¿Valores o virtudes?


Mons. Agustí Cortés Soriano    Siempre ha ocurrido que las mentes más despiertas dentro dela Iglesia levanten la voz sobre los riesgos del lenguaje ambiguo. Lo que creemos y vivimos desde la fe se ha de formular en lenguaje humano, pero éste se queda siempre corto, y no se ajusta exactamente a la realidad que vivimos. De forma que gastamos más tiempo explicando lo que queremos decir que diciéndolo simplemente. Así, nos deshacemos en explicaciones para mostrar que la humildad no es lo mismo que la incapacidad, que la paciencia no es igual que la resignación, que el coraje no es lo mismo que la intransigencia, que el amor no quiere decir condescendencia o “buenismo”, que la paz no es sinónimo de tranquilidad…

Hace ya tiempo algunas voces vienen destapando el problema que oculta el uso de determinadas expresiones de moda, que, si bien en principio son aceptadas por una mayoría, a la hora de explicarlas o ponerlas en práctica se ve que no todos entienden lo mismo. Es el caso, por ejemplo, de las expresiones “educar en valores”, “defender valores”, “promover valores”. Se usan mucho en ambientes educativos de Iglesia, con la intención de hacer aceptable el ideario formativo del centro a los no creyentes o a quienes tienen prejuicios respecto a una formación confesional católica. La intención es realmente buena y ¡ojalá todos los centros educativos, confesionales o no, proyectaran efectivamente una auténtica educación en valores humanos!

Los problemas vienen cuando nos preguntamos qué entendemos por valores, qué significa cada uno de ellos (o sea, qué quieren decir), dónde se fundamentan (por qué son necesarios y hay que realizarlos) y si todos tienen la misma importancia (es decir, cómo se ordenan, si hay que dar preferencia a uno u otro, cuando hay conflicto entre ellos). Al sospechar que la cosa es compleja, se prefiere no entrar en este terreno y se elige el camino menos conflictivo. Pero la vida es tozuda, y tarde o temprano nos pasa factura de estos olvidos.

La palabra “valor” viene del latín “valere”, que significa ser capaz, y con el tiempo vino a

significar lo mismo que “coraje” y también el precio de una cosa, o sea la medida de algo apreciable, que llamamos precisamente “valioso”. Pero hoy suena a idea y concepto abstracto, aunque haga referencia a la vida. Si bien recuerda el pensamiento antiguo, como el platonismo, se recuperó en el siglo XIX con la llamada filosofía de los valores, que de hecho tiene muchas y contradictorias ramificaciones.

Por estas razones, y por otras que no podemos aquí desarrollar, los cristianos preferimos hablar de “virtudes”, en lugar de “valores”… “Virtud” viene también del latín “virtus”, que significa fuerza, empuje y capacidad para la vida. La virtud nos sugiere algo mucho más concreto, hace referencia directa a la transformación personal o social, es dinámica, sugiere el compromiso… Éste es el lenguaje del Nuevo Testamento:

“Dios os ama y os ha escogido para que pertenezcáis a su pueblo. Vivid, pues, revestidos de verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Tened paciencia unos con otros y perdonaos si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor os perdonó, perdonad también vosotros. Sobre todo revestíos de amor, que es el perfecto lazo de unión” (Col 3,12-14).

“Por eso debéis esforzaros por añadir a vuestra fe la buena conducta; a la buena conducta, el conocimiento; al conocimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción; a la devoción, el afecto fraternal; y al afecto fraternal, el amor” (2Pe 1,5-7).

No son ideas, sino formas de vida encadenadas, en las que entra la fuerza de Dios junto a la libertad y el compromiso humano. Educar en la virtud es introducir al otro en todo un dinamismo, que culmina en la virtud – fuerza del amor. 

 † Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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