‘Faro esplendente y trono de Gloria’


Mons. Juan Jose Asenjo          Queridos hermanos y hermanas:   Escribo estas líneas en las vísperas de la fiesta de la Virgen del Pilar, que celebraremos el próximo jueves. Como todos sabemos, la veneración y el culto a la Virgen del Pilar son antiquísimos y están profundamente enraizados en el alma de nuestro pueblo. Lo atestiguan las numerosísimas peregrinaciones que llegan cada día al Pilar y el número de fieles que a cualquier hora del día, con gran fervor, están postrados ante  la imagen bendita de Nuestra Señora, o veneran la sagrada columna sobre la que se posaron los pies de la Santísima Virgen.

Efectivamente, nos refiere una multisecular tradición española que en los albores de la evangelización de nuestra patria por el apóstol Santiago, en medio de no pocas contradicciones y dificultades, la Virgen se apareció al Apóstol junto a la ribera del Ebro sobre una columna o pilar, lo confortó y prometió su maternal asistencia en toda la obra de evangelización que había comenzado. Desde entonces, como san Juan Pablo II recordara en 1982 en Zaragoza, el Pilar es considerado “símbolo de la fortaleza en la fe”. El Apóstol Santiago, confortado por María, reanudó con nuevo vigor la obra evangelizadora que tan profundas raíces ha echado primero en España y, después, en tantas naciones de América, fecundando su historia y su cultura y configurando su propia identidad.

La fiesta de la Virgen del Pilar es una excelente ocasión para pedir a Nuestra Señora que la fe y el impulso evangelizador que desde el principio ella alentó en Zaragoza, se renueven y fortalezcan en España, para que todos nosotros, sacerdotes, consagrados y laicos, sepamos ser testigos de Dios en el mundo, tanto más decididos y esperanzados cuanto mayores sean las dificultades con que nos encontramos. Es lo que pediremos al Señor en la oración colecta de esta fiesta: “Dios todopoderoso y eterno que en la gloriosa Madre de tu Hijo has concedido un amparo celestial a cuantos la invocan con la secular invocación del Pilar, concédenos, por su intercesión, fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”.

En la primera lectura de la Eucaristía en honor de la Virgen del Pilar, escucharemos el relato de la entronización del Arca de la Alianza en la ciudad de David. En su interior se guardaba la Palabra de Dios y las tablas de la ley. El Arca era considerada en el Antiguo Testamento como el trono de Dios y un lugar privilegiado de encuentro de Dios con su pueblo. La liturgia aplica esta lectura a la Virgen, porque ella es el Arca de la Nueva Alianza, el trono que alberga al Verbo en sus entrañas y el lugar de encuentro de los hijos de la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, con el Señor. Ella, la Virgen fiel, que escucha la palabra de Dios y la cumple, como escucharemos en el Evangelio de esta fiesta, nos muestra y nos lleva a Jesús. De ahí la importancia de la devoción y el amor a la Virgen. Dios quiera que ni una sola noche nos acostemos tranquilos sin haber tenido un detalle filial, tierno y entrañable con la Santísima Virgen.

La liturgia de esta fiesta aplica a la Virgen del Pilar aquello que el libro del Éxodo dice del pueblo de Israel durante su peregrinación por el desierto: el Señor marchaba a la cabeza de su pueblo, de día como columna de nube para indicarle el camino, de noche como columna de fuego para iluminarlo (Ex. 13,21). Por ello, Juan Pablo II nos dijo en Zaragoza: «Si, nosotros tenemos por guía una columna que acompaña al nuevo Israel, la Iglesia, (¼) la Virgen del Pilar es el “faro esplendente”, el “trono de gloria” que guía y fortalece nuestra fe”.

En esta fiesta honramos a la Virgen del Pilar y le pedimos que cada uno de nosotros permanezcamos firmes en la fe y seamos fieles a nuestras raíces cristianas. En la fiesta nacional de España, lo pedimos también para nuestra patria, tempranamente evangelizada gracias a la protección de la Virgen, que la devoción a Nuestra Señora siga siendo un signo distintivo de nuestra identidad colectiva. Le encomendamos también que aleje de nosotros los gérmenes de la división y mantenga la unidad de nuestros pueblos y regiones. Pedimos por los pobres, los parados y  los enfermos, por los que han perdido la fe o han abandonado la práctica religiosa, para que el testimonio de los creyentes les haga redescubrir en Jesucristo la única fuente de plenitud.

Le encomendamos a la Guardia Civil, que la tiene por patrona y que tan buenos servicios presta a nuestro pueblo, para que proteja y cuide de sus miembros. Finalmente, en el día de la Hispanidad, le pedimos que aliente la paz, la libertad, la justicia y el progreso de los pueblos hispánicos, especialmente de Venezuela, tan fuertemente castigada en los últimos años, para que encuentre el camino de la paz y la verdadera libertad.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan Jose Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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