Tiempo de gracia para ser renovados


Mons. Ruiz Matorell    Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz. 

En el prefacio II de Cuaresma damos gracias al Señor diciendo: “Porque has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos”.

Benedicto XVI escribió en su “Mensaje para la Cuaresma de 2006”: “La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua”.

El Papa afirma en su “Mensaje para la Cuaresma de 2012”: “este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario”. Y nos indica: “El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor “con corazón sincero y llenos de fe” (Hb 10,22), de mantenernos firmes “en la esperanza que profesamos” (Hb 10,23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos “la caridad y las buenas obras” (Hb 10,24)”.

Hemos comenzado un tiempo de gracia para ser renovados en santidad, un tiempo privilegiado de peregrinación interior, un tiempo propicio para renovar nuestro camino de fe, una ocasión providencialpara profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, un caminode preparación espiritual más intenso,un tiempo litúrgico muy valioso e importante, una invitacióna una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas.

“La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto” (Catecismo de la Iglesia Católica, 540). Se trata de un proceso de identificación con Jesucristo. Hemos de escuchar la exhortación de San Pablo: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5), hasta que podamos decir: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

Al comienzo de esta Cuaresma, le pedimos al Señor ser renovados “en santidad” y él nos dice: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis y se realizará” (Jn 15,7). Lo que nos convierte en discípulos de Jesús es mantenernos en su palabra, permanecer en su palabra, estar arraigados y edificados en Él, que es la Palabra, no simplemente transitar, ni viajar como espectadores o turistas pasivos por la palabra.

Cuaresma es un viaje de regreso, un cambio de itinerario. El Señor nos dice a través del profeta Joel: “Convertíos a mí de todo corazón” (Jl 2,12). El texto profético continúa: “convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor” (Jl 2,13).

Nuestra frágil condición queda dibujada en el libro del Eclesiástico: “¿De qué se enorgullece el que es tierra y ceniza?” (Eclo 10,9). Por eso, insiste en la necesidad de vivir unidos al Señor: “Pégate a él y no te separes” (Eclo 2,3). Y añade: “Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él” (Eclo 2,6).

El Señor nos exhorta en el libro de Malaquías: “Volveos a mí y yo me volveré a vosotros” (Mlq 3,7). 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición. 

+ Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Huesca y de Jaca

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