«Nosotros predicamos a Cristo crucificado»


Mons. Bernardo Álvarez                 «Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -sean judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor. 1,22-23).
De nuevo, con la llegada de septiembre, nos disponemos a celebrar la fiesta anual en honor del Santísimo Cristo de La Laguna. Una fiesta en la que, junto a las celebraciones propiamente religiosas, se desarrolla un amplio programa de actividades culturales, lúdicas y deportivas.

Todo ello nos va permitir desplegar una de las principales dimensiones del ser humano: Festejar aquellas realidades que tienen una especial significación en nuestra vida, poniendo de manifiesto lo mejor de nosotros mismos. Hacer fiesta nos enriquece, nos hacer crecer como personas y deja huella en nuestra vida. Pero, para ello, es fundamental la conexión o el vínculo entre las cosas que hacemos y aquello que celebramos. De lo contrario nos quedaríamos en la superficialidad de “la diversión por la diversión”.

¿Qué significa para nuestra vida celebrar una Fiesta en honor del Santísimo Cristo de La Laguna? ¿Qué tiene que ver con nosotros la imagen de un crucificado? ¿Qué hay que celebrar en el hecho de que alguien haya sido ejecutado en una cruz? ¿Es la fiesta de “una imagen”, o de Aquél a quien la imagen representa?

Cada 14 de septiembre, la Iglesia celebra en todo el mundo la Exaltación de la Santa Cruz. Una fiesta para honrar el instrumento de la victoria de Cristo. La cruz era un instrumento de suplicio y de muerte, pero, gracias al amor de Cristo, se ha convertido en instrumento de victoria y de salvación. Esta es verdaderamente la exaltación de la Cruz y nosotros debemos comprenderla así.

Es una gracia inmensa conocer y creer el misterio de la Cruz. Pero siempre necesitamos profundizar en la comprensión plena de su significado, porque la crucifixión de Cristo es la respuesta divina al misterio del mal, al misterio del sufrimiento. Y, ciertamente, es una respuesta desconcertante.

Muchas veces sentimos vivamente el escándalo del mal en el mundo y nos preguntamos: ¿Por qué Dios lo permite, por qué no detiene el mal? ¿Por qué deja que se difunda por todas partes y en tantas formas? Es una prueba para el alma ver el mal difundirse y que Dios, aparentemente, no hace nada, no interviene para impedir el dolor de los inocentes. Ciertamente resulta incomprensible. No es extraño que ante semejante planteamiento muchos se pregunten si realmente Dios existe.

¿Por qué, siendo bueno y poderoso, Dios no impide el mal y el sufrimiento de millones de personas? La clave de este misterio, la respuesta a este interrogante la encontramos en “Cristo crucificado”. Sí. En la contemplación profunda de una imagen, como la del Santísimo Cristo de La Laguna, estamos llamados a encontrar la sorprendente respuesta de Dios al problema del mal en el mundo.

A nosotros nos gusta imaginarnos a Dios ejerciendo su poder, como si de “un superman” se tratara. Deseamos que su actuación sea una victoria evidente, clara, triunfante, haciendo valer su poder y superioridad sobre todos, aniquilando a los malos y haciendo prevalecer el bien. Sin embargo, en Cristo Crucificado Dios nos muestra una victoria humilde y por el camino de la humillación: deja que el mal le aplaste, lo asume sobre sí mismo y acepta ser su víctima para vencerlo de raíz.

Es difícil aceptar semejante realidad. Pero, esto es lo que representa la imagen del Cristo de La Laguna. La imagen de Cristo Crucificado es una luz escondida, una luz interior, secreta. Vencer la muerte por medio de la muerte, vencer el dolor mediante el dolor, vencer el mal dejando que el mal te afecte personalmente, es un misterio verdaderamente profundo que sólo puede ser percibido por la fe: «Un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor. 1,23).

Los que creemos en Jesucristo, conocemos el secreto de este misterio, de esta extraordinaria humildad: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca”. En Cristo Crucificado contemplamos los efectos de la maldad, la imagen del sufrimiento y, al mismo tiempo, el remedio del sufrimiento y del mal, pues, ahí se manifiesta el gran amor con el cual Dios no ha amado. Es la fuerza del amor lo que hace que el sacrificio se convierta en fuerza de salvación. Debemos reconocer siempre este aspecto esencial. El misterio de Cristo Crucificado puede parecernos un misterio tenebroso si no reconocemos que se explica únicamente con la fuerza del amor. Ese amor procede de Dios, lo acepta el corazón de Cristo y se manifiesta en su sacrificio en la cruz.

Jesús dijo de sí mismo: «Yo soy el buen pastor […] Yo doy mi vida por las ovejas […] Nadie me arrebata la vida, yo la entrego libremente» (Jn 10, 14ss). Y, también, «no he venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20,28). Por su parte, San Pablo en su predicación no dejaba de afirmar que Cristo Jesús, “siendo Dios, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo” (Fil. 2,6-9), que por nosotros, “se hizo pobre, siendo rico” (2 Cor. 8,9) y que “se entregó en rescate por todos” (1Tim. 2,6).

Por tanto, “no es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI, al inicio del pontificado, 24 de abril 2005).

No resulta, por tanto, extraño que San Pablo, a pesar de las dificultades de la gente de su tiempo para comprender el misterio de la cruz de Cristo, se reafirme en su convicción: «nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -sean judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor. 1,22-23).

Por supuesto, él sabía que algo así nunca sería popular ni fácil de asimilar. Para sus oyentes de religión judía era una piedra de tropiezo, puesto que no podían concebir un Mesías crucificado, esto les parecía una contradicción absoluta. En cambio, para los gentiles (los de religión pagana) era una locura, les resultaba irracional e humillante, además de irrelevante. Pero a pesar del rechazo que constantemente recibía a su predicación, él no cambió por eso, y la razón estaba en que “Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios” para aquellos que creen. No hay otra manera en que el hombre pueda verse libre del dominio del mal y alcanzar la salvación, así que, a pesar de su impopularidad, la cruz de Cristo es el punto central del mensaje cristiano. No sólo predicamos a Cristo, sino Cristo crucificado, porque sin la cruz no hay evangelio, ni salvación para las personas.

Nosotros, una vez más, ante el Santísimo Cristo de la Laguna, reafirmamos nuestra fe y proclamamos: “Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo”. Sí. Cristo Crucificado tiene mucho que ver con nuestra vida, pues está clavado en la Cruz “por nosotros y por nuestra salvación”. Tanto nos amó Jesús que se entregó así mismo por nuestra salvación y desde la cruz nos dice constantemente: «El que tenga sed que venga a mí y beba» (Jn. 7,37).

La celebración de la Fiesta del Santísimo Cristo de La Laguna es una ocasión privilegiada para acercarnos a «sacar aguas con gozo de la fuente de la salvación» (Is.12,3), especialmente en el sacramento del perdón y en la comunión del Cuerpo de Cristo. Es lo que deseo para todos.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

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