Mons. Atilano Rodríguez Una mirada a nuestro mundo nos permite descubrir muchas buenas acciones en favor de los demás, pero también nos ofrece el horror de la guerra, la violencia y los enfrentamientos entre hermanos en muchos rincones de la tierra. El pernicioso individualismo, nacido del olvido de Dios, del fanatismo y de la búsqueda de los propios intereses, divide a los miembros de la familia humana y condiciona la consecución de la verdadera fraternidad entre los hijos de un mismo Padre.

Estos frecuentes enfrentamientos, provocados por la envidia y los celos, se detectan con cierta frecuencia en las relaciones familiares, en las actividades laborales y en la convivencia social. Cuando miramos a nuestros semejantes como si nosotros fuésemos superiores a ellos, resulta muy difícil reconocer sus cualidades y valores. Aireamos sus errores y no permitimos que nadie pueda cuestionar nuestras decisiones y propuestas.

Pero estas divisiones y enfrentamientos no sólo se producen en las relaciones sociales y en la convivencia familiar. También surgen con cierta frecuencia en el seno de la Iglesia. Arrastrados por los criterios culturales del momento y dominados por planteamientos ideológicos, muchos bautizados pretenden eliminar a quienes se interpongan en su búsqueda del poder o no estén de acuerdo con sus propuestas pastorales.

Estos bautizados, en vez de ofrecer un testimonio de comunión fraterna, como expresión de la comunión trinitaria y como condición necesaria para el anuncio del Evangelio, actúan desde un individualismo estéril y viven incapacitados para la misión. Para superar estas divisiones es preciso centrar nuevamente la vida en Jesucristo y salir al encuentro de nuestros semejantes, especialmente de los pobres y necesitados.

El papa Francisco, al contemplar estos enfrentamientos en las relaciones eclesiales, manifiesta su profundo dolor por el daño que estos comportamientos producen en los hermanos y en la acción evangelizadora de la Iglesia. Dice él: “Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas” (EG 100).

Jesús nos invita constantemente a la conversión personal y comunitaria para actuar en el mundo como discípulos misioneros. Esto quiere decir que, para dar pasos seguros en el camino de la evangelización, deberíamos examinar antes si vivimos con gozo nuestra pertenencia a la Iglesia o, por el contrario, nos dejamos dominar y conducir por los planteamientos ideológicos de algunos grupos sociales y eclesiales que se consideran diferentes y especiales.

Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir el verdadero sentido del mandamiento del amor para vivirlo en las relaciones diarias con nuestros semejantes. El amor cristiano, derramado en nuestros corazones por la acción del Espíritu Santo, nos hace mucho bien, nos impulsa a dar testimonio del verdadero Dios y nos mueve a entregar la vida a los hermanos por amor. Pidamos a Dios nuestro Padre por aquellos que no son nuestros amigos o que nos irritan con su conducta; hagamos el bien a todos y no permitamos que nos roben el ideal del amor.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez,
Obispo de Sigüenza-Guadalajara