Subamos a la Montaña Santa

Mons. Amadeo Rodríguez

Queridos diocesanos:

Dentro de unos días se abre ante nosotros un camino nuevo. No pretendáis conocerlo, porque no es posible, aunque hayamos sido fieles en el recorrido de otros años. La cuaresma no es una buena costumbre y menos una experiencia rutinaria que ya hacemos casi de memoria. Las rutas del camino de los cristianos, aunque tengamos que fijarlas en un calendario, y por eso dan la impresión de que se repiten, jamás son las mismas ni iguales. Es verdad que nos vamos a encontrar con las mismas palabras, los mismos ritos, idénticas oraciones año tras año, pero la ruta de la fe es siempre sorprendente y nueva, porque nuevo es el paso de la gracia del Señor por nuestra vida. La fe nos lleva siempre hacia adelante, hacia el encuentro con el Señor, que será siempre nuevo en Él y en nosotros y, además, la cuaresma es un itinerario ascendente, porque la atracción de la llamada del Señor nos viene de lo alto, de la Montaña Santa, de ese lugar que Jesucristo nos ha preparado para el encuentro con Dios y para el banquete festivo y fraterno entre los seres humanos.

Estos cuarenta días de ascenso son un tiempo precioso de gracia, establecido por la misericordia de Dios para que nosotros, sus hijos, busquemos de nuevo la pureza del corazón. Es, por tanto, un tiempo de conversión en el que abrimos de un modo especial nuestro corazón, contrito y humillado, a la Palabra divina, para así entrar con Cristo en el itinerario que lleva hacia la luz pascual. Poco a poco, conducidos por la gracia del Señor, en un nuevo éxodo, vamos atravesando el desierto cuaresmal, en el que nuestra vida se va purificando e iluminando al compás de los pasos de Cristo, para poder experimentar la novedad de su pascua como hombres nuevos.

Es un camino que hemos de hacer en medio de nuestras realidades terrenas, de nuestra vida diaria, la más íntima y la que compartimos como seres humanos con otros hombres y mujeres. Es en medio de esa situación cotidiana donde hemos de dejar que la gracia trabaje nuestro corazón, cooperando nosotros en libertad con un estilo de vida que haga posible nuestra transformación en Cristo.

La Iglesia, verdadera pedagoga en la cuaresma, nos recomienda las privaciones voluntarias que nos ayuden a refrenar nuestras pasiones desordenadas, esas que nos han metido en el pecado, que en este tiempo de gracia descubrimos como absolutamente incompatible con la bondad misericordiosa de Dios, nuestro Padre. Y nos sitúa la Iglesia en la comunión y fraternidad con nuestros hermanos los hombres, dándonos ocasión de compartir nuestros bienes con los necesitados, siendo así imitadores de la generosidad de Dios.

La cuaresma es, en suma, un camino en el que se encuentran la misericordia y la humildad, tanto en Dios como en nosotros: se puede decir que Dios es, al tiempo que misericordioso, maravillosamente humilde, pues nos espera desde nuestra lejanía, desde nuestro menosprecio, desde nuestras huidas, desde nuestros pecados; nosotros, al tomar conciencia de la misericordia infinita de Dios, el Padre que nos regaló la libertad, nos abrimos a su amor paterno con la humildad de la fe.

Pero nada de eso es posible, e incluso el camino se difumina o se hace tibio o meramente convencional, si no sucede todo en la intimidad de la oración. Por eso la cuaresma es, sobre todo, tiempo para dedicarse con mayor entrega a la alabanza divina. Y también ahí la Iglesia, madre y maestra, ha de saber ofrecer a los que siguen este camino ascendente espacios para el encuentro con el Señor. Es imprescindible que la oración sea el clima de nuestra experiencia de caminantes: oración de escucha de la Palabra, tan rica y sugerente a lo largo del recorrido cuaresmal; oración con Jesús sacramentado en el silencio de nuestros templos; oración en los entresijos de la vida ordinaria o en la contemplación de la acción creadora de Dios; oración que nos ayude a profundizar los misterios divinos de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo, esos que se han ido haciendo realidad en nuestra vida cristiana.

Y justamente porque hemos recibido la gracia de esos misterios de Cristo, la cuaresma será para nosotros un tiempo para renovar nuestra vida sacramental: para tomar conciencia del bautismo; para intensificar la gratitud por la vida eucarística que nos fortalece y anima cada día; para reforzar nuestra confianza en el Espíritu, que nos ha enriquecido con sus dones en la confirmación; y, cómo no, para recuperar, en el sacramento del perdón, cuanto antes, la amistad e intimidad, que nos ha sido dada como gracia, y que quizás hayamos perdido por el pecado.

Subamos hermanos a la Montaña Santa, porque es hermosa, porque allí se encuentra la luz, la paz y la alegría, porque en ella está la Vida.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Acerca del autor

Nace en la localidad pacense San Jorge de Alor el 12 de marzo de 1946. Realizó sus estudios sacerdotales en el seminario de Badajoz del que luego sería formador. Es ordenado sacerdote el 14 de junio de 1970, en Badajoz, siendo su primer destino el ser coadjutor de la parroquia de San Francisco de Sales, (Mérida); convirtiéndose en su párroco de 1977 a 1983. Obtiene la licenciatura en Ciencias de la Educación (Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma y a su vuelta es nombrado por Antonio Montero, vicario general de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis. Es nombrado también vicario territorial Mérida, Alburquerque y Almendralejo. Lleva a cabo, además, labores docentes en el Centro Superior de Estudios Teológicos de la Universidad de Extremadura. Es nombrado obispo de la Diócesis de Plasencia por el papa Juan Pablo II, el 3 de julio de 2003.
Get Adobe Flash playerPlugin by wpburn.com wordpress themes