Nuestra cita en el cielo


Mons. Jaume Pujol    En agosto de 2010, encontrándose Benedicto XVI en Castel Gandolfo, pronunció una homilía que tuvo mucha resonancia periodística, aunque la imprecisión de algunos titulares fue tan manifiesta que le hicieron decir al Papa lo contrario de lo que dijo. Algunos titularon: “El Papa niega la existencia del cielo y del infierno”.

Lo que dijo en realidad fue que con el término “cielo” no nos referimos a algún lugar concreto del universo, a una estrella o algo similar, sino a algo más grande y difícil de definir con conceptos humanos. “Con este término –prosiguió el Papa- queremos afirmar que Dios se hizo cercano a nosotros y que no nos abandona ni siquiera más allá de la muerte, sino que nos concede la eternidad”. Recuerda aquella esperanzadora sentencia: “el amor vence a la muerte”.

En la fiesta de la Ascensión celebramos el último momento de Jesús en la tierra cuando, después de bendecir a sus discípulos, a los que había encargado predicar la Buena Nueva por todo el mundo, se fue elevando hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Subió al cielo, decimos, donde “está sentado a la derecha del Padre”.

Esta ascensión al cielo no marca una despedida ya que, como dice el Papa, “Dios no nos abandona ni siquiera más allá de la muerte”. “Jesucristo, cabeza de la Iglesia –señala el Catecismo de la Iglesia Católica- nos precede en el Reino glorioso del Padre, para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente”.

En una ocasión Cristo había dicho a sus apóstoles: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn, 12,32). La Iglesia lo interpreta en clave de su elevación a la cruz, que posibilitó la redención; pero es también anuncio de su ascensión al cielo.

¿Cómo quedamos nosotros?, podríamos preguntarnos, como se preguntaron los discípulos después de experimentar aquella aparente ausencia. La respuesta consoladora es: elevado al Cielo y glorificado, el Señor permanece en la tierra en su Iglesia.

Durante más de treinta años, Jesús estuvo en carne mortal entre los hombres. Nació, creció, trabajó, predicó, fue de un sitio para otro, enseñó, curó a enfermos y nos dio a conocer el amor de Dios. Así fue hasta su muerte y resurrección. Después estuvo otros cuarenta días en la tierra, aunque de otra forma, si atendemos a su presencia corporal. Se apareció a Magdalena, a Pedro y a los demás apóstoles y a centenares de discípulos. Finalmente, ascendió a los cielos. Pero Cristo no se va, no nos deja huérfanos, no se retira del mundo, objeto de su amor inmenso.

Se ha quedado entre nosotros, en la Eucaristía, en el alma en gracia o llamando a la puerta de los pecadores. El cielo es nuestra meta, pero a Jesús le encontramos ya en el camino. Le hallamos cuando elevamos el corazón en oración de adoración, de petición o de acción de gracias; y cuando ayudamos a los hermanos, porque cualquier pequeño servicio lo recibe como si fuera hecho a él mismo. Jesús subió al Cielo a prepararnos un lugar, aunque no sea un lugar físico. Conocemos la promesa de inmortalidad y sabemos el camino. Ayudémonos unos a otros a recorrerlo.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado

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