Un nuevo curso


Mons. Enrique Benavent            El tiempo del verano no supone una paralización de la vida cristiana. El creyente que quiere mantener viva su fe sabe que no puede abandonar la oración, la práctica sacramental o la caridad. Tampoco la vida de la Iglesia se interrumpe, aunque las actividades propias de este tiempo tienen un carácter distinto, adaptado al ritmo propio de esta época del año. Si repasamos las actividades pastorales que se han organizado en nuestra diócesis durante estos meses, seguramente nos asombraremos: peregrinaciones, colonias y campamentos para niños y jóvenes, actividades con enfermos, retiros y ejercicios espirituales, etc…

Con el mes de septiembre todo vuelve poco a poco a la normalidad. Recuperamos el ritmo de trabajo, los escolares reemprenden el curso y también las parroquias y las distintas instituciones eclesiales programan las actividades ordinarias: catequesis, reuniones, etc…

Es importante que vivamos este momento con ilusión. En la vida de la Iglesia todas las actividades pueden convertirse en un momento de gracia: las que se realizan ordinariamente a lo largo del curso y las que se viven durante el tiempo del verano. Los sacerdotes, catequistas, voluntarios de las asociaciones de acción caritativa y social, miembros de los grups y movimientos eclesiales… Todos estamos llamados a afrontar con actitud positiva el nuevo curso. No olvidemos que en el testimonio de la fe, el cómo es tan importante como el contenido de lo que queremos transmitir. Por ello, quiero invitaros a todos los que colaboráis en la vida eclesial a vivir este momento con esperanza.

Somos conscientes de que el anuncio del Evangelio no es actualmente una tarea fácil. Pero el cristiano no puede dejarse vencer por las dificultades. Para superar la tentación del desánimo, que tantas veces nos puede sobrevenir, os quiero proponer una sencilla reflexión. El tiempo de la Iglesia es el tiempo de la siembra. Nuestro trabajo consiste en sembrar la semilla de la Palabra de Dios en el corazón de las personas. Nuestra misión no consiste en recoger los frutos, sino en anunciar el Evangelio. Los niños y jóvenes que participan en la catequesis; las familias que piden los sacramentos de la iniciación cristiana para sus hijos; los jóvenes y adultos que piden la confirmación o que quieren unir sus vidas en matrimonio; los enfermos y ancianos que visitamos en sus casas; las personas necesitadas que en se acercan a la Iglesia pidiendo ayuda… son una oportunidad para sembrar la semilla del Reino de Dios. Si al final del curso nos preguntamos por el fruto de nuestro esfuerzo, posiblemente nos desanimaremos, porque siempre conseguimos menos de lo que nos gustaría. Si vivimos nuestro compromiso con la humildad de quien sabe que es Dios quien hace fructificar la semilla; si a nuestro trabajo unimos la oración; si en lugar de fijarnos en el resultado nos preguntamos si hemos sembrado con amor, dejando todo lo demás en manos de Dios… viviremos nuestra misión con alegría y transmitiremos mejor la fe. No nos preguntemos nunca qué hemos conseguido, sino cómo hemos sembrado.

Que la esperanza nos acompañe en el curso que ahora comienza.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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