Entre la tragedia mediocre y la confianza audaz


Mons. Jesús Sanz     Andamos metidos en tantas vorágines al mismo tiempo, pendientes del termómetro de las bolsas que nos hablan de sus parqués y sus porqués; atentos a los movimientos sociales que nos llevan al retortero con sus justas indignaciones con la que está cayendo o con sus camelos de revoluciones antisistema; comprometidos con las reales situaciones de pobreza fruto de la injusticia y la insolidaridad; curiosos ante los vaivenes políticos en el reparto de la tarta electoral que deseamos sea para el servicio de la gente y no para el beneficio personal o del partido; hojeamos las noticias cotidianas entre escándalos, curiosidades, y algunas lindezas en los diversos lares. Al fin del día uno se pregunta tantas cosas, las piensa, las reza, las comparte… tratando de entender y de encontrar la salida.

He leído con gusto una entrevista al nobel de literatura Vargas Llosa. A propósito de su último ensayo sobre la civilización del espectáculo, Jan M. Ahrens describía la posición del escritor peruano que juzga con lúcida energía lo que sucede cuando se pierden los valores y los referentes: llega el triunfo de la frivolidad, que viene a ser el reinado universal del entretenimiento. Lo cual tiene tremendas consecuencias cuando el clima de banalización extrema se apodera de la escena. Su juicio se hace lapidario, cuando dice que “el empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, ha desarmado al periodismo y, sobre todo, ha devaluado la política, un espacio donde gana terreno el cinismo y se extiende la tolerancia hacia la corrupción”.

No estamos ante una homilía de obispo donde cargar con dureza orquestada echando sobre su persona y sus palabras todos los demonios del infierno real. Estamos ante el juicio de un intelectual tras haber recorrido no pocos vericuetos, estar de vuelta de no pocas tomaduras de pelo, y tener la humilde sencillez de reconocer la grandeza y la miseria de la cultura que si lo es, será vulnerable. Porque depende lo que entendamos por cultura, así será nuestra herida: o heridos de la bondad y la belleza a las que jamás podremos ni querremos renunciar, o heridos de una frivolidad que nos hace chabacanos y banales hasta el vacío más destructor.

“Sería una tragedia –afirma este escritor- que justamente en una época en que hay un progreso tecnológico, científico, material extraordinario, al mismo tiempo, la cultura vaya a convertirse en un puro entretenimiento, en algo superficial, dejando un vacío que nada puede llenar, porque nada puede reemplazar a la cultura en dar un sentido más profundo, trascendente, espiritual a la vida”.

Asistiendo a ciertos debates políticos en torno a los mil retos y a sus soluciones, o cuando vemos caravanas en nombre del paripé tras la pancarta de una pereza interesada, o cuando los mediocres nos imponen la mezquindad que no tiene horizonte, ni memoria en la que aprender de sus errores, entonces surge lo que Vargas Llosa llama “tragedia”. Pero aquí viene la verdadera reacción que es capaz de proponer algo nuevo que sume en vez de restar, que construya creativamente en lugar de destruir por destruir sin más. Lo decía G.K. Chesterton, que usó su pluma con sabiduría indomable y tierna a la vez: la mediocridad consiste en estar delante de la grandeza y no reconocerla. La osadía cristiana no es la resulta de hacerlo todo bien, sino la confianza de mirar algo grande, reconociendo en Dios una compañía capaz de cambiar el mundo. Esta es la revolución audaz que nunca será mediocre. 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

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