Señor, enséñanos a orar


Mons. Gerardo Melgar           Las vacaciones son un tiempo propicio para que, lejos de las prisas cotidia­nas del curso, podamos dar a la oración la impor­tancia y el tiempo que se merece.

Una de las oraciones que más so­lemos hacer es la oración que el Se­ñor nos enseñó: el Padrenuestro, pero también podemos tener la sensación de que cuando rezamos la misma no le damos el verdadero sentido, ni nos damos verdadera cuenta del auténti­co significado de las palabras que en ella decimos.

Todos tendríamos que decirle al Señor como sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1). Este de­bería ser también nuestro ruego hoy al Señor porque:

  • Unos no saben dirigirse a Dios porque nadie les ha enseñado y Dios es para ellos un Dios del que pasan, y siguen otros dioses mundanos.
  • Otros rezamos mal porque lo hacemos teniendo en nuestra vida actitudes que se oponen a lo que Él nos pide.
  • Otros rezamos no para ajustar nuestra vida a las exigencias del Se­ñor, sino para convencer a Dios de lo que nosotros queremos.

Y el Señor nos va a decir, como dijo a sus discípulos: Cuando recéis decid: «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…» (Lc 11, 1 – 4; Mc 11)

El Padrenuestro es la oración que nos compromete a vivir el estilo pro­pio de Jesús en nuestra vida.

Llamamos a Dios Padre, el mejor padre, que nos ama, que se compa­dece de las miserias de los hombres; que es capaz de perdonar a sus hijos.

Le decimos: «Padre nuestro», es decir, que Dios es padre no solo mío, sino también de los demás y que, por lo mismo, somos hermanos de todos los hombres a los que tenemos que querer, ayudar y estar a su servicio.

Si le decimos «santificado sea tu nombre», no es solo un deseo sino un compromiso de hacer presente la santidad de Dios en nuestra vida, siendo nosotros también santos.

Cuando le decimos: «Venga a no­sotros tu reino», nos estamos com­prometiendo a hacer presente y cons­truir el Reino de Dios como reino de servicio, de amor, de justicia y de paz en este mundo.

Con la petición «hágase tu volun­tad en la tierra como en el cielo», le pe­dimos que nos ayude a ajustar nues­tra vida a la voluntad de Dios, como Cristo lo hizo en todo momento.

«Danos hoy nuestro pan de cada día», así le pedimos que no le falte a nadie el pan material con el que ali­mentarse; que desaparezca el ham­bre en el mundo; que nos dé el pan de su palabra que nos marca el cami­no que hemos de seguir para ser sus di s c í p u ­los, el pan de su cuer­po y de su sangre que alimente nuestra fe; y nos dé fuerza para ser verdaderos seguidores en medio de nuestro mundo.

«Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Le decimos que necesi­tamos su perdón y su misericordia, pero también nos comprometemos a perdonar nosotros a quienes nos ofendan.

«No nos dejes caer en la tenta­ción», porque nuestra vida está ro­deada de llamadas y tentaciones a vivir por otros caminos distintos de los del Señor.

Y «líbranos del mal». Que el Se­ñor nos libre de todos los males que nos rodean, males materiales, males como la enfermedad, etc., pero sobre todo que nos libre del mal por exce­lencia, que es el mal del pecado, de la separación de nuestra vida de Dios y de los hermanos, líbranos del mal.

Recemos muchas veces el Padre­nuestro pero, sobre todo, recémoslo siempre siendo conscientes de lo que pedimos y a lo que nos compromete la oración de Jesús.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

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