El cuenco de arroz


Mons. Antonio Gómez              De vez en cuando caen en mis manos libros o cursos de ayuda personal, de cómo encontrar el propio yo, de equilibrios interiores o de caminos para la meditación o el silencio. La verdad es que cuando los leo me gustan sus obviedades y con una actitud ciertamente preocupada me encuentro reflejado, de alguna manera, en los déficit que plantea y las sencillas propuestas que aportan. Pero después de la primera y frágil lectura voy cayendo en la cuenta de los señuelos y las redes que te enredan y sin querer, como hipnotizado, te van llevando suavemente, como en una ensoñación a los campos del sosiego, la paz y la ataraxia.

Pero la vida no puede ser eso, una absolutización del egocentrismo: búsqueda insistente del silencio, imperiosos retiros en la naturaleza, desprendimiento total de lo sensitivo, huida de las tareas, conciencias unificadas, unidad en el vacío, y un largo etc. Al final, en mi estrechez de miras, me quedo con la sonoridad de las palabras y el ritmo de las pulsaciones de las frases que te enredan.

De joven, a finales de la década de los 70, hice un curso durante una semana titulado: “Meditación Trascendental Zen”, así, con toda las palabras. Lo impartía un religioso católico indio. La experiencia fue alucinante. Charlas, técnicas, nuevos rituales, ejercicios de respiración, mantras, y muchos intentos de vacío. En dos frases: huir de todo tipo de ansiedad y sufrimiento y búsqueda del maestro interior que llevo dentro.

Hoy día hay mucha gente, incluso católicos y consagrados, que siguen algunas de estas técnicas orientales o a algún tipo de maestro espiritual. Entre los famosos y el artisteo  se lleva mucho el budismo y el hinduismo “light”, creado esencialmente para los occidentales. Todos sus seguidores se podrían encerrar básicamente en una tipología: personas que tienen más que asegurado el cuenco de arroz y que además de poseer todo lo necesario, viven insatisfechos. Por eso siempre hay un maestro, con un nombre que suena a “takatamanda”, que les reconduce la vida por pingües beneficios. No es que el cobre directamente, no, no, son los cursos, los retiros en lugares privilegiados de la naturaleza, las comidas vegetarianas y macrobióticas, o los libros con pensamientos de autoayuda. Camina, respira, hazte consciente, medita, escucha los latidos de tu corazón, danza con el mundo, evita todo tipo de influencias, desnúdate de toda institución y pertenece a esta red de amor universal.

Me cuesta imaginar a unos padres de familia, que tienen que trabajar, educar y sacar adelante a sus hijos, o a un cura que tiene que alentar una comunidad, animar unos grupos o escuchar a tiempo y a destiempo a muchas personas, o aun monje que tiene que trabajar para vivir y orar para y por los demás, que busquen dejar su mente en blanco en búsqueda de su propio yo. Es más me parece egoísta y una manera narcisista de estar siempre en el candelero.

En cambio sí que creo que debemos parar en algunos momentos de la vida para servir más y mejor…, pero como en el Monte Tabor, después de decir: ¡qué bien se está aquí!, se nos exige un descenso a la realidad de todos, al lugar de la entrega y el servicio desinteresado. Pues tengo claro que lucho para ser habitado (jamás por el inconsistente vacío) y no quiero convertir mi fe en una teoría abstracta      que solo me comprometa conmigo mismo.  Y si busco el silencio, como dijo San Juan de la Cruz, el que recrea y enamora.

+ Antonio Gómez Cantero
Obispo de Teruel y Albarracín

imprimir
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestShare on RedditDigg this
bookmark icon

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies