Hoy hace 25 años del asesinato en Brasil del Hermano Vicente Cañas, jesuita defensor de los indígenas


Hoy 16 de mayo de 2012 se recuerda que hace 25 años fue encontrado muerto el Hermano Vicente Cañas Costa junto al río Juruema, en el estado de Mato Grosso de Brasil. Este jesuita fue asesinado por los terratenientes que sitiaban las tierras de los indios Ena­wenê-Nawê (los “benedictinos de la selva”), con los que “Kiwxí”, como así le llamaba su pueblo adoptivo, vivía y a los que defendía.

Vicente Cañas nació en Alborea (Albacete) el 22 de octubre de 1939, en el seno de una numerosa familia de 10 hermanos. Ingresó en el Compañía de Jesús, en Raimat, el 21 de abril de 1961. Es destinado a Huesca como coci­nero y muy pronto expresó su afán y vo­cación misionera. Al poco tiempo encabezó la lista de Herma­nos de la Provincia jesuita de Aragón que fueron destinados al Brasil. Arribó a este país el 19 de enero de 1966.

Su primer contacto con los pueblos indígenas fue una prueba de fuego. Un contacto mal efectuado por la FUNAI (Fundación Nacional del Indio, Brasil) produjo una verdadera catástrofe en en el pueblo indígena llamado Beiço-de-pau, que habitaba entre los ríos Sangue y Arinos, al norte del Estado de Mato Grosso: de más de 600 que eran, quedaron reducidos, en pocos meses, a 40 Indios por contacto con el mundo de los blancos. La gripe llevada por uno de los trabajadores que formaba parte del equipo FUNAI, diez­mó a aquel pueblo indígena, sin autodefensas para las enfermeda­des de los blancos. Los jesuitas fueron llamados, también por la FUNAI, para ayudar a salvar a los 40 indios supervivientes. Y así fue como Vi­cente comenzó a trabajar con la FUNAI cuidando de la salud de los que habían resistido aquel contacto.

De octubre de 1969 a abril de 1970 estuvo en ínti­ma convivencia con los Beiço-de-pau. En mayo de ese mismo año se produjo la transferencia de estos Indios a Xingu, donde fueron dejados junto a sus hermanos Tapayuna. Aquella amarga experiencia de contemplar a un pueblo destrozado y, al propio tiempo, poder experimentar las verdades de vida de ese mismo pueblo, le marcaron profundamente.

Después Vicente se consagró, du­rante 5 años, a una total convivencia y dedicación al pueblo Pa­resi, localizado al noroeste del Mato Grosso. El 13 de junio de 1971, Vicente era uno de los dos componentes del grupo que entró en contacto con los indios Mi­ky.

El 15 de agosto de 1975 pronunció sus últimos votos en la Compañía de Jesús. A finales de 1975, después de su contacto con los Ena­wenê-Nawê, se ofreció para iniciar su convivencia con este pue­blo, que no tenía ningún contacto con el hombre blanco, preo­cupándose de garantizar sus tierras y cuidando de su salud, tanto preventiva como curativa, a fin de hacerlos más resistentes a las enfermedades de los blancos. En 1977 le fue posible establecerse junto a ellos.

Era una población que conservaba intacta su cultura original, dedicados a la pesca (con total abstinencia de carne), a la agricultura de subsistencia y principalmente a sus rituales. Se levantaban a la una de la madrugada, y comenzaban sus rituales, con cantos y danzas al son de la flauta, alrededor del fuego; en el centro del poblado estaba la casa sagrada; no comían nada hasta la tarde-noche. Era una cultura tan envuelta en Dios que se les bautizó con el nombre de «benedictinos de la selva».

Vicente empezó a vivir con ellos y como ellos, intentando una nueva forma de presencia misionera, de pleno respeto de su cultura y defensa de la calidad de vida del pueblo. Para ello era de importancia fundamental la lucha por la integridad del territorio indígena.

A partir de 1984, el territorio Ena­wenê-Nawê comenzó a ser repetidamente invadido y depredado por gente ambiciosa. Despojados de su territorio, sin corrientes de agua suficientes donde pescar, los Ena­wenê-Nawê iban a ser privados de su fuente casi exclusiva de proteína animal y perecerían. Hombres de negocios, madereros y políticos interesados en la posesión de aquella tierra cayeron en la cuenta que los Ena­wenê-Nawê tenían en Vicente un defensor que no se arredraría mientras viviese. Decidieron matarlo. Vicente conocía el peligro que corrían los indios y él mismo, y por lo mismo procuraba no salir de la zona para no dejar solos a sus amigos. Murió pues con la conciencia de que, continuando su presencia misionera, ponía en juego su vida.

Probablemente le mataron el 6 de abril de 1987, aunque su cadáver no se descubrió hasta el día 16 de mayo, junto al río Juruena, en el Estado de Mato Grosso (Brasil). Yacía en la cabaña donde solía retirarse cuando el trabajo requería sosiego o para anotar sus observaciones sobre su convivencia con el pueblo indígena, o simplemente para reflexionar, rezar o ponerse en contacto radiofónico con sus compañeros de misión. A su alrededor había objetos derribados o rotos que testimoniaban la violencia que le causó la muerte. En el cadáver, con la piel medio momificada ya, había, en la región abdominal, una perforación de unos cuatro centímetros. Su cuerpo estuvo allí durante más de un mes.

Hasta la fecha los asesinos de Vicente no han sido juzgados. Una sencilla piedra sacada del lecho del río marca el lugar donde está enterrado. Grabado en ella se puede leer: Kiwxí, el nombre intraducible con el que los indios le llamaban.

Ofrecemos extractos de una carta sencilla que muestra el fondo místico de su vida:
“Paso todo el tiempo aquí en la aldea de los indios, aprendiendo su lengua y viviendo como ellos. Me resulta fácil porque la vida es muy simple y en una atmósfera en la que se palpa a Dios. Es magnífico ver al Creador en todo, sin llevar la vida sofisticada de nuestra civilización.

Nos levantamos a la una de la madrugada, bebemos la chincha y comienza enseguida el ritual, que son cantos y danzas al son de la flauta, alrededor del fuego. Es una cultura la india, tan envuelta en Dios, que todo esto hace que uno se encuentre más próximo a Él (…) No comemos nada durante todo el día (sólo la bebida de la mañana), hasta la tarde. Y esto un día tras otro. Pero uno no echa de menos nada, Dios está aquí”. La dureza de la vida se hace más llevadera aquí; día a día, se hace uno más humano, más comprensivo (…) Vivo en una choza que acoge a tres familias (…) me siento en el suelo y no tengo mesa, por lo que escribo sobre las rodillas. Duermo en una red colgada del techo por dos cuerdas, como si fuera una hamaca.

En el centro del poblado está la casa sagrada, donde uno se hace más humano.

He pasado unas temporadas muy intensas, como casi todas. No sólo las cosas que uno tiene para dar es lo que interesa, sino el que, dentro de mí, Cristo nace para ser más yo y para entregarme en lo espiritual y en lo material a mis semejantes”.

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