Vigilia Pascual y Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor


Mons. Ureña   Acabamos de vivir la santa cuaresma. Durante 40 densos días nos hemos preparado para conmemorar eficazmente el misterio pascual de Cristo, el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección gloriosa. Y nos hemos preparado con los medios prescritos por el Señor y por su esposa, la Iglesia. Estos medios han sido el ayuno, la oración, la limosna y la penitencia.

Terminada la cuaresma, nos hemos adentrado en la Semana Santa y hemos celebrado los dos primeros tiempos del triduo pascual: la Eucaristía de la última cena del Señor y la primera fuente de la Eucaristía: la muerte de Cristo en la cruz.

Por último, hemos llegado al Domingo de Pascua de resurrección, día en que la Iglesia celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre las consecuencias de éste, la muerte biológica y la muerte eterna, de donde derivan todos los males del hombre.

Llenos de fe en el Señor Jesús, hemos permanecido en vela junto a su sepulcro durante todo el Sábado Santo y, fieles a su Palabra, nos hemos asemejado a los criados prudentes, que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que, cuando Él llegue, les encuentre en vela y les invite a sentarse a su mesa (cf Lc 12, 35 y ss.).

¡Qué gran belleza y qué gran esplendor los de la Vigilia Pascual de la noche ya pasada, de esa santa noche del 7 al 8 de abril! Utilizando el lenguaje mistagógico, después del breve lucernario con que empieza la Vigilia de la Pascua, la Iglesia, llena de fe en la palabra y en las promesas del Señor, pasó a contemplar las maravillas realizadas por Dios desde el principio en favor de su pueblo, la última y definitiva de las cuales ha sido la resurrección de Cristo de entre los muertos. En esto consistió la segunda parte de la Vigilia o liturgia de la palabra. Acto seguido, pasando a la tercera parte de la Vigilia, la Iglesia significó eficazmente los frutos de la resurrección alcanzados impartiendo el sacramento del bautismo a varios catecúmenos, los cuales, por medio del agua y del Espíritu, fueron desvestidos del hombre viejo, revestidos del hombre nuevo, Cristo, y hechos miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Finalmente, entrando en la cuarta y última parte de la Vigilia, la Iglesia nos invitaba anoche a todos los presentes a sentarnos a la mesa del cuerpo y de la sangre de Cristo que ella tiene siempre preparada para los santos.

Y, esta mañana, al despertar del sueño, hemos revivido gratamente la experiencia de María Magdalena y de la otra María, cuando una y otra fueron a ver el sepulcro en donde había sido enterrado el cuerpo de Jesús. También a nosotros nos ha dicho el ángel: “no temáis. Jesús el crucificado ya no está aquí. Ha resucitado, como había dicho”.

Pues bien, del mismo modo que aquellas santas mujeres fueron enviadas por el ángel a decir a los discípulos que Jesús había resucitado y que se dirigieran a Galilea porque allí se encontraría Jesús con ellos, igualmente somos hoy enviados nosotros por el Espíritu a proclamar al mundo que Jesucristo, el Hijo del Dios hecho hombre, muerto y sepultado, ha vencido la muerte, está vivo y nos ha abierto a todos los hombres las puertas de la vida eterna.

Este es el mensaje central de la Buena Nueva que nos trae Cristo y que es Cristo mismo. Y éste ha de ser también el mensaje nuclear que nosotros habremos de transmitir en la nueva evangelización del mundo a la que nos llama el Papa.

En resumen: Cristo murió por nosotros y resucitó al tercer día de entre los muertos.

Por medio de la fe en Él y del bautismo de Espíritu Santo y fuego, nosotros los hombres somos incorporados a la muerte de Cristo. Y, al ser hechos partícipes de esta muerte, morimos al pecado de una vez para siempre, nuestra existencia queda unida a Él en una muerte como la suya, es destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros somos liberados de la esclavitud del pecado (cf Rom 6, 3-11).

Ahora bien, como concluye San Pablo, “si nuestra existencia está unida a Cristo en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”. Por tanto, prosigue San Pablo, “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”.

Y si nuestra vida tiene como meta última la resurrección y la vida, entonces vale la pena vivir y tiene pleno sentido dejar el paganismo y emprender la senda de la vida nueva.

Os deseo a todos disfrutéis de la alegría de la Pascua, del gozo de sentiros llamados a participar un día del don de la resurrección del Señor.

Termino este pequeño pregón pascual dirigiendo un saludo ferviente a las cofradías y hermandades de Semana Santa, de Zaragoza, al Emmo. y Rvdmo. pregonero de este año, Fray Carlos, Cardenal Amigo, a los hermanos cofrades, a los hermanos mayores de las respectivas cofradías, al Presidente de la Junta Coordinadora y al Consiliario de la referida junta, Ilmo. Sr. D. Luis Antonio Gracia.

Por medio de vuestras procesiones vividas con tan gran unción y tan gran piedad hacéis presentes en plazas y calles el espíritu y la letra de la liturgia de la pasión, de la muerte y de la resurrección del Señor.

¡Gracias por ayudarnos a todos a vivir los misterios de Cristo!

† Manuel Ureña

Arzobispo de Zaragoza

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