El poder que resucita en el servicio


Mons. Agustí Cortés   La Resurrección de Jesucristo también alcanza el poder. El “poder” forma parte de las realidades creadas más significativas para entender el ser humano. Nos referimos no sólo al poder político o económico, sino a toda capacidad humana, a todo valor, que permite a la persona vivir, realizarse, luchar y progresar. En este sentido, podemos hablar de la tragedia de quienes se ven a sí mismos “impotentes” para afrontar la vida, próximos, quizá, a la autodestrucción, y de los  “triunfadores”, satisfechos de sus logros, seguros de sí mismos y felices. En el lenguaje corriente llamamos “poder” a la capacidad de influir, condicionar  y hasta dominar a otros. Así hablamos del poder de un líder, de un rico, de un político, de alguien que disfruta de una autoridad.

Entendemos que todas estas formas de poder no son malas en sí mismas. Son fuerza y capacidad para vivir. Más aún, están llamadas a resucitar. Y, como todos no somos “poderosos”, como son pocos los ricos y los que mandan, o los líderes sociales, conviene que nos fijemos, sobre todo, en aquel poder que tenemos todos y cada uno, cada uno el suyo, como capacidad para vivir, conjunto de cualidades humanas y de capacidades, que llamamos riqueza personal. Si, además del poder particular para dirigir la propia vida, uno ejerce alguna influencia sobre otros, con mayor razón deberá preguntarse cómo resucita el poder.

Cuando decimos que “el poder corrompe”, nos referimos sobre todo al poder social.

Jesucristo dijo a sus discípulos: “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y sus magnates las oprimen” (Mc 10, 42). Pero podríamos aplicar esta frase a todo tipo de poder, entendido éste como riqueza personal, y alguien dijo que una terrible maldición consistía en decir a otro: “¡Ojalá te nazca un hijo rico!”. Jesucristo dijo que era muy difícil que un rico entrara en el Reino de los Cielos (cf. Mt 19, 23). Todo se ha entender.

El pecado se encuentra a sus anchas mezclado con el poder. Quizá el pecado no sea otra cosa que un mal ejercicio del poder. El pecado original de Adán y Eva, el nuestro y el de todos los tiempos, consiste en creernos tan poderosos como dioses y, además, intentar utilizar ese pretendido poder para dominar el mundo, a los otros y a Dios.

Pues bien, este poder murió con la muerte del todopoderoso en la cruz. No murió el poder ni la fuerza que permite vivir. Murió el poder corrompido y dominador. Murió el poder prepotente y encumbrado. ¿Qué es lo que resucitó? El poder transfigurado.

– El poder del todopoderoso consiste en amar.

– El amor le llevó a morir impotente.

– Cuando resucitó, el poder quedó transfigurado en servicio.

Jesús dijo: “No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 43-45). No hay que esperar a sentirse llamado a una especial vocación o a tener un cargo público para aplicar estas palabras a la propia vida. Todo cuanto tenemos y somos, toda nuestra riqueza y poder personal no tiene otra razón de ser más que el servicio por amor. De otra forma, desgastaremos lo que somos y tenemos hasta la extenuación, y quizá reiremos alguna vez, pero no seremos felices. Dios nos hizo para amar sirviendo… Y así resucitamos.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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