La vida consagrada en el Año de la Fe


Mons. Manuel Sánchez Monge    Al celebrar un año más la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, damos gracias a Dios por las maravillas que realiza en nuestros consagrados y consagradas agradeciendo su vocación y misión, insustituibles en la Iglesia y en el mundo. En este Año de la fe recordamos con todos ellos su vocación a ser “signos vivos de la presencia de Cristo resucitado en el mundo”. La Iglesia y el mundo necesitan hoy testigos creíbles para abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios, como nos recuerda el Papa Benedicto (cf PF 15). Pero ¿cómo son los consagrados son un signo para el mundo de la presencia de Cristo resucitado?

En primer lugar, viviendo la fe que nace del encuentro con Dios en Jesucristo, de la experiencia de su amor. Para ellos la fe no es un mero asentimiento intelectual ante unas verdades sobre Dios; sino un confiar libremente en un Dios que es Padre y ama por encima de todo. Los consagrados y consagradas han experimentado que en Cristo, Dios ha revelado que su amor por cada uno de nosotros es un amor sin medida. Muriendo en la cruz, el Hijo de Dios hecho hombre, nos ha mostrado del modo más luminoso que el amor más grande lleva a darse a sí mismo, hasta el sacrificio total.

En segundo lugar, viviendo la caridad. Nacidos de la Pascua, los consagrados, se dejan llevar por el Espíritu de Cristo resucitado, para entregarse sin reservas a los hermanos y a todos los hombres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, ejercitando la caridad, en las escuelas y hospitales, en los geriátricos y en las cárceles, en las parroquias y en los claustros, en las ciudades y en los pueblos, en las universidades y en los asilos, en los lugares de frontera y en lo más oculto de las celdas.

En tercer lugar, los consagrados son testigos creíbles de la fe en el Resucitado cuando nos ayudan a redescubrir la alegría de creer y a recuperar el entusiasmo por comunicar la alegría de la fe. Es la alegría pascual, que no calla ni oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de los problemas, de la incomprensión y de la muerte misma, pero puede ofrecer criterios para interpretar todas estas realidades desde la esperanza cristiana. El Evangelio otorga una nueva mirada, la capacidad de ver la vida con los mismos ojos de Dios. El Resucitado ha sembrado en su pobre corazón un “canto nuevo” y con la melodía de la alegría esencial de saberse incondicionalmente amados por Jesús, liberados del pecado, son signos vivos de su presencia en medio de nosotros. El Espíritu de Jesús, que es fuego, les mantiene incandescentes, emitiendo ráfagas de gozo incontenible por tanto don recibido.

En cuarto lugar, cuando se comprometen en la tarea evangelizadora. Porque la Nueva Evangelización es esencialmente un asunto espiritual, la Iglesia subraya también hoy la gran importancia de la vida consagrada en la transmisión de la fe. Las Órdenes y Congregaciones religiosas han de estar completamente disponibles para ir hasta las fronteras geográficas, sociales y culturales de la evangelización. Todos los discípulos de Jesús, y de manera especial los consagrados, debemos permanecer como signo de la presencia del corazón compasivo de Jesús, “que pasó por el mundo haciendo el bien”, curando a todos de sus enfermedades y dolencias (cf Hech 10,38; Mc 1,32-34). Con la mirada fija en Jesucristo que inició y completa nuestra fe, (Heb 12,2), busquemos a Dios para encontrar al hombre, acogiendo así la paradoja del misterio de la Encarnación. Y nos será concedida la consolación de escuchar el silencio de los enmudecidos, de contemplar la luz que brota de la oscuridad del abandono y la soledad, la gracia de acompañar las búsquedas sinceras de la verdad en medio de las dudas y de alumbrar esperanza en corazones al borde del camino. El Resucitado enviándonos en misión, nos saca del ensimismamiento como a aquella comunidad primera que, llena de miedo, se ahogaba en sus propios problemas, cerrando puertas y ventanas para no enfrentarse con la realidad exterior.

Para hablarnos de Dios, sin embargo, los consagrados deben dejarle espacio en sus vidas, sin miedo alguno, con sencillez y alegría, conscientes de que El se vale de la debilidad de los hombres para manifestar la grandeza de su poder. Y como el Año de la fe es “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor único Salvador del mundo” (PF 6), los consagrados han de preguntarse, sin disimulos ni falsas justificaciones, si su vida de cada día, si sus comunidades y obras apostólicas son “signos” inteligibles para nuestro mundo, es decir, si hablan un lenguaje inteligible para los jóvenes y para los pobres.

La Vida Consagrada está llamada a ser signo de Aquel que es camino, verdad y vida. Y lo será si es evangélicamente significativa participando activamente en la nueva evangelización. Si nos ayuda a percibir claramente que evangelizar no es principalmente cuestión de métodos, estrategias, sino cuestión de calidad de testimonio, cuestión espiritual. La nueva evangelización es, ante todo, un don de Dios que llega a través de la colaboración de los hombres. La gran aportación de la Vida Consagrada es vivir en estado permanente de conversión y asumir el Evangelio como punto constante de referencia en su vida.

+ Manuel Sánchez Monge,

Obispo de Mondoñedo-Ferrol 

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