“Vivir la alegría del amor en la familia”, lema para la Jornada de la Sagrada Familia 2016


La Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida, dentro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, ha editado los materiales para la Jornada de la Sagrada Familia, que se celebra el 30 de diciembre de 2016.

Este año se ha elegido el lema Vivir la alegría del amor en la familia”. En este sentido, los obispos de la Subcomisión recuerdan que “la alegría del Evangelio se refleja en la alegría del amor que se vive y se aprende de modo eminente en la familia”.

En la nota que los Obispos de la Subcomisión firman para la Jornada se cita hasta en diez ocasiones Amoris laetitia, la segunda exhortación apostólica post-sinodal del Papa Francisco, firmada el día 19 de marzo de 2016. En su escrito, además, los Obispos reconocen los desafíos a los que debe enfrentarse la familia en una “cultura actual marcada por lo provisorio”, y mencionan también algunas dificultades sociales que padece, pero animan a que estas realidades se conviertan “para la familia cristiana y para la Iglesia en una oportunidad nueva, de tal forma que la propia familia encuentra en ellos un estímulo para fortalecerse y crecer como comunidad de vida y amor que engendra vida y esperanza en la sociedad”.

Nota de los Obispos para la Jornada de la Sagrada Familia 2016

Este año el papa Francisco ha regalado a su Iglesia la exhortación apostólica Amoris laetitia, fruto de los dos Sínodos, donde nos invita a todos los cristianos a cuidar el matrimonio y la familia. En ella, el papa nos impulsa a proponer de un modo renovado e ilusionante la vocación al matrimonio y a mostrar la belleza, verdad y bien de la realidad matrimonial y familiar como un don de Dios, como una respuesta a una vocación excelente.

La cultura de lo provisional

Nuestra cultura actual está marcada por lo provisorio: «Me refiero -dice el papa-, por ejemplo, a la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente. Se traslada a las relaciones afectivas lo que sucede con un modo de proceder con los objetos y el medio ambiente, lamentablemente demasiado extendido: todo es descartable, cada uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha y estruja mientras sirva. Después, ¡adiós!» (AL, n. 39).

También está marcada por dificultades sociales, como puede ser la falta de una vivienda digna o adecuada; por la falta de derechos de los niños(1); por la necesidad de mejorar la conciliación laboral y familiar(2) ; por la dificultad de apreciar el don inmenso que supone toda vida humana(3) ; por la búsqueda obsesiva de placer(4) ; por la necesidad de hacer del tiempo de los esposos un tiempo de calidad para escucharse uno al otro con paciencia y atención y dialogar, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba.

La familia como horizonte de esperanza

Ahora bien, estos desafíos, lejos de constituir obstáculos insalvables, se convierten para la familia cristiana y para la Iglesia en una oportunidad nueva, de tal forma que la propia familia encuentra en ellos un estímulo para fortalecerse y crecer como comunidad de vida y amor que engendra vida y esperanza en la sociedad. El amor esponsal que crece y se desarrolla en la familia es tan fecundo que está llamado a superar sus propios confines: «El pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos» (AL, n. 187). El amor siempre tiende a expandirse, a cuidar de aquellos que se encuentran alrededor; nos impulsa a salir de nosotros mismos para generar una cultura del encuentro, superando «el individualismo de estos tiempos que a veces lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro molesto» (AL, n. 187). Este mismo amor esponsal sobrepasa los límites de la propia carne para acoger en el seno de la familia a quienes corren el riesgo de ser descartados o caer en las orillas de la marginación y la exclusión: «Esta familia grande debería integrar con mucho amor a las madres adolescentes, a los niños sin padres, a las mujeres solas que deben llevar adelante la educación de sus hijos, a las personas con alguna discapacidad que requieren mucho afecto y cercanía, a los jóvenes que luchan contra una adicción, a los solteros, separados o viudos que sufren la soledad, a los ancianos y enfermos que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno tienen cabida “incluso los más desastrosos en las conductas de su vida”» (AL, n. 187)

Esto nos habla de la grandeza, belleza y bondad del matrimonio y de la familia y, por tanto, de la necesidad de una adecuada formación y preparación de aquellos llamados a cuidarla, tanto de los seminaristas y sacerdotes, como de los agentes de pastoral familiar, y, ¡cómo no!, de los protagonistas de la apasionante aventura de responder generosamente a la vocación matrimonial: los novios, que deben ser acompañados durante el noviazgo, y los esposos, que deben ser acompañados, particularmente en los primeros años del matrimonio. Por desgracia, «la preparación próxima al matrimonio tiende a concentrarse en las invitaciones, la vestimenta, la fiesta y los innumerables detalles que consumen tanto el presupuesto como las energías y la alegría. Los novios llegan agobiados y agotados al casamiento, en lugar de dedicar las mejores fuerzas a prepararse como pareja para el gran paso que van a dar juntos. Esta mentalidad se refleja también en algunas uniones de hecho que nunca llegan al casamiento porque piensan en festejos demasiado costosos, en lugar de dar prioridad al amor mutuo y a su formalización ante los demás» (AL, n. 212). Ello revela la urgencia de una presentación renovada de la profundidad, centralidad e importancia decisiva del consentimiento matrimonial que da comienzo a la vida conyugal, con todos los cambios esenciales que esta nueva realidad implica.

Amor a prueba de crisis

El papa Francisco nos recuerda que la vida matrimonial y el amor conyugal necesitan tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, para escucharse, para mirarse, para valorarse, para fortalecer la relación. A veces, el problema es el ritmo frenético de la sociedad, o los tiempos que imponen los compromisos laborales. Otras veces el problema es que el tiempo que se pasa juntos no tiene calidad. Solo compartimos un espacio físico, pero sin prestarnos atención el uno al otro» (AL, n. 224).

De este modo, el amor es don y tarea y viene atravesado por momentos de crisis y dificultades, propias de todo camino humano. A este respecto, el papa afirma: «En todos los matrimonios hay crisis y es normal que aparezcan las crisis». Él habla de cuatro tipos de crisis. Habla en primer lugar de unas crisis comunes (cf. AL, n. 235), por ejemplo cuando en el matrimonio se debe aprender a compatibilizar las diferencias, salir de la casa paterna y aprender las claves de una nueva convivencia; o cuando llega el primer hijo, con sus nuevos desafíos emocionales; cuando llega la adolescencia; la crisis del nido vacío, cuando los hijos se hacen mayores y van a formar ellos una nueva familia. Son crisis comunes que hay que acompañar. En segundo lugar, se encuentran las crisis personales (cf. AL, n. 236), por ejemplo, cuando hay dificultades económicas, crisis afectivas, sociales, laborales, espirituales, crisis personales que hay que iluminar y acompañar. En tercer lugar, se describen las crisis de fragilidad y de incumplimiento de expectativas (cf. AL, n. 237), y dice el papa: «Se ha vuelto frecuente que cuando uno siente que no recibe lo que desea, o que no se cumple lo que soñaba, eso parece ser suficiente para dar fin a un matrimonio». En cuarto lugar, habla de lo que acertadamente denomina crisis de viejas heridas (cf. AL, n. 239): «Cuando alguno de los miembros de la familia no ha madurado su manera de relacionarse, porque no ha sanado heridas de alguna etapa de su vida»; «A veces las personas necesitan realizar a los cuarenta años una madurez atrasada que debería haberse logrado al final de la adolescencia». En muchas ocasiones se trata de un amor distorsionado por el egocentrismo. Para la superación de estas crisis el acompañamiento personalizado y paciente de los esposos por parte de la Iglesia se revela como una herramienta clave que deben estar dispuestos a ofrecer con humildad, respeto y competencia quienes están llamados a desarrollar esta importante labor.

Por un verdadero ambiente familiar. Generar una cultura de la familia

El camino de la familia necesita una morada, un ambiente apropiado, un tejido de relaciones donde pueda crecer y germinar el deseo humano. No hay persona sin personas, matrimonio sin matrimonios, familia sin familias; por ello es urgente generar una cultura verdaderamente familiar. Como afirmaba san Agustín: «Quien quiera vivir, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, forme parte de este cuerpo para ser vivificado. No recele la unión de los miembros, no sea un miembro canceroso que merezca ser cortado, ni miembro dislocado de quien se avergüencen; sea hermoso, esté adaptado, esté sano, esté unido al cuerpo, viva de Dios para Dios; trabaje ahora en la tierra para que después reine en el cielo»(5) . Por este motivo el desafío y la misión de la Iglesia hoy es ser arca de Noé, sacramento de salvación, hospital de campaña, en palabras del papa Francisco, generando espacios y tiempos nuevos, un ambiente y una cultura favorables en los que la familia pueda crecer y vivir en plenitud su vocación al amor.

La alegría del Evangelio se refleja en la alegría del amor que se vive y se aprende de modo eminente en la familia. En la exhortación Evangelii gaudium el papa Francisco nos exhortaba a «pedir al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rom 12, 21). Y también: “¡No nos cansemos de hacer el bien!” (Gál 6, 9)» (EG, n. 101). Esta fuerza para amar nace, crece y se fortalece en la familia y es fuente de perenne alegría para el ser humano y para la realidad social en la que la familia vive como fuente que da frescura y hogar frente al desamor y a la intemperie.

Pedimos al cielo que seamos capaces de cultivar y testimoniar esta alegría que llena el mundo de esperanza y lo hace un lugar habitable según el designio amoroso (de Dios) para la humanidad entera. A santa María, causa de nuestra alegría, encomendamos a todas las familias, de modo particular a las que pasan (mayores dificultades). Con gran afecto.

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa Obispo de Bilbao. Presidente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida

✠ Francisco Gil Hellín • Arzobispo Emérito de Burgos

✠ Juan Antonio Reig Plà • Obispo de Alcalá de Henares

✠ Gerardo Melgar Viciosa • Obispo de Ciudad Real

✠ José Mazuelos Pérez • Obispo de Jerez de la Frontera

✠ Carlos Manuel Escribano Subías • Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

✠ Juan Antonio Aznárez Cobo • Obispo Auxiliar de Pamplona y Tudela

Anotaciones

(1) «Es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida» (AL, n. 83)

(2) «Muchos se han referido a la función educativa, que se ve dificultada, entre otras causas, porque los padres llegan a su casa cansados y sin ganas de conversar, en muchas familias ya ni siquiera existe el hábito de comer juntos, y crece una gran variedad de ofertas de distracción además de la adicción a la televisión» (AL, n. 50).

(3) «No puedo dejar de decir que, si la familia es el santuario de la vida, el lugar donde la vida es engendrada y cuidada, constituye una contradicción lacerante que se convierta en el lugar donde la vida es negada y destrozada. Es tan grande el valor de una vida humana, y es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano» (AL, n. 83).

(4) «En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor. Cuando la búsqueda del placer es obsesiva, nos encierra en una sola cosa y nos incapacita para encontrar otro tipo de satisfacciones. Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo» (AL, n. 126).

(5) Cf. San Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus, 26, 13: CCL 36,266.

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