Mons. Gerardo Melgar El evangelio de este domingo nos recuerda que Cristo supera el Antiguo Testamento en todo, pero de manera especial referido a un tema tan importante como es el amor y el perdón a los demás.
Por eso, Cristo va a poner en contraste lo que se decía en el Antiguo Testamento y lo que Él nos manda a sus seguidores, sobre todo referido al amor y al perdón.
El amor es la enseña del discípulo de Cristo. Él nos ha dado un mandamiento nuevo: que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado y como él nos ha amado. Sabemos que ha sido hasta el final, hasta entregarse a la muerte por nosotros.
El amor lleva pareja otra actitud importante, que es la concreción de ese amor a los hermanos: el perdón. Por eso, Cristo va a decirnos claramente: «Habéis oído que se dijo ojo por ojo y diente por diente, pero yo os digo: No recurráis a la violencia contra los que os hagan daño, si alguno te abofetea en una mejilla, preséntale también la otra. Sabéis que os habían dicho “ama al prójimo y odia al enemigo”; pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen».
La razón para hacer y proceder así es que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Así nos muestra Jesús el verdadero rostro de Dios, que no es un Dios tirano y lejano, sino cercano y lleno de compasión con nosotros pecadores. Dios es, ante todo y sobre todo, el mejor de los padres que podemos imaginarnos y pensar. Es capaz de que se le conmuevan las entrañas ante las necesidades, miserias y pecados de los hombres.
Dios nos ama a pesar de nuestros pecados, Dios sigue a nuestro lado a pesar de que nosotros le ignoremos o nos olvidemos de Él. Por eso cristo pide para sus seguidores que imiten al Padre, sabiendo perdonar, sabiendo prestar la otra mejilla cuando alguien nos abofetee, que sepamos amar a los que no nos quieren bien, porque Dios así lo hace.
Jesús, desde su palabra, y sobre todo desde su testimonio, pues nunca nos pide algo que Él no viva, nos pide, como enseña de nuestra identidad de cristianos, un amor total a nuestros hermanos. Este amor lo tendremos que traducir tantas veces en perdón, en comprensión, en quitar importancia a los fallos de los demás.
El perdón es una de las exigencias del evangelio que más nos cuesta vivir y practicar. Es fácil que exijamos a los demás que nos perdonen, que nos comprendan, que sepan que somos débiles y fallamos, pero a nosotros nos cuesta poner la otra mejilla, nos cuesta perdonar, nos cuesta tratar con aquellos que sabemos que no nos quieren bien.
El perdón es algo que nos cuesta vivir y ponen en práctica, precisamente porque los fallos de los demás los tenemos presentes todos los días y muy cerca de nosotros, y continuamente se nos está urgiendo a saber querer, a saber perdonar a aquellos que nos ofenden, precisamente porque quienes nos ofenden no son precisamente los de lejos, sino los de cerca, los de nuestra propia familia, nuestros amigos, los compañeros de trabajo, nuestros vecinos.
Es a ellos y en todos los momentos a los que se nos pide que perdonemos, que disculpemos, que les queramos positivamente a pesar de que descubramos en ellos actitudes que no nos gustan y que podemos censurar. El amor se concreta siempre en el perdón de los de los demás cuando nos hacen algo que no nos gusta. Si no somos capaces de perdonar, no podemos decir que amamos a los hermanos. El perdón es la concreción y explicitación del amor.
Si queremos ser de verdad discípulos de Cristo, debemos saber perdonar a quien no nos quiere bien, a quien nos ofende, a quien no nos perdona a nosotros.
+ Gerardo Melgar
Obispo de Ciudad Real