Tomás, de agnóstico a creyente (Juan 20,19-31)


Mons. Jesús Sanz    Se agolparon rápidamente los acontecimientos. Fugas, idas y venidas. Tristezas en los ojos y agobio en los corazones. Pero aquella mañana de pascua, algunas mujeres volvieron diciendo cosas que a los discípulos les parecían muy extrañas: la piedra de la tumba quitada, el sepulcro vacío. Bloqueados por su propia perplejidad, tampoco recordaban lo que Jesús les había dicho sobre su desenlace. Ahora, al final de aquel domingo de pascua, estaban encerrados a cal y canto, llenos de pánico. 

Jesús se presenta en medio de ellos para anunciarles la paz y mostrarles los signos de su muerte. Era salir de una horrible desazón y ver con sus ojos el milagro de las promesas de su Maestro cumplidas. Pero no estaban todos. Cuando llegó Tomás, el que faltaba, rápidamente le dijeron la gran noticia, lo increíble e inaudito: “hemos visto al Señor” (Jn 20,25). Semejante anuncio era insuficiente para un Tomás que también “había visto” morir al Señor. No era fácil borrar de su recuerdo ese pánico que había hecho esconderse a sus compañeros.

La condescendencia de Dios hacia todas las durezas de los hombres, está representada en la respuesta que Tomás recibe por parte de Jesús, cuando al volver allí ocho días después, le dice que toque lo que le parecía una cosa imposible. Es el perfecto tipo de agnóstico, tan corriente hoy en día: no niego que esto que contáis haya sucedido, pero hasta que no lo vea con mis ojos, ni lo palpe con mis dedos, yo no creo. Y este “agnosticismo” Jesús lo llamará sencillamente “incredulidad”: “Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20,27).

Hoy nosotros los cristianos, que creemos en la Resurrección de Jesús, ¿cómo podemos mostrar a la Humanidad aquello que los discípulos trataron de anunciar a su compañero Tomás? No somos los propagandistas teóricos de un cambio abstracto del mundo, sino los testigos de que aquello que aconteció en Jesús, también nos ha sucedido a nosotros: el odio, la oscuridad, la violencia, el miedo, el rencor, la muerte… es decir, el pecado, no tienen ya la última palabra. Cristo ha resucitado y en Él han sido muertas todas nuestras muertes. De esto somos testigos. Esta es nuestra alegría. Y por eso, a pesar de todas las cicatrices de un mundo caduco, insolidario, violento, que mancha la dignidad del hombre y no da gloria a Dios, nosotros decimos: Hemos visto al Señor. Ojalá nuestra generación se llene de alegría como aquellos discípulos, al ver en nuestra pequeñez las señales de la victoria pascual, y como Tomás diga también: Señor mío y Dios mío. Somos custodios de las señales que ayudan a creer a los demás.

 + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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