Es cuestión de pasión…por el Evangelio – Día del Seminario, 2012


Mons. Manuel Sánchez     El sacerdocio no es una profesión, es una vocación. Es la respuesta a una llamada de Dios manifestada en Cristo Jesús. En el origen del sacerdocio “está –recuerda Benedicto XVI- el encuentro con Jesús y el sentirse fascinados, tocados por sus palabras, por sus gestos y por su misma persona. Significa reconocer, en medio de tantas voces, su Voz. Es como ser alcanzados por la irradiación del Bien y del Amor que provienen de Él, sentirse implicados y partícipes hasta el punto de desear permanecer con Él como los dos discípulos de Emaús”. El ministro del Evangelio es el que se ha dejado tomar por Cristo, “que sabe ‘permanecer’ con Él, que entra en sintonía, en amistad íntima con Él, para que todo se haga ‘como a Dios le gusta’”. 

El sacerdocio nace de la pasión por el Evangelio. La pasión es un movimiento del alma, una exaltación de nuestro ser, que surge espontáneamente. La pasión embruja, hechiza, desinstala de la realidad habitual. La pasión no es ‘razonable’ porque cuestiona la prudencia de la razón, el realismo de la sensatez que algunas veces enmascara un larvado pesimismo. El enamorado vive fuertemente la pasión que es provocada siempre por una persona que suscita en él un deseo de proximidad y de unión. Las cosas o las ideas no poseen propiamente esta capacidad. Nadie arriesga su vida por un fantasma. 

¿Es posible, entonces, sentir pasión por el Evangelio? Sí, es posible porque el Evangelio no es primariamente un mensaje, un conjunto de ideas sublimes, sino una persona, Cristo, el Hijo de Dios, que nos invita a la conversión y a creer el Evangelio, la Buena Noticia que es su presencia en el mundo. La pasión en cierto modo va impresa en la misma lógica del Evangelio, que no es para gente ‘razonable’, porque subvierte la lógica del mundo. 

Una pasión así solo puede nacer del corazón de Dios quien se ha apasionado primero por el hombre. La pasión por Jesucristo, el Evangelio de Dios, no consiste sólo en sentimientos y palabras, es un estilo de vida del que el sacerdote es principal testigo y portador. La del sacerdote, sigue enseñando el Papa actual, “es una vida, por tanto, marcada profundamente por este servicio: por el cuidado atento del rebaño, por la celebración fiel de la liturgia y por la atención solícita hacia todos los hermanos, especialmente hacia los más pobres y necesitados”. “En el vivir esta ‘caridad pastoral’ en el modelo de Cristo y con Cristo, donde el Señor lo llame, todo sacerdote podrá realizarse a sí mismo y a su vocación”. 

La vocación sacerdotal consiste, advierte el Sucesor de Pedro, en “ser administradores de los Misterios de Dios, no por interés vergonzoso sino con ánimo generoso”. “La llamada del Señor al ministerio no es fruto de méritos particulares, sino que es un don que acoger, y al que corresponder dedicándose no a un proyecto propio sino al de Dios, de un modo generoso y desinteresado”. “Nunca debemos olvidar –como sacerdotes- que el único ascenso legítimo hacia el ministerio de pastor no es el del éxito sino el dela Cruz”. 

Cristo sigue llamando hoy. Los seminaristas, llamados por Él, habéis seguido su voz y, atraídos por su mirada amorosa, avanzáis hacia el ministerio sagrado. Poned vuestros ojos en Él, para seguir sus huellas sin miedos ni vacilaciones. Dios es fiel a sus promesas y llevará a término la obra que en vosotros ha comenzado. Uno de vosotros será ordenado sacerdote, si Dios quiere, la víspera de la fiesta de S. José. Demos gracias a Dios por las vocaciones sacerdotales que nos regla y pidamos que las oraciones y los trabajos por las vocaciones que estamos haciendo especialmente este curso se vean coronados por la fecundidad que sólo el Señor puede dar.

+Manuel Sánchez Monge

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

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