada por el Espíritu Santo,
resplandece como signo de unidad de todos los hombres, da testimonio de
tu amor en el mundo y abre a todos las puertas de la esperanza” (V d).

Queridos hermanos: las fiestas de la Virgen del Pilar, deben ser una ocasión propicia para promover una intensa renovación de nuestra vida cristiana personal, comunitaria y social en clave de esperanza. Como vuestro Arzobispo y Pastor os exhorto a todos los fieles a celebrar esta fiesta mayor de la Virgen del Pilar
como un momento fuerte de gracia, que nos conduzca a conocer más y mejor la Palabra de Dios, a celebrar bien los sacramentos como misterios de la fe y no como costumbre social, especialmente la Eucaristía del Domingo y la Penitencia, y a
comprometernos en el servicio de la caridad y de la solidaridad con nuestros hermanos, sobre todo, con los más pobres y necesitados.

Al acabar esta carta pastoral, os invito a rezar con una de las oraciones más antiguas: “Bajo tu amparo, nos acogemos, Santa Madre de Dios, no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. Amén.

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez

Arzobispo de Zaragoza

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