Saber escuchar


Mons. Santiago García Aracil    No hay especial dificultad en entender que es distinto oír que escuchar. Lo primero es una acción del organismo, que puede resultar odiosa porque, muchas veces, uno quisiera dejar de oír y no puede. Es el caso de los ruidos, de las palabras odiosas, de tanta palabrería como se esparce hoy por el mundo y que, lejos de instruir y agradar, molesta y disgusta o incluso corrompe. También se oyen inesperadamente cosas agradables, como son el trino de los pájaros, una música lejana, unas bellas palabras, etc. Pero, cuando se quiere disfrutar verdaderamente del valor o de la belleza de lo que se ha oído con agrado, hay que prestar atención, hay que poner el oído, como vulgarmente se dice. Entonces comienza la escucha.

Escuchar es poner atención para percibir bien lo que se oye. Este esfuerzo de atención supone un cierto interés, al menos inicial, por lo que llega a nuestros oídos.

El interés no brota de cero. Requiere alguna anoticia, al menos, o algún impacto en la conciencia, aunque sea superficial, que despierte el interés por escucharlo, sea por curiosidad, por sentido estético, por voluntad de aprender, o por un ánimo de saber lo que se desea rechazar o rebatir.

Podemos decir que el oír es un acto pasivo; y el escuchar, es totalmente activo. Del oír  no somos siempre responsables; del escuchar, sí. Esta responsabilidad no se queda en el acto de escuchar, sino que alcanza, también, en lo bueno y en lo malo, a la falta de escucha, que es lo mismo que la falta de atención, cuando el asunto lo merece.

Como es lógico, no tiene la misma valoración moral escuchar lo bueno que lo malo; como tampoco es lo mismo dejar de prestar atención a lo uno que a lo otro. Por tanto, podemos decir que la escucha es un acto que requiere la educación de la persona, al mismo tiempo que puede ser un vehículo para adquirir o ampliar la propia educación.

La acción de escuchar debe ir precedida de una actitud vital, de la adhesión personal a un estilo concreto de vida, de unas convicciones, de unos  hábitos de conducta y de unos criterios capaces de seleccionar el inmenso espectro de posibilidades buenas, indiferentes o malas, ante las que reaccionar acertadamente. El mismo refranero español recoge este principio diciendo: “A palabras necias, oídos sordos”.

Nuestra condición de cristianos lleva consigo el deber de escuchar la palabra de Dios. Ya desde el principio, el Señor, cuando quiere comunicar a su Pueblo el camino que ha de seguir para ser bienaventurado, se dirige a él diciéndole: “Escucha Israel” (Deut. 6, 3-4). La llamada de Dios a su pueblo para que preste atención a sus palabras pretende motivar una actitud positiva. De ella nos da noticia abundante el santo Evangelio, como podemos comprobar en estas palabras de S. Lucas refiriéndose a la predicación de Jesucristo: “Todo el pueblo madrugaba para escucharle en el templo” (Lc. 21, 38). También nos muestra la escucha como actitud  predeterminada para rebatir cuanto diga el Señor, sea lo que sea; es el caso de los fariseos que solo buscaban pillarle en alguna palabra por la que pudieran acusarle y excluirle del pueblo.

El Señor cuida de aclararnos cual es la actitud positiva de la escucha. Nos lo manifiesta ensalzando a su Madre, no tanto porque le había dado a luz, sino por su fidelidad a la palabra de Dios. Dijo: “Más dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc. 11, 28). (la ponen en práctica, la cumplen).

La auténtica escucha, la escucha virtuosa, es la que atiende la palabra ajena, la del Señor, la de la Iglesia, la del prójimo, buscando la verdad con sincera disposición para incorporarla a su vida, para serle fiel, para cumplirla en aquello en lo que interpele su conducta. Esta escucha supone un amor a la verdad, mayor que el amor a sí mismo. La autoestima desbordada que se antepone a todo y a todos, no admite más verdad que la propia, que la que uno mismo ha descubierto, que no acepta haberla aprendido, y que satisface sus propios intereses. Por eso, para escuchar  a Jesucristo es necesario amar a  la verdad y tener la humildad suficiente para escuchar el Evangelio y la predicación de la Iglesia. La mejor escucha es la que nace de la fe, la que nace del amor. Así nos lo da a entender el mismo Jesucristo diciéndonos: “El que es de Dios escucha las palabras de Dios” (Jn. 8, 47).

En lo que se refiere a la verdadera escucha entre nosotros, los humanos, también es necesaria la apertura a la verdad, y admitir que en lo que dice el otro puede encontrarse verdad.

Ni en la escucha de la palabra de Dios ni en al escucha entre humanos se excluye la voluntad de descubrir que lo escuchado es razonable, tiene razón de ser, goza de apoyo suficiente. Lo cual no quiere decir que lo escuchado  se someta a las exclusivas medidas de la razón. Si así fuera, no podríamos escuchar a Jesucristo cuando nos habla del misterio, de la salvación, de nuestras posibles relaciones con Dios, de la infinita misericordia del Señor, ni de la vida eterna feliz junto a Dios en el cielo.

Si el criterio de la razonabilidad no se aplicara a la escucha entre los humanos, se podría caer en  la contradicción, porque no sería posible escuchar más que a uno, y quizá una sola vez; porque hay formas distintas de pensar no solo en las personas diferentes, sino también en momentos distintos vividos por la misma persona, puesto que los criterios pueden cambiar según las experiencias vividas. Pero el criterio de la razonabilidad no se alcanza sin la reflexión. En cambio, lo que se da entre nosotros, con demasiada frecuencia, es la aceptación o el rechazo por la rápida vía de la intuición, de los prejuicios o de la pereza mental.

Para escuchar hacen falta la fe y la reflexión. Para aprender a escuchar debemos aprender a pensar. Para pensar es necesario el silencio del que son enemigos el ajetreo, el ruido y la velocidad en que nos movemos. Por eso se impone a todos el dominio de sí mismos y la selección posible del ambiente en que nos movemos.

 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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