Por un desarrollo integral


Mons. Joan Piris    Al celebrar este año el 25 aniversario de la Encíclica ‘Sollicitudo Rei Socialis’ de Juan Pablo II (30-12-1987), que enfatiza el componente moral del verdadero desarrollo y afirma que la paz es fruto de la solidaridad (n. 39), sería  bueno hacer resonar la enseñanza social de la Iglesia y, a la vez, dar gracias por el testimonio de nuestras comunidades e instituciones que están multiplicándose admirablemente al servicio de los más frágiles. Es buena prueba la red diocesana de Entidades de Acción Caritativa y Social y la nueva iniciativa eclesial, la Fundación Jaume Rubió y Rubió.

Tanto la vida de las comunidades cristianas como la acción eclesial de las iniciativas mencionadas realizan el llamamiento permanente de la Iglesia a dar una respuesta integral a los problemas sociales de la comunidad humana y a ser testigos del amor de Dios. Y lo hacen reivindicando un desarrollo integral que incluya la visión trascendente de la persona humana, abierta al misterio de Dios.

Justamente, la Encíclica citada sigue la línea marcada por Pablo VI al hablar del verdadero desarrollo: aquel que permite que cada uno y todos demos el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas (cfr. Populorum Progressio 20 y 21). Se trata de un desarrollo no sólo económico. Claro está que hemos de ayudar a superar las carencias materiales, como por ejemplo la privación del mínimo vital, las estructuras que oprimen abusando del tener o del poder; la explotación de los trabajadores o las transacciones injustas. Pero también hemos de tener en cuenta las carencias morales que están mutilando personas, y hace falta promover  el aumento de los conocimientos y de la cultura y de la consideración de la dignidad de los otros, compartiendo cada vez más con espíritu de pobreza  cooperando al bien común. Y, naturalmente, reconociendo los valores supremos y aquel que es su fuente y  cima, Dios.

Hace falta hacer frente valerosamente entre todos a la difícil situación presente y a las injusticias que la hayan provocado y que le acompañan todavía. Pero cada uno  de nosotros, sobre todo aquellos que por formación o situación tienen más posibilidades, han de aceptar y ejercer su papel sin lavarse las manos o limitarse a encontrar culpables.

La Iglesia que nace de la Pascua y de  Pentecostés continúa anunciando a Cristo Resucitado en cualquier parte del mundo como lo hizo Él: proclamando y curando, traduciendo la novedad del mensaje evangélico de las Bienaventuranzas a través de las obras de misericordia. No podremos evangelizar sin dar testimonio a la vez de Jesucristo y del compromiso por la justicia y el amor que brota de la fe.

Como dice el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (n. 66), la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la mutua conexión que hay constantemente entre el Evangelio y la vida de las personas y de la sociedad.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

+ Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida

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